No hay que encajonarse en el ámbito internacional: ¡más diplomacia en las encrucijadas!
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No hay que encajonarse en el ámbito internacional: ¡más diplomacia en las encrucijadas!

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No hay que encajonarse en el ámbito internacional: ¡más diplomacia en las encrucijadas!

08/01/2019

México y Estados Unidos se encuentran en encrucijadas de política exterior que pueden encajonarlos o empantanarlos en la búsqueda de soluciones. Cada uno necesita explorar caminos fuera de sus líneas tradicionales y encontrar acuerdos negociados.

Trump descubrió desde su campaña presidencial una veta política con la construcción de su muro a lo largo de la frontera con México para detener la inmigración ilegal y hoy se encuentra prácticamente auto secuestrado políticamente por la tres y media paredes que ha edificado con su intolerancia, su falta de sensibilidad social, su terquedad y su verborrea. Una cuarta parte del gobierno federal del país más poderoso del mundo está parada por su insistencia en la necesidad de construirlo como condición para aprobar un presupuesto frente a la nueva mayoría demócrata en el Congreso. El muro es según Trump un asunto de seguridad nacional.

La realidad es que con el paso del tiempo el muro se ha ido convirtiendo en el gran lema fallido y la fuente de crisis política de Trump -junto con sus aventuras y desventuras rusas- y amenaza con transformarse en la Marcha de la Locura (March of Folley de Barbara Tuchman) que lleve a Trump al precipicio.

Un brillante artículo de Julie Hirschfiels Davies y Peter Bakers en el NYT publicado el sábado pasado -El Muro Fronterizo: Como un Potente Símbolo está encajonando ahora a Trump - es particularmente elocuente sobre este tema. “El muro fue una gran invención memotécnica para un político al que se le dificultaba leer guiones y le gustaba presumir de sí mismo y de sus talentos como constructor” en tiempos en que el freno a la inmigración era un potente tema de campaña.

El cántico de “Build the Wall” se convirtió en el favorito de su campaña y leitmotiv para sus fieles. Apoyó decididamente sus primeras medidas antiinmigrantes. Desde un principio se encontró también con adversarios entre los demócratas y aun algunos republicanos interesados en el desarrollo de un análisis serio de las implicaciones de los flujos migratorios y en reformas legislativas en una u otra dirección. Desde el 2018 se empezó a topar con las realidades del alto costo y el financiamiento de su sueño. Hoy se enfrenta a las nuevas realidades de un gobierno dividido en el legislativo. Los demócratas están empeñados en que no se construya; pero aun republicanos que simpatizan con su política anti-inmigrantes no ven el muro como una prioridad, sino como un pie de página y temen con razón que Trump esté cada vez más dispuesto a realizar concesiones en otras áreas e incluso a sacrificar principios anti-inmigrantes para sacar adelante su muro fronterizo.

El muro, como arma de negociación, parece convertirse en un boomerang. El jueves pasado Nancy Pelosi, la nueva líder Demócrata del Senado, ante la terquedad presupuestaria de Trump argumentó: “Un muro es una inmoralidad -no es lo que somos como nación. No es un muro entre México y los EUA. Lo que quiere crear el Presidente; es un muro entre la realidad y sus constituyentes- sus apoyadores”. El muro es hoy un símbolo a la inversa para los demócratas. Muchos de ellos que votaron en 2006 a favor del “Secure Fence Act”, que permitió construir tramos de bardas en la frontera, hoy consideran que las medidas no han traído beneficio alguno y sí muchas violaciones a los derechos humanos. Y tienen razón.

Para comenzar, las cifras de migración de México a los EUA muestran flujos netos tendientes a cero a través de expulsiones, a pesar de las caravanas recientes. Los demócratas arguyen además que un muro es un medio caro e inefectivo para reducir la inmigración ilegal. La mayoría de inmigrantes son personas que entran legalmente - y transgreden los plazos de sus visas. “Un informe Demócrata de marzo, basado en una encuesta de agentes de la patrulla fronteriza señaló que lo que requieren para frenar la inmigración ilegal y las drogas es refuerzo de personal y tecnología; menos del 1% mencionó un muro como algo necesario”, dice el NYT.

Sin embargo, para Trump “el muro es un compromiso de campaña” y no está dispuesto a cambiarlo por otras medidas. Lo considera clave para su reelección. La pregunta es si habrá alguien que lo convenza de que también puede ser su “Tendón de Aquiles” y llevarlo a un enfrentamiento en que pierda a la larga lo más por lo menos. Pero su terquedad parece hacerlo cada día más difícil. Ahora quiere que el muro sea de acero, no de concreto y ha amenazado con construirlo a partir de un decreto de emergencia nacional, si no obtiene los recursos presupuestales del Congreso. Los demócratas ya le tienen tomada la medida. ¿Estará verdaderamente dispuesto a intentarlo? ¿A qué costo? ¿Cuáles son los límites del blofeo, siguiendo “The Art of the Deal”?

El nuevo gobierno de México tendrá que definir por su parte una nueva política frente a los EUA de Trump. Desde la campaña política de AMLO y hasta ahora ha llevado las relaciones con singular cautela- evitando la confrontación en los temas álgidos que nos separan- incluyendo el muro - y a partir de iniciativas de desarrollo regional del sur-sureste de México buscando con inteligencia y relativo éxito un acuerdo sobre migrantes mexicanos y centroamericanos.

Sin embargo, no podrá evadir en un momento dado que se manifiesten las diferencias, sobre todo frente a la terquedad, egoísmo e intolerancia de Trump. El crimen organizado, las drogas fuertes, el tráfico de armas, el comercio y las inversiones, son temas inevitables bilaterales en que se requerirá mucha imaginación, firmeza, sensatez y diplomacia para superar conflictos. La cooperación siempre encuentra sus límites y Trump parece desbordarlos fácilmente. Urge fortalecer nuestros mecanismos de inteligencia en el área internacional que siempre han sido muy limitados y hoy requieren ser reforzados frente a la omnipresente CIA, sobre todo en el ámbito continental.

Una prueba inmediata se está presentando a México frente a los excesos de Nicolás Maduro, en el marco de la OEA y el Grupo de Lima. Durante mucho tiempo la Doctrina Estrada, la no intervención en asuntos de otros países y el respeto a la auto-determinación de los pueblos, constituyó la espina dorsal de nuestra política exterior. Nuestra posición independiente muy respetada respecto a Cuba, frente a las presiones aislacionistas de los EUA y su predominio en la OEA, por ejemplo, se fundó en esa doctrina. México tuvo pruebas difíciles con las crisis revolucionarias centroamericanas durante los 80s. Afortunadamente los cancilleres Jorge Castañeda y de la Rosa y Bernardo Sepúlveda - con José López Portillo y Miguel de la Madrid en la Presidencia lograron capear los desafíos a través de la diplomacia, mediante iniciativas y acuerdos de cooperación con los países europeos y amigos latinoamericanos. El Grupo Contadora es un buen ejemplo de lo que puede lograrse con una diplomacia inteligente.

La reciente posición de México en el Grupo de Lima ha sido muy polémica. Citando la Doctrina Estrada, cambió la posición de Peña Nieto y Videgaray de condena al gobierno entrante de Maduro. En el actual contexto continental no convendrá a México quedarse solo, particularmente frente al nuevo entorno sudamericano y el entendimiento entre Bolsanaro y Trump. Sin embargo, muchos esperamos que la posición razonada de nuestro Subsecretario para América Latina, Maximiliano Reyes, abra la puerta a una iniciativa mexicana que rescate la democracia y el respeto a los derechos humanos en Venezuela a través de iniciativas con la Unión Europea, España en particular- , Canadá y eventualmente, la Alianza del Pacífico. Ojalá, tal como lo insinúa Natalia Saltalamacchia del ITAM en un tuit reciente, “genere el espacio de una ambigüedad intencional”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.