Ese Príncipe que Fui: La dinastía Moctezuma en España y México
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Ese Príncipe que Fui: La dinastía Moctezuma en España y México

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Ese Príncipe que Fui: La dinastía Moctezuma en España y México

02/04/2019

En esta hora en que discutimos y buscamos revalorar la Conquista de México por Hernán Cortés, su impacto a lo largo de cinco siglos y las asignaturas pendientes de uno y otro lado del Atlántico, cayó en mis manos de casualidad una magnífica y divertida novela de Jordi Soler (La Portuguesa, Veracruz, 1963) titulada Ese Príncipe que Fui, (Alfaguara, 2015).

Llevaba yo leídas 60 páginas- apenas una cuarta parte de la novela- cuando el estallido de la gran polémica sobre la Conquista y la Colonia me hizo devorarla.

Se trata de una crónica imaginaria de la dinastía de Moctezuma, el último emperador azteca. O puesta en otros términos, la epopeya de un genial y monumental engaño trazado por un bribón del siglo 20. O quizás se trata de las dos cosas a la vez, ya que como lo muestra la reciente serie televisiva española “El Ministerio del Tiempo” (disponible en NETFLIX), la historia, la tecnología y la imaginación ofrecen frecuentemente ventanas apropiadas para que a través de ellas se atraviese la invención y la creatividad para actuar o garantizar la historia ante los acechos de la realidad.

La primera parte de la novela narra cómo, tras de la conquista de México, el Capitán Don Juan de Grau, Barón de Toloriu desembarcado en Veracruz en 1519, movido por el oro y la gloria, rapta a Xipanguanzin, la hija de Moctezuma y se la lleva junto con algunos de sus acompañantes a vivir en Toloriu -un pequeño y remoto villorrio en los Pirineos españoles-, donde a regañadientes de la princesa sufrida- pero princesa al fin- que no habla español y lamenta permanentemente su aislamiento , procrearán un niño- que dará origen a una estirpe enloquecida, cuya reputación está ligada a un tesoro enterrado secretamente por la princesa y su escolta en tierras catalanas.

La búsqueda del tesoro conduce al narrador a crear un personaje surrealista, genial: Federico de Grau Moctezuma, quien varios siglos más tarde, durante la España franquista, se introduce en la alta burguesía de Barcelona y capitalizando su status de heredero del imperio azteca, fiestero, simpático y borrachín, estafa a todos aquellos riquillos que quieren agregar a su nombre un título nobiliario, no importa que sea apócrifo y absurdo. Hasta que viene su debacle.

Su ascenso y caída desembocan en su triste retiro en Motzorongo, Veracruz, cuyos pobladores son los únicos que reconocen y admiran verdaderamente sus vínculos con la realeza prehispánica. Ahí se encuentra mágicamente con su supuesto primo Abraham Moctezuma y el pintor Marco Tulio de la Concha, otrora ayudante de Diego Rivera, autor de un gran mural- El Secuestro de la Hija de Moctezuma- ubicado en el Palacio municipal de Motzorongo: “Verdadero milagro artístico de la tradición oral…cuyos personajes aparecen en ese mismo pueblo medio milenio después”.

A partir de ese descubrimiento, el 3 de octubre de 1976, hasta el año de 2001, Su Alteza en decadencia y su amigo Crispín, a cambio del servicio simbólico que prestaron al pueblo, vivieron en una casona histórica, propiedad del ayuntamiento a la que Kiko Grau Moctezuma logra traer su vajilla completa y sus mejores galas y durante 25 años recupera el príncipe que había sido, y ofrece cenas rumbosas, luciendo su capa de plumas que lo habían hecho célebre en Barcelona y en Madrid en su época de vacas gordas.

En el año de 2001 el gobierno de Motzorongo cambió de signo al PRD, “que no veía a Su Alteza con la benevolencia que el PRI y el PAN” y que “encontró su vida palaciega… ridícula y fuera de lugar”. De un día para el otro lo echaron de la nómina de la alcaldía y de la casona. Las autoridades elaboraron un extenso y detallado informe donde daban cuenta del dinero que se había gastado el pueblo en el noble español. Desde entonces comenzó su caída libre, y 10 años después en 2012 moriría “en un bohío de madera con techo de lámina”.

Jordi Soler destaca, al concluir su novela, que en la lápida que años antes su personaje se había mandado hacer decía “Aquí yace Su Alteza Imperial, Federico de Grau Moctezuma, Príncipe de la Soberana Orden de la Corona Azteca , Gran Maestre del Capítulo Ibérico de los Caballeros Templarios y Hombre Ilustre de Motzorongo, Veracruz. Descanse en paz”.

Recomiendo mucho a mis lectores esta obra, imperdible en el momento actual -por lo menos para los que tengan sentido de humor- en medio del debate histórico económico y cultural.

Su lectura me ha llevado a especular: ¿Y que hubiera pasado si Hernán Cortés y sus ejércitos, cronistas y misioneros hubieran sido derrotados por Moctezuma, que contaba con recursos suficientes para lograrlo?

He leído varios libros sobre “la historia al revés” en que historiadores se preguntan ¿Qué habría sucedido si Hitler y Japón hubieran ganado la guerra a Franklin D, Roosevelt, Stalin y Churchill? ¿O qué habría sucedido en los EUA si John y Robert Kennedy no hubieran muerto asesinados? La historia ficción puede llevar a muy distintas especulaciones.

La realidad es que México fue conquistado por Cortés y la sociedad ibérica peninsular que acababa de expulsar a los árabes después de siete siglos de supeditación y que España, como consecuencia de esa conquista militar, económica y cultural se convirtió en gran potencia y mantuvo una colonia en México y buena parte del resto del continente durante tres siglos. Como cualquier otro Imperio en el mundo dominó al territorio y sus habitantes, extrajo cuantiosos recursos en su beneficio, causó sufrimiento y al mismo tiempo introdujo cambios en la vida de los pueblos en condiciones de desigualdad económica y social, en detrimento particular de los pueblos originarios.

También releo a Barbara Tuchman, quién en La Marcha de la Locura (The March of Folly) muestra que de Troya a Vietnam, pasando por la Gran Tenochtitlán de Moctezuma, las sociedades pueden persistir en políticas y acciones absurdas que las llevan a su decadencia y autodestrucción o a otras que las llevan al estancamiento y a auto- limitar su expansión y crecimiento.

México ha dado prueba, desde su independencia de España, que puede cometer errores o locuras que lo lleven a perder la mitad de su territorio o a largos periodos de crisis interna y estancamiento en su crecimiento; pero también que puede lograr periodos largos de crecimiento con estabilidad como en el Porfiriato y las cuatro décadas de cambio y desarrollo estabilizador-de los 30s a los 70s.

A lo largo de nuestra vida independiente ese legado propio y externo han mantenido y reforzado, círculos viciosos de mala distribución del ingreso y la riqueza y de exclusión social que en particular han mantenido regiones y poblaciones indígenas excluidas del crecimiento y el bienestar.

Ha llegado la hora de cambiar las cosas. Así lo expresó contundentemente el voto popular el primero de junio pasado y lo sigue confirmando en las encuestas.

En medio de un complejo contexto nacional y global de cambio político, económico y tecnológico, necesitamos buscar acuerdos y emprender alianzas y políticas eficaces que hagan posible detonar un círculo virtuoso nacional de crecimiento a futuro; pero ahora equitativo, incluyente, sustentable y respetuoso de los derechos humanos en México y en el mundo -sin príncipes locales o extranjeros.

¡Tan sencillo y tan difícil como eso!

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.