Donald Trump y su política exterior: 2º Acto. Comenzamos
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Donald Trump y su política exterior: 2º Acto. Comenzamos

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Donald Trump y su política exterior: 2º Acto. Comenzamos

22/01/2019

Terminada la primera mitad de la administración de Donald Trump, la evidencia que tenemos de su actuación en general y en materia de política exterior nos lleva a concluir que si bien ésta parece frecuentemente errática, resulta cada vez más consistente con sus orígenes, su pasado y probablemente con su futura actuación. Su impredictibilidad se vuelve cada vez más predictible y explicada en buena parte por su posición como empresario en The Art of the Deal: hay que sorprender, sacudir y presionar al máximo al otro, al adversario –aunque sea amigo o asociado tradicional- para obtener el máximo beneficio posible a su favor. Trump primero y América primero.

Contra todo lo que pudieran advertirle los funcionarios del Depto. de Estado -a los que no escucha- y sus asesores en una 1ª, 2ª y 3ª vuelta, Trump parece seguir el viejo juego de niños: “voy derecho y no me quito” y continuar firme, terco, diríamos algunos, en su ruta y sus convicciones, atemperadas solo un poco por los medios de comunicación, las realidades electorales y los límites que le imponen o no le imponen las otras potencias y países.

Esta política básica, según Thomas Wright en la reciente edición de la revista estadounidense “Foreign Affairs”, consiste en “una estrecha relación transaccional con otras naciones, una preferencia por los gobiernos autoritarios sobre los democráticos, una aproximación mercantilista en la esfera de la política económica internacional, un desdén por los derechos humanos y las leyes (rule of law) y la promoción del nacionalismo y el unilateralismo a costa del multilateralismo”. (“Trump’s Foreign Policy is no Longer Unpredictable”). Si bien Trump ha cambiado de opinión con frecuencia por su pragmatismo y amor a sí mismo, ha seguido siendo consistente con la misma visión de hace tres décadas como hombre de negocios, de que las alianzas son desiguales y abusivas para el contribuyente estadounidense y que todos los acuerdos comerciales y militares que firmaron han sido deficitarios para los EUA.

A lo largo de su campaña mostró sostenidamente una posición anti-inmigrantes, particularmente intolerante respecto a los mexicanos y musulmanes y criticó los déficits comerciales con el TLCAN y China. La construcción del muro en la frontera sur se volvió obsesión y leitmotiv de sus arengas electorales.

Al llegar a la presidencia, lo primero que hizo en su afán anti-Obama fue cancelar su membresía en el TPP y después en el Acuerdo de París sobre Cambio Climático, evidenciando su anti-multilateralismo. De la misma manera puso en el banquillo de los acusados a la OTAN y a los países de la Unión Europea. Insistió que el TLCAN era el peor acuerdo comercial firmado por los EUA y los mexicanos grandes villanos y adoptó medidas contra migrantes de países árabes.

Desde fines de 2017, Trump adoptó decisiones cada vez más personalistas unilaterales de política exterior, frecuentemente contra la opinión de sus asesores políticos y militares y el Depto. de Estado: cambió su embajada en Israel a Jerusalén; se salió del Acuerdo nuclear con Irán; tras de sus terribles amenazas, se reunió a hacer las paces con Kim Il Jong-un en Singapur y abrazó a Putin en Helsinki, desafiando los consejos de su gabinete de seguridad nacional; y anunció el repliegue militar de Siria sin consultar a sus aliados europeos.

Las negociaciones con México y Canadá, acompañadas de amenazas continuas de salirse del TLCAN, fueron solo eso- amenazas- pero, con presiones sorpresivas y con gobiernos dependientes económicamente, logró lo que quiso: (como lo refrendó EL PAÍS el domingo pasado), concesiones más ventajosas para los EUA en materia comercial, de protección a sus inversionistas y de su propiedad intelectual. La guerra comercial con China, su único gran rival económico y tecnológico, ha sido su gran cruzada para tratar de evitar su decadencia imperial y mantener su poder en Asia- Pacífico y en menor medida en África y América Latina ante la expansión china.

Con Trump, los EUA parece abandonar su papel de líder moral, gran promotor del libre comercio e inversiones y -hasta cierto punto- policía del mundo, para ir en pos de una idea: American First. Crítica a la Unión Europea y desaira a sus “ingratos aliados europeos” y ensalza a líderes como Putin y Xi Jinping más similares a él, a la vez que busca frenar su avance geoestratégico en sus vecindades: con aproximaciones a los líderes de Europa del Este, Turquía y las ex-repúblicas soviéticas.

En todo este proceso ha cambiado su núcleo de asesores y secretarios de estado, civiles y militares, constantemente; a algunos los ha corrido, otros lo han desertado por inconformidad con sus ideas o su estilo personal de gobernar.

Según Wright, la decisión de designar a Pompeo Secretario de Estado y en particular al experimentado ultra- conservador Bolton, al frente del Consejo de Seguridad Nacional, ambos muy leales, le ha permitido controlar la agenda interinstitucional, unificar programas prioritarios y fortalecido su autonomía en materia de política exterior. “Trump tiene ahora un equipo que no busca minimizar el impacto de sus decisiones, sino de maximizarlo”- con todas sus implicaciones-. El gran debate de 2017 en los EUA sobre la utilización de aranceles y otros controles comerciales en la guerra comercial ha terminado. La administración está totalmente despreocupada de la protección de los derechos humanos, ya se trate de los mexicanos y centroamericanos o de los ciudadanos de países de medio oriente frente a los abusos de Arabia Saudita o de Israel. Solo Cuba, Venezuela e Irán están en su horizonte. El tema ambiental brilla por su ausencia.

Las elecciones de noviembre en el Congreso y en particular, la mayoría demócrata en la Cámara de Representantes, han sido un duro golpe para Trump. En cuestiones de inmigración y en su renovada obsesión por el muro, Trump parece haberse convertido en rehén de sus obsesiones. El apagón presupuestario, que ya lleva un mes, es el más largo e impactante de la historia de los EUA, y la exigencia de financiamiento del muro para aprobar el presupuesto ha acarreado una gran impopularidad dentro de la burocracia de Washington y en algunos estados clave para las elecciones de noviembre de 2020. Su contrapropuesta de extender tres años el programa de los “dreamers” a cambio de que le aprueben recursos para el muro, tiene la oposición de los demócratas y de muchos diputados republicanos.

El gran desafío para su política interior y exterior es resultado de sus propias decisiones y excesos, y en particular, de la polarización acumulada en las últimas décadas en el interior de los EUA y en el planeta. Dentro de los EUA hay una gran división entre regiones y entre grupos sociales. En casi todos los países europeos y aún en Latinoamérica han surgido o se han fortalecido grupos nacionalistas y autoritarios. Son múltiples los orígenes de estos fenómenos. El deterioro económico, la agudización de desigualdades, la corrupción y los flujos migratorios derivados de ellas o de conflictos armados y condiciones de violencia sistémica han agudizado la problemática. Estas situaciones demandan acciones con amplia participación ciudadana al interior de los países, pero también acuerdos regionales y globales.

Trump no parece tener la capacidad de entenderlo, ni la voluntad de actuar en esa dirección. Aun tratándose de su vecino México, que ha hecho demasiadas concesiones en las últimas décadas y de un nuevo gobierno que ha optado hasta ahora por la prudencia y la cooperación para el desarrollo con nuestros vecinos centroamericanos por convicción moral y llevarla bien con los EUA, Trump aprovecha nuestra apertura a las caravanas para criticarnos. Tampoco parece comprender que México necesita desarrollar su propio espacio de política geoestratégica en América Latina y el resto del mundo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.