Centenario de Nelson Mandela: El legado universal del líder y hombre de Estado por excelencia del siglo XX
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Centenario de Nelson Mandela: El legado universal del líder y hombre de Estado por excelencia del siglo XX

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Centenario de Nelson Mandela: El legado universal del líder y hombre de Estado por excelencia del siglo XX

24/07/2018
Actualización 24/07/2018 - 14:50

¡Mandela está vivo a 100 años de su nacimiento! Su legado para Sudáfrica y África es innegable,como también para toda la humanidad, sedienta hoy de líderes creíbles, de luchadores comprometidos y de auténticos hombres y mujeres de Estado, capaces de predicar con el ejemplo y conducir política y moralmente a los pueblos del mundo hacia nuevos horizontes de conciliación y progreso compartido.

El centenario del nacimiento de Nelson Mandela, como señalé en mi discurso el jueves 18 en el Museo de la Tolerancia, es una oportunidad para reflexionar sobre su legado, sobre el carácter de su vida y sobre su significado para el presente y futuro de la humanidad -incluyendo a nuestro atribulado, políticamente sacudido y esperanzado país.

En medio de los múltiples eventos conmemorativos y publicaciones en estas fechas -incluyendo el discurso de Obama en Johannesburgo el martes 17, criticando a los hombres fuertes autoritarios que presiden algunos países (cualquier similitud con Trump fue mera coincidencia), quise compartir cuatro rasgos del carismático Madiba que le dan una dimensión particular, difícil de encontrar en otros de los grandes luchadores sociales, líderes políticos y estadistas del siglo XX y lo que va del XXI.

1º Nelson Mandela supo inspirar a lo largo de su vida a un pueblo e ir sumando a un número creciente de adeptos -incluyendo a sus rivales- gracias a su valor moral y al testimonio personal permanente de justicia, perseverancia, honestidad y sacrificio personal por un ideal compartido. Dejó siempre claro que la Sudáfrica democrática –un hombre, un voto- no estaba sujeta a concesión alguna y el fin de la discriminación racial y la exclusión social estaban por arriba de cualquier benefició o interés personal.

2º Mandela aprendió y practicó siempre el arte de escuchar a la gente, negociar y conciliar intereses en conflicto, para convencer de que era en el interés común como se llegaba a acuerdos y pactos.

Una de sus grandes cualidades fue su capacidad de escuchar, no sólo como forma de respetar al otro, sino como medio para aprender. Desde su época de abogado Mandela podía pasarse horas enteras escuchando pacientemente a clientes que tenían largas historias que contar. Su lucha política lo llevo a todas partes del país a tratar de entender los padecimientos de una sociedad desigual, excluida y discriminada. La misma actitud siguió con sus compañeros de lucha, deseoso de conocer todas sus cuitas, dudas y sugerencias. “Escuchar -decía Mandela- es fundamental para desarrollar una visión política realista; entender los cambios que la gente quiere y la Sudáfrica a que aspiran”. El Congreso Nacional Africano y sus aliados comprendieron que el peso político de su Carta por la Libertad dependía de la participación popular efectiva y de que cada persona pudiera constatar de alguna manera su contribución. “Si uno quiere cubrir cabalmente con las necesidades de la gente no basta con leer libros y diagnósticos. El líder necesita escuchar lo que le duele a la gente, como entienden su condición humana y sus necesidades en los diversos niveles sociales y regiones del país”.

Mandela, nos dice Anthony Sampson, se convenció en la cárcel de la necesidad de conciliar a los afrikáners: un acto de valor, no de debilidad. “No debemos dejarnos atrapar por la maldad pasada. La gente valiente no debe temer perdonar en pro de la paz”. El perdón era para Mandela un recurso del poder, estableciendo una supremacía moral que le recuerda a todo mundo que la balanza del poder ha cambiado

3º Madiba fue capaz de llevar a la práctica su nueva visión de sociedad. No fue sólo un líder moral y luchador social ejemplar y perseverante, a la manera de Gandhi, y un consumado negociador. Fue, a partir de su liberación en 1990 -tras 27 años de cárcel- capaz de emprender la construcción de una nueva sociedad comprometida con el cambio y de establecer las bases anímicas y de un Estado de derecho para realizar sus sueños y los de la población mayoritaria de su país. Lo hizo con símbolos (Himno Nacional en cuatro idiomas, nueva bandera representativa de su sociedad arco iris, integración deportiva), pero también creando leyes, instituciones y programas que buscaron la recuperación de la inversión y el crecimiento, la equidad y la inclusión social e instrumentos novedosos de política pública (creación de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación; empoderamiento negro por la vía educativa y económica).

4º La dimensión internacional de la revolución política de Mandela y su actitud justiciera y pragmática en el contexto de su época.

Nelson Mandela comprendió desde sus primeras luchas al lado de Gandhi y sus compañeros de partido los impactos internacionales de los errores del régimen del Apartheid desde las postrimerías de la II Guerra Mundial.

El régimen racista de Sudáfrica concitó la atención mundial desde 1946, cuando India se quejó ante la ONU por la discriminación sufrida por los indios que vivían en Sudáfrica. A partir de la victoria electoral del Partido Nacional en 1948, que adoptó su rígida y doctrinaria legislación y política del Apartheid, la reacción adversa internacional al régimen de Pretoria fue in crescendo, y se incendió de manera particular en 1960 con la masacre de Sharpeville -originada en la protesta al uso obligatorio del pases de identidad de los no blancos-; los juicios de Rivonia; el encarcelamiento de Mandela por supuesta subversión comunista y la supresión de los partidos de oposición; y la matanza de 1976 por el levantamiento de Soweto frente a la educación obligatoria en afrikáner.

Todos estos eventos, que los medios internacionales difundieron con cada vez mayor amplitud, dieron lugar a una reacción que Mandela manejó muy bien a favor de su causa a partir de una red nacional, regional, continental y global. Mandela estuvo activo desde Robben Island y utilizó toda oportunidad para exhibir los excesos y errores del presidente Botha, conseguir apoyos en Europa y Estados Unidos, y ampliar el bloqueo al régimen supremacista blanco en todos los frentes, México incluido.

En sus negociaciones con De Klerk supo entender el fin de la Guerra Fría y la caída del Muro de Berlín, para concluir acuerdos, aprovechando el fin del temor de Reagan y Thatcher a la posible llegada del comunismo, lo que abrió la ventana de oportunidad para su liberación y en los años 90-94 la transición a la democracia a la par que ocurría el colapso soviético.

¿Cuáles son las lecciones de Mandela para México? ¿Se requiere una comisión de la verdad y la reconciliación como en Sudáfrica, sobre todo para atender asuntos pendientes como la tragedia de Ayotzinapa? ¿Qué factores serían cruciales para que en el corto y largo plazos se dé un proceso nuevo de crecimiento con prosperidad, efectiva equidad e inclusión social?

México, de manera similar a Sudáfrica, tendrá que encontrar su propio camino. Los tiempos, nuestra geografía política y las condiciones nacionales e internacionales indudablemente son distintos.

Nos encontramos en medio de una gran crisis global política, económica, social y moral, detonada por un agresivo y racista Trump, pero también por otros polémicos líderes mundiales.

Nuestra configuración política también difiere mucho; aunque soy optimista tras de las elecciones del 1 de julio y el mensaje contundente de cambio de la sociedad mexicana. Tenemos un nuevo líder con sensibilidad social y un compromiso firme de emprender un cambio de fondo en la nación, tras de escuchar a la gente en todos los rincones del país.

Se requieren, sin embargo, mecanismos políticos y sociales que promuevan el diálogo, la tolerancia y la negociación entre grupos de interés en conflicto y un proceso efectivo y creíble de participación social y reconciliación nacional a través de la justicia, el Estado de derecho y el fin de la corrupción, la violencia y la impunidad. No hay de otra si queremos crecer a 4.0-6.0 por ciento con igualdad e inclusión social.

* El autor fue embajador de México en Sudáfrica 2002-07.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.