Aventuras, desventuras, riesgos y oportunidades del T-MEC
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Aventuras, desventuras, riesgos y oportunidades del T-MEC

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Aventuras, desventuras, riesgos y oportunidades del T-MEC

16/12/2019
Actualización 17/12/2019 - 12:08

Desde que Trump declaró que el TLCAN y el TPP habían sido los peores acuerdos comerciales firmados en la historia de EU, renunció al TPP y expresó su intención de reemplazar al TLCAN por un nuevo acuerdo para reducir su déficit comercial con México y Canadá, el gobierno de EPN supo que se metía en una nueva aventura de incierto final con más riesgos que oportunidades.

El T-MEC, aprobado sin mayor reparo por el Legislativo mexicano hace un año, con el fuerte impulso del equipo de EPN y el consentimiento de AMLO parecía ya una realidad. No fue así.

El problema de negociar acuerdos con EU suele ser doble para México. 1º La asimetría en poder económico y capacidad real de negociación entre ambos países obra siempre en su favor. 2º Mientras nuestro Ejecutivo y Congreso tienden a realizar aprobaciones exprés, sin consultas suficientes con los sectores afectados y especialistas, EU procura ser siempre el último en firmar y acostumbra agregar algo más antes de llevar los acuerdos al Congreso para su aprobación. Sucedió en el caso del TLCAN –cuando so pretexto de cambio de gobierno Clinton y los demócratas nos llegaron con algunas adiciones de última hora en materia laboral y medio ambiental. Y sucedió ahora, cuando en el entorno electoral y de juicio político a Trump nos pidieron algunos ajustes de última hora.

Yogi Berra, el gran beisbolista estadounidense, decía que el juego no se acaba hasta que se acaba. El problema con las negociaciones comerciales con EU es que aun cuando el juego ya concluyó, las autoridades de EU se sacan de la manga una legislación del siglo pasado o del antepasado o un argumento de última hora para presionar cambios en su favor.

En este caso las adiciones buscaban principalmente apoyar a su industria siderúrgica y del aluminio más allá de todo lo antes concedido en el sector automotor; aplicar las mismas normas ambientales en los tres países; admitir vigilancia estadounidense de la efectiva aplicación de nuestra nueva legislación laboral mexicana -impulsada por sus sindicatos-; y sorprendentemente, revertir las disposiciones en materia de propiedad industrial que la industria farmacéutica mexicana y el sector salud habían combatido sin éxito y que las grandes empresas farmacéuticas estadounidenses habían impuesto.

El gobierno mexicano, interesado en la pronta aprobación del T-MEC por parte de los legislativos de EU y Canadá para dar certidumbre al inversionista y estimular la economía mexicana, estuvo de acuerdo en aprobar las adiciones acordadas por el gobierno de Trump con la mayoría demócrata del Congreso (demandadas por sindicatos, ambientalistas, empresarios y congresistas demócratas). En un entorno nacional y bilateral complicado y ríspido por las recientes crisis en materia de violencia e inseguridad -Sinaloa, Chihuahua- y la visita del fiscal general Barr a México, el T-MEC fue festejado por los dos países y acompañado por el reconocimiento de Trump a la disposición de AMLO a cooperar y su decisión de posponer la amenaza de calificar a los cárteles criminales mexicanos como “grupos terroristas”.

En resumen, México se alineó con EU y se comprometió a un acuerdo administrado de comercio e inversiones con EU que nos mantendrá unidos geopolíticamente con América del Norte durante el futuro previsible para bien y para mal.

Para bien porque en medio de la incertidumbre internacional y la atonía de la economía mexicana -derivada de los recortes presupuestales, la posposición de la reforma fiscal y el freno de la inversión pública y privada- apostarle a acompañar a Trump y EU -con un guiño a los demócratas que demandaron las adiciones- constituye una hábil maniobra política en el corto y mediano plazos.

Para mal, porque apostarle a EU a través de un acuerdo de largo plazo significa limitarnos en términos de una estrategia productiva y una política industrial independiente y amarrarnos más a la potencia declinante frente al Asia emergente y en particular al exitoso dragón chino que se está constituyendo ya en la primera potencia económica y tecnológica mundial.

El riesgo para México de no diversificarse es creciente y se acentúa ante la obligación en el T-MEC por México y Canadá de acudir a consulta antes de establecer acuerdos con países sin “economía de mercado” (aunque habría que ver cómo se califica el acuerdo que hoy negocian China y EU). En reunión el viernes pasado sobre China advertíamos el absurdo de no aprovechar las oportunidades de inversión, exportación, desarrollo tecnológico y de infraestructura y cooperación que ofrecen China e India y la lamentable indiferencia y negligencia de los gobiernos y las empresas mexicanas durante las últimas dos décadas.

Finalmente, quisiera destacar que el alineamiento a EU nos ofrece a través del T-MEC plus algunas oportunidades que debemos aprovechar. La principal novedad: los cambios en materia de industria farmacéutica y propiedad industrial. Más allá de limitaciones financieras y tecnológicas, la principal barrera para la empresa de capital nacional ha sido la excesiva protección industrial a las invenciones de las grandes farmacéuticas internacionales. Los 20 años de duración de las patentes han sido extendidos a través de un sistema que les permite renovarlas por medio de diversas argucias y establecer barreras a la entrada de competidores al mercado. Durante las negociaciones del TPP y del T-MEC las grandes empresas norteamericanas lograron obtener que la ya excesiva protección de cinco años más a la patentes a través de las reservas de datos clínicos, se elevaran primero a ocho y luego a 10 años.

El gobierno de EPN no respondió a los argumentos de las empresas y los investigadores mexicanos, a pesar de la evidencia de ahorros de más de 15 mil millones de pesos en cinco años que podrían obtener el consumidor mexicano y el sector salud de mantener el régimen existente y del más rápido acceso a 34 genéricos -cuyas patentes estaban por expirar- y a medicamentos de bajo precio a enfermos de cáncer, VIH-Sida y otras enfermedades. (Ver mi estudio para el Instituto Belisario Domínguez del Senado y artículo en El Financiero 5-9-18).

Los ajustes de última hora al T-MEC, realizados a petición de los congresistas demócratas, en virtud de los altos precios de medicamentos en EU (muy por arriba de los europeos y japoneses) y su impacto en los gastos del sector salud y del consumidor norteamericano, implicarán:

1) Eliminar los 10 años de protección de datos a medicamentos biológicos, sometiéndolos a legislación nacional; 2) continúa el sistema actual de vinculación local, buscando dar mayor certeza jurídica; 3) se permite al gobierno condicionar la extensión de la duración de las patentes a casos especiales y limitarlas en todo caso a cinco años después de los 20 reglamentarios; 4) se eliminan los abusos de patentes para nuevos usos.

Los industriales e investigadores farmacéuticos mexicanos están de plácemes. Lo irónico es que la guillotina la hayan quitado los legisladores demócratas norteamericanos. El gobierno de EPN hizo las concesiones y el actual consideró que era tarde para revertirlas. Ahora existe una oportunidad que gobierno y empresas mexicanas deben aprovechar para establecer una política industrial y tecnológica farmacéutica en beneficio del sector salud, el consumidor nacional y las propias empresas mexicanas dispuestas a invertir y actuar responsablemente. Un pacto en que el interés nacional gane.

Por lo demás esperamos que la visita de Seade a Washington este lunes logre conjurar el peligro para el interés nacional derivado de las prisas y los malentendidos de última hora respecto a la presencia de vigilantes laborales en México.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.