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El “derecho de corrección” a los hijos

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El “derecho de corrección” a los hijos

28/09/2020

En su libro Derecho de Familia, de 1994, Alicia Pérez Duarte critica que los códigos penales locales autorizaban cierto grado de violencia de padres, madres y tutores contra los hijos, dentro de lo que se denominaba “derecho de corrección”.

Cita el caso de Aguascalientes:

“Artículo 298.- Las lesiones inferidas por quienes ejerzan la patria potestad o la tutela, y en ejercicio del derecho de corregir, no serán punibles si fueren de las comprendidas en la primera parte del artículo 291 y además el autor no abusare de su derecho, corrigiendo con crueldad o con innecesaria frecuencia”.

El de Hidalgo:

“Artículo 276.- Las lesiones inferidas por quienes ejerzan la patria potestad o la tutela, y en ejercicio del derecho de corregir, no serán punibles si fueren de las comprendidas en la primera parte del artículo 286 y, además, el autor no abusare de su derecho corrigiendo con crueldad o con innecesaria frecuencia”.

El de Nayarit:

“En esta entidad el maltrato a menores no está sancionado si las lesiones no ponen en peligro la vida y tardan en sanar menos de 20 días”.

El de Zacatecas:

“Como en otros estados, el código penal de esta entidad no sanciona las lesiones que tardan menos de 15 días en sanar y no ponen en peligro la vida cuando son causadas en el ejercicio del derecho de corrección por quienes ejercen la patria potestad o la tutela (artículo 291)...”.

La mayoría de los códigos de aquella época permitían maltratar físicamente a los hijos mientras no quedaran lesiones duraderas.

Manazos, cachetadas, nalgadas, jalones de pelo, de patillas o de orejas, pellizcos, empujones, jalones, caminatas sobre las rodillas, encierros, cinturonazos, reglazos, chanclazos, fuetazos, etc. Todo eso y más estaba permitido.

Al cuestionarse la violencia en la educación de los hijos, muchas personas reivindicaban el “derecho de corrección”, que ejercieron sus padres sobre ellas y ahora ellas sobre sus hijos, como única forma educar y criar.

Por eso es importante la reforma recién aprobada por el Senado a la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes y al Código Civil Federal, para instituir los siguientes preceptos:

“Queda prohibido que la madre, padre o cualquier persona que ejerza la patria potestad, tutela o guarda, custodia y crianza de niños y adolescentes, utilice el castigo corporal o humillante como forma de corrección o disciplina de niños, niñas o adolescentes”.

“Castigo corporal o físico es todo aquel acto cometido en contra de niñas, niños y adolescentes en el que se utilice la fuerza física, incluyendo golpes con la mano o con algún objeto, empujones, pellizcos, mordidas, tirones de cabello o de las orejas, obligar a sostener posturas incómodas, quemaduras, ingesta de alimentos hirviendo u otros productos o cualquier otro acto que tenga como objeto causar dolor o malestar, aunque sea leve”.

“Castigo humillante es cualquier trato ofensivo, denigrante, desvalorizador, estigmatizante, ridiculizador y de menosprecio, y cualquier acto que tenga como objetivo provocar dolor, amenaza, molestia o humillación cometido en contra de niñas, niños y adolescentes”.

De ratificarse esta reforma por la Cámara de Diputados, el concepto de “derecho de corrección” habrá cambiado radicalmente. Ya no estarán permitidos los castigos que dejen lesiones, aunque tarden en sanar menos de 15 días. Tampoco los castigos físicos que no dejen lesiones. Y ni siquiera los que no impliquen violencia física pero que ofendan, humillen o ridiculicen al menor.

El derecho se transforma, y con este el derecho de corrección. Pues como recuerda la propia Pérez Duarte, las instituciones de la patria potestad del derecho romano “antiguamente implicaban derecho de vida o muerte que el pater tenía sobre las personas sujetas a ella”.

“Para corregir no se necesita golpear y mucho menos lesionar. El amor y el ejemplo son mejores instrumentos que los malos tratos.” Es un buen momento para transformar conceptos conservadores.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.