'Tengo dos mundos, campo y ciudad, y los uno y separo sin cesar'
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'Tengo dos mundos, campo y ciudad, y los uno y separo sin cesar'

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'Tengo dos mundos, campo y ciudad, y los uno y separo sin cesar'

03/05/2019
Actualización 03/05/2019 - 11:49

Mónica Herrera vive atravesada en dos. Una mitad responde a su padre y a su amor por la ciencia, y la otra a su madre y a la música, que ella le enseñó a admirar. El matrimonio duró once años, suficiente para que la niña se criara en aquella dualidad.

Su sensibilidad floreció gracias a sus abuelos maternos, con los que vivió tras la separación de sus padres. Todas las tardes practicaba con su abuelo las notas y las escalas. Con su padre –aislado de la ciudad que detestaba– hacía experimentos en un taller de fundición de metales, en la parte trasera de una casita construida en una milpa, al sur de la ciudad.

También acompañaba a su madre a la escuela de iniciación en la música y las artes de la Ollin Yoliztli, donde daba clases. Todo ello resultó en que “tengo dos personalidades o veo el mundo de dos formas; campo y ciudad, arte e industria, los uno y los separo sin cesar”.

La educación musical de Mónica Herrera había iniciado a sus cinco años. Sin embargo, la abandonó en la agitada época de la adolescencia. Deseaba jugar boliche y arrojar y cachar la pelota. No se le permitía. “Tenía que cuidar los dedos”.

Su maestra rusa de métodos exigía siete horas diarias de práctica con el chelo. Quería que dejara la secundaria para dedicarse por completo a la música. “No quise. Elegía llevar las uñas largas y usar falda”.

Su madre le advirtió que se arrepentiría toda la vida.

-¿Y sí?

-No, aunque sí creo que la música es la mayor de las artes.

Terminó la preparatoria abierta (había iniciado en la 6) y, ante el titubeo vocacional, trabajó un tiempo para uno de sus tíos, que era escultor. “Cargaba sacos de cal y le acercaba piedras. Justo entonces entendí que lo mío era el arte”. Y presentó su examen de admisión a la Esmeralda. “Por primera vez en mi vida, estuve en un lugar donde pude ser yo, y encontré el equilibrio emocional”.

Luego, después de su primer año de labores en una galería, notó que, en México, éstas se enfocan hacia el mercado del arte, desinteresadas de la difusión popular. “Son elitistas. Eso me llevó a hacer obras en las que ubicaba a la protagonista, la ciudad, como un ser social. Me influyeron mis dos mundos, el rural, que compartía con mi padre, y el citadino, que pertenecía al resto de mi familia. Como tuve mi primer coche tarde, pude observar y conocer la ciudad, y entenderla como ese ente en el que participamos todos. Me interesó entender qué significaba ser parte de esta masa social que te arranca tu individualidad”.

Su obra tomó ese camino: Herrera ilustró, por ejemplo, los rastros que deja una manifestación que se ha dispersado. “Me empecé a clavar en cómo se ven los escalones del Metro, que tienen estas curvas como producto de los millones de veces que los han pisado. Busqué también artistas que trabajaban con ese tipo de estética o con ese tipo de preocupaciones”.

A pesar del antiyankismo de sus padres, Herrera acabó viviendo en Estados Unidos. Recién casada, se fue a radicar a Chicago. “Fue una experiencia muy dura porque yo no hablaba inglés. Sobrellevé un shock cultural muy fuerte, porque de pronto estaba yo metida en una sociedad completamente nueva que no entendía, pero ahí estaba el Art Institute y eso, para mí, era casi todo”.

En la Universidad de Chicago se integró a un barroco grupo de esposas de estudiantes que aprendían a cocinar, a coser, “a ser buena esposa”. Y a la vez, exploró completa su nueva ciudad: “Me gustaba ir a las zonas segregadas. Hay una calle fascinante, Devon Street, que empieza en el lago, al norte; es una zona de gringos blancos y ricos pero conforme te metes hacia el oeste, hacia dentro de la tierra, encuentras a los puertorriqueños, a los dominicanos, y de repente llegas a donde los hindúes, los judíos, los iraníes”.

Herrera desarrolló un proyecto con el que ingresó precisamente al Art Institute, donde trabajó con la que era directora de escultura. Durante la maestría, mantuvo el enfoque de su obra hacia lo público. Quería incluir a la gente, hacer arte participativo en lugar de tradicional, así que optó por las instalaciones.

Para otro conjunto de obras, utilizó objetos y materiales de uso cotidiano y que son iguales para todos, como los anteojos. También incorporó el sonido, “porque la música, de todas las artes, es la que no necesita tanta traducción”. Produjo una instalación que transformó instrumentos musicales o partes de ellos, como pijas y cuerdas. “La onda era que la gente se acercara a los instrumentos para explorarlos, no para hacer música, sino para palpar el material. Porque nadie llega a una orquesta y le pide al chelista que lo deje manipular su chelo. Se trataba de manipular los objetos sin ser un experto, con otra clase de acercamiento”.

Uno de los materiales favoritos de Herrera es el maíz, “que también nos es común a todos, como la ciudad. Lo comen los albañiles en la obra o la familia en una casa de Las Lomas. La tortilla nos unifica. En Estados Unidos viví esa búsqueda universal de la unificación con los suyos”.

Herrera dirigió una galería estudiantil, un espacio experimental, para los jóvenes marginados del distrito de galerías de Chicago. Luego volvió a su país, pero México puso un freno a su carrera. Comenzó de cero, rehízo los tan necesarios 'contactos' en el mundo del arte y se convirtió en madre. Desaceleró. “Ahora he decidido readaptarme al trabajo”.

Mónica Herrera ha vuelto con la exposición Homo Urbanus, en el Museo de la Cancillería, la más reciente después de cinco individuales y más de 30 en colectivo.

-Has vuelto.

-Eso espero. No soy una artista emergente ni soy una artista consagrada; aún estoy un poco descolocada.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.