'Para el crimen, los niños son tan eficientes como desechables'
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'Para el crimen, los niños son tan eficientes como desechables'

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'Para el crimen, los niños son tan eficientes como desechables'

20/12/2019

Everardo González empieza el relato de su vida por la paternidad, que todo lo transforma.

“Un instante cambia el destino de una persona. Tuve, durante un año y medio, a esta pareja... Nos peleamos y nos separamos otro año y medio. Ella estudiaba en la escuela de danza del Centro Nacional de las Artes, y yo en la escuela de cine, también en el CNA. En esos días yo editaba la que sería mi opera prima, La canción del pulque. Había quedado con una amiga para comer. La escuela tenía dos accesos, con una escalera en cada extremo. Bajé del lado izquierdo hacia el estacionamiento para encontrarme con mi amiga, mientras ella subió por el lado derecho, buscándome también. No la encontré, así que volví por la escalera izquierda, y ella bajó por la derecha. ‘Vino Amaranta’, me dijo mi editor. Bajé de nuevo y encontré una nota suya en el parabrisas. Se tuvo que ir. Iba de nuevo hacia la sala de edición, cuando por poco me atropella un coche. Paró en seco. Nos miramos, nos reconocimos. Era mi ex. Quedamos para un café, y nos emparejamos de nuevo. Tuvimos un hijo, y todo para volvernos a pelear. Pero creo que ese instante de confusión escaleras arriba y abajo hizo que cuadrara todo. Me gusta mucho contársela a mi hijo porque creo que fue cosa del destino, lo mismo que mi oficio”.

El cineasta se formó en la UAM Xochimilco. “Soy de la generación del 90, una muy politizada, sobre todo tras el levantamiento zapatista. El EZLN fue para mi generación muy relevante e inspirador; estábamos un poco hartos de escuchar sobre las glorias de tiempos pasados hasta que esos cabrones de Los Altos de Chiapas nos regalaron nuestra propia revolución. En buena medida lo que yo hago se los debo a ellos”.

Everardo González se preparaba para convertirse en fotógrafo de prensa. Auxiliaba a los grandes, como Eniac Martínez y Francisco Mata. “Tengo una copia mal expuesta de la emblemática foto de Raúl Ortega, a 'Marcos' pintando dedo”.

Quería seguir los pasos de los renombrados fotógrafos de La Jornada, pertenecer a su mundo. Pero otro cineasta, su primo hermano, Carlos Carrera, le sugirió que aplicara para la escuela de cine.

-“Ahí como que hay puro mamón”, rehuyó González.

-“Igualitos que tú”, respondió Carrera.

“Esa conversación me picó el orgullo y me regaló una forma de ver el mundo y una profesión. Sólo había tenido curiosidad por el cine como espectador, ni siquiera como cinéfilo”.

Al cine documental llegó de manera natural. Como aspirante a cinefotógrafo, admiraba a Rodrigo Prieto, Emmanuel Lubezki, Federico Barbabosa, a Gabriel Figueroa, por supuesto. “Como en ese entonces, previo a la digitalización del cine, no había mucho trabajo aquí en México, mi opción era seguir cargando la cámara”.

La familia paterna del director de La libertad del diablo es originaria de San Miguel el Alto, en Jalisco. Su padre es hijo de un gallero y una costurera. Su abuelo materno era un marino mercante de Puerto Progreso, Yucatán, emigrado de Belice. Sus padre, zootecnista, y su madre, maestra de secundaria, vivieron los primeros años de su matrimonio en un rancho de Guerrero y luego se mudaron a Hermosillo. “Estaban esperándome cuando se presentó la oportunidad para que mi padre estudiara en Colorado, en un pueblo en la frontera con Wyoming, donde yo nací. Me crié entre conversaciones sobre vacas, naturaleza y arte. Toda una rareza”.

Cuando dejó el hogar paterno, en sus veintes, Everardo González consiguió una chamba en El Hábito, como iluminador. “Conocí a Chabela (Vargas), a (Joaquín) Sabina, a Carlos Monsiváis, a Saúl Hernández, a Daniel Giménez Cacho y a todo aquel que llegara a emborracharse, porque yo también servía”.

También trabajó como despachador en la vinatería de uno de sus primos, en Iztacalco, y después como editor, en Canal 11.

-¿Cuándo empezaste a vivir del cine?

-Cuando hice mi primera película. Para terminar La canción del pulque dependí mucho de mis maestros, pero encontré esta mezcla de investigación social, periodismo y narrativa, que es el documental, y me seguí por ahí. Salió en un contexto muy afortunado para mí y empezaron a llamarme, pero en una posición distinta.

González fue contratado como director o fotógrafo en TV UNAM, Canal 22 y Clío y, al mismo tiempo, empezaba la investigación para Ladrones viejos. “Eso me proyectó y, por fortuna, hasta hoy no se me ha caído una sola película”.

El creador de la conmovedora Un abrazo de tres minutos realiza ahora una película sobre “el encuentro de las 9 milímetros y los jóvenes mexicanos, una historia que me vino cuando leí La Virgen de los sicarios, de Vallejo. Me impactó la imagen de esa pistola en las manos de un niño y me jodía que le temiéramos a nuestros hijos, que se convertían en halcones, en extorsionadores, en cobradores de rentas. Nuestros niños son tan eficientes como desechables para el crimen organizado; no tienen conciencia ni empatía. Son pura emulación, puro deseo de ser. Mira a Ovidio Guzmán, que no tiene ni treinta años y lleva más de una década al mando. Los renteros de Tamaulipas tienen 10 años. Deja que se te acerque uno de ellos y serás presa del terror. Así que estoy en eso; quiero saber cuándo y cómo se transforma la personalidad de un niño que va a cargar un arma mortal y, en su momento, será desechable”.

Esa película se titulará Una jauría que se llama Ernesto: “Será la construcción de un personaje ficticio, coro de voces reales de distintas edades, que hablará de quiénes son los reclutadores y los cazatalentos, lo que representan las pandillas y de la estructura del sicariato que, hasta donde sé, conserva una estructura muy capitalista, muy empresarial”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.