Isolino Doval es "la obra maestra" de su madre, Minerva Artemisa González Candelas. Minerva fue bautizada hasta los 15 años debido a la comprensible resistencia del cura: la niña tenía dos nombres, paganos ambos. De ahí la inconsistencia: en la partida bautismal el nombre asentado fue María Minerva Artemisa. En el acta de nacimiento prescindieron del primero.
Pesan los apelativos en la familia Doval González. Victor Isolino, el primogénito, debe el suyo a "las representaciones alegóricas de la diosa Minerva". Sin su madre, afirma sin rastro de bochorno, no se explica no digamos en lo biológico, "tampoco moralmente".
Isolino Doval fue un niño acosado en la escuela, de la primaria a la preparatoria. Cuenta el profesor: "Llegaba devastado a mi casa. Era un suplicio estar expuesto a la burla. Contra mi fealdad y gordura, yo no podía hacer nada. Un día llegó mi madre, bellísima, vestida con una camisa de seda y una falda amplia. Me escondí detrás de ella y señalé a mis agresores. Me frenó y me dijo que un hijo suyo jamás se escondería tras las faldas de una mujer y me arrojó en las fauces de los lobos. Me enseñó a valerme por mí mismo".
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La familia residía en Guadalajara (habían huido de la abuela materna, que estaba dispuesta a destruir el matrimonio). Don José Isolino Doval Sierra viajaba con frecuencia por motivos laborales, mientras su mujer penaba sus prolongadas ausencias. Una Semana Santa, él volvió y se quedó por algunos días. La pareja hablaba hasta el amanecer. Tenían una relación amorosa febril. Según los médicos, es posible que la falta de sueño haya detonado el trastorno bipolar que asaltó a Minerva. En palabras de Isolino Doval, "los dos se deschavetaron".
Narra Doval el horror de esos días: "Marqué a la Cruz Roja y expliqué que mis papás no andaban bien. Luego llamé a mi abuelo. Nos mudamos con él. A mis padres los internaron durante una semana, sobre todo para atender su cansancio. El día que regresó mi madre ha sido el más importante de mi vida porque supe que no la había perdido en ningún sentido".
Educado con "orgullo y arrogancia", Isolino Doval sostiene que es un hombre pedante, hostil y tosco, que ve el mundo desde la exigencia. Así lo moldeó su madre. "Para ella, todo puede estar mejor, no en términos de bienestar material, sino en términos morales. Si le preguntaba por una palabra que yo desconocía, ella apuntaba al diccionario. Me ponía en mi sitio, me advertía sobre los aduladores. No podría decir que un instante me cambió la vida; fue el gerundio: me fue educando. Todo momento fue fundacional".
Otra cosa fue su padre, un hombre elegante, con un gran sentido del humor. Educaba con el ejemplo. "Decía poco, pero hacía mucho".
Doval iba para arquitecto, como Minerva, pero en la UDG se topó con un maestro que le dio Lecciones preliminares de filosofía, del padre José García Morente (el traductor de Kant) y El mundo feliz, de Huxley. Hizo maletas y llegó a la Ciudad de México, a los diecisiete.
Tuvo que suspender sus estudios a la mitad de la carrera para volver a Jalisco a cuidar a Minerva, cuya salud se había enrevesado. Llegó a pesar cuarenta kilos para subir luego hasta noventa. En ese lapso, Doval trabajó como corresponsal de Reforma, antes de que existiera Mural. Después de culminar sus estudios, se incorporó como funcionario en la Universidad Panamericana, en la oficia de comunicación.
Víctor Isolino Doval se despoja de la boina que suele usar para controlar su ingobernable cabello grueso, herencia de su abuela indígena. "La uso para eso y para no gastar dinero en gel". Se doctoró viejo, dice, cerca de los cuarenta. Se fue a Pamplona con Elena, su mujer. "Es muy reconfortante ver que no estás del todo oxidado, que aún te puedes sorprender con los libros". Su tesis alude al fundador de la UP, Carlos Llano. "Si no meto demasiado las patas quizá se publique, pero está claro que yo podría ser el único obstáculo".
El profesor Doval da clases desde que era adolescente. Empezó con niños de primaria. "Suelo remitirme a la anécdota que se atribuye a Wittgenstein, que dice que prefería la trinchera en una guerra mundial que dar clase en un kinder, y en efecto es preferible, porque a esa edad el alma racional todavía no les cae; los niños responden sólo a sus impulsos. Horrible".
-Educas millennials…
-Que casi es lo mismo. Y cada vez más porque están muy infantilizados. La madurez se ha postergado a los cuarenta.
Doval asegura que es tan cínico y maltratador como su personaje de Twitter. Eso lo ha hecho un profesor impopular. Sin embargo, mientras pueda, no renunciará a las aulas. "Me gusta la actividad docente, ardua. Menos ahora que parece que el conocimiento es transportable, que uno va a la escuela a adquirir conocimiento como se compran tomates. Eso no es así; es indelegable el saber".
Reprobado en las evaluaciones de los alumnos, expresa: "Me odian. Dicen que soy de lo peor. Pero soy un pesimista esperanzado. Voy lleno de expectativas negativas de los estudiantes y de pronto me topo con unas sorpresas de maravilla. Siempre hay dos o tres que permiten que uno les muestre el camino. No hay que defraudarlos, hay que seguir espoleándolos. Hay que estimularlos, porque ninguna persona se resiste a saber".
-Tengo una curiosidad: ¿cuántas horas al día le dedicas a Twitter?
-Pocas, en realidad. No tengo la aplicación en el celular. Lo odio. Entro cuando necesito oxigenar un poco la cabeza, cuando debo procrastinar, como recomendaban los medievales. Le dedico los ratos de ocio a Twitter. Me divierte ver nuestras miserias expuestas ahí.