Hay que entender a los jóvenes para transformarlos: 'El Mijis'
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Hay que entender a los jóvenes para transformarlos: 'El Mijis'

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Hay que entender a los jóvenes para transformarlos: 'El Mijis'

05/04/2019
Actualización 05/04/2019 - 11:40

Tan pronto escuchaban los niños el grito aterrador –“¡Ya llegó Pedro Carrizales!”–, subían corriendo a la azotea para ocultarse. Nunca le perdieron el miedo a su padre, que fue a traerlos a rastras tres veces de Nuevo León.

Fueron años felices aquellos, lejos del padre, escondidos en Santa Catarina. “Éramos pobres, pero estábamos unidos”, dice El Mijis, el popular diputado potosino.

A Carrizales lo hizo fuerte su madre. “Me enseñó a no demostrar el hambre. Y también que con perseverancia se logra todo”.

El Mijis procuraba ayuda para su familia. Él y algunos de sus hermanos fueron malabaristas de semáforo. Mientras tanto, su madre trabajaba en un restaurante. “Una vez nos fue bastante bien; llenamos los morralitos de puras monedas, casi hasta la mitad. Llegamos bien contentos a la casa a darle el dinero a mi mamá y ella nos puso una chinga. Nos dijo que se la pasaba trabajando para que no anduviéramos de limosneros. Era bien orgullosa. No se dejaba”.

María del Rosario Becerra murió de 42 años. Su hijo Pedro César tenía 24. “Desde los quince yo ya andaba fugado, y lo que no aguantaba era estar sin mi mamá. Yo creo que era su consentido. Me decía querubín”.

La entrega de una casa en Villa Arbolada, una colonia conflictiva de San Luis, selló la suerte de los Carrizales. Pedro se hizo pandillero. “Quería ser actor, como Juan Ferrara. Andaba fajado y por eso me decían ‘niño fresa’; como que no les gustaba, como que les caía mal. Uno se me vino encima y le gané. También al segundo. El tercero me descontó, me dejó la jeta hinchada. Me callé, y luego me jalaron a la banda porque vieron que no era chismoso. Nos hicimos amigos, carnales. Nunca fuimos rateros, solo éramos peleoneros, puros dientes”.

Las peores friegas, cuenta, se las ponían los policías ministeriales. “Desde morrillos nos hicieron mala fama a los Carrizales, pero a cada rato nos fabricaban delitos, hasta que nos sacaban los de derechos humanos. Luego agarré la caguama…”, y después la mariguana y las pastillas. Tenía once años.

Carrizales, líder del Movimiento Popular Juvenil, una organización potosina que promueve programas sociales y empleo para jóvenes en situación de calle, se detiene: “Ya estoy hablando con maldiciones”, se disculpa, apenado. Le respondo que no hay problema. “Es que me acuerdo y vuelvo a adentrar en la malilla”, justifica.

Su madre y su hermano trataron de alejarlo de Los Chondos. “Pero no entendía, sigue uno en la banda. Me iba a la calle Escarcha (nosotros le decimos el callejón de los chingadazos), y ahí nos agarrábamos con los otros, Los Narcos”.

-¿Cómo surgió el conflicto entre las bandas?

-Nosotros íbamos a lavar carros a la base que está cerquita de ahí. Ellos se dedicaban a robar, pero los ministeriales nos fabricaban los delitos a nosotros. Siempre les ganábamos, con todo y que a veces se aliaban con los policías”.

El Mijis se levanta la camiseta y me muestra las cicatrices del torso. Hacen toda una colección. Unas son de cuchillo, otras de bala. La de la parte posterior de la cabeza es de machete. La señala con el dedo. “Casi me parte la cabeza”, me dice. Tiene otras que le hicieron con fierros, muy cerca del hígado.

-¿Qué se siente que te atraviesen?

-No duele, por la pura adrenalina. Está uno bien prendido, trae una euforia bien cabrón.

-¿Qué te ha costado más soportar: el hambre, el vicio, las agresiones contra tu gente, la violencia en tu propia piel y en tu cuerpo?

-La pérdida de mi madre. No lo he superado, pero he aprendido a vivir con el dolor. Pero me siento en paz. Cada cosa buena que hago me da la paz que busqué con el suicidio. (Intentó quitarse la vida cinco veces, tras la muerte de doña Rosario).

-¿Qué te volvía a enganchar, qué te mantenía dentro del círculo?

-El entorno, aunque saliera con mi pata de conejo para enfrentarlo; la discriminación, la violencia, los policías que te chingan porque no les sacas de la cabeza que tú eres el malo. Aunque no le voy a decir que yo venía de la cuna de Moisés; sí era bien peleonero.

A los 16, Carrizales embarazó a su novia. Después del primero, nacieron otros dos. “Me los eché seguiditos”. Era momento de dejar la pandilla, “pero no podía; me seguían persiguiendo las broncas. No me daban trabajo, tenía que andar lavando carros o limpiando vidrios”.

Pedro Carrizales está marcado por el amor de sus mujeres: su madre, su hija, “el amor de mi vida” y ahora Victoria y Valentina, sus nietas. Apenas, pero mantuvo a sus hijos al margen de las pandillas. Y desde entonces ha rescatado a cientos de jóvenes de “la mala vida”. Redimiéndolos se ha salvado a sí mismo.

-¿Qué se necesita para recuperar a un chavo?

-Empatía. Imagínese que el policía está capacitado para manejar de otro modo las situaciones, que cuando viera a un vato drogado lo alivianara en vez de darle unos madrazos y lo llevara con su mamá. A lo mejor ni se vuelve a drogar. Hay que empezar a transformar la vida de los jóvenes entendiendo sus problemas y haciéndolos sentir útiles. Yo me traje a varios cuando el temblor. Los dejé con los rescatistas y se desbordó la humanidad de cada uno de ellos.

Carrizales optó por la política hace años. Estuvo con el PRD en un par de elecciones. También con la extinta Convergencia, convertida en MC. “Después de apoyar a candidatos a diputados y a presidentes municipales que se olvidaban de la banda cuando llegaban al poder, vi un hueco en 2018 y me colé (con la coalición encabezada por Morena). Si ayudé a tantos políticos a llegar, no había razón para que no me aventara yo y llevara la lucha más allá. Cuando vieron que ya me estaba yendo por mi lado, me empezaron a invitar todos, los del PAN y los del PRI. Era como la quinceañera con la que todos quería bailar allá en San Luis”.

-¿Y qué tan útil te ha sido la notoriedad?

-Pues mire, no es que me guste, pero gracias a ella se hizo visible mi lucha, y mi lucha es lo que me mueve.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.