'El escritor es exhibicionista, es imposible narrar sin decir quién eres'
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'El escritor es exhibicionista, es imposible narrar sin decir quién eres'

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'El escritor es exhibicionista, es imposible narrar sin decir quién eres'

11/10/2019
Actualización 11/10/2019 - 14:41

Dos meses después de nacer en San Antonio, Texas, en agosto de 1970, David Miklos llegó a México en brazos de sus padres.

Los primeros años de su vida transcurrieron sin novedad, pero cerca del tercero, el niño enfermó de gravedad. En la cama del Hospital Infantil Privado, afectado por una bronconeumonía, preguntó a su madre sobre el origen de los niños. Preguntó de dónde venían sus vecinas, de dónde venían sus amigas. “De la panza de su mamá”, respondió la suya. Algo presentía él. Siguió la consulta evidente: “¿Y de dónde vengo yo?”. “Bueno, tú vienes de la panza de otra mujer. Tú eres adoptado”, respondió con dulzura. David Miklos no hizo más preguntas.

David Miklos, escritor.
David Miklos, escritor.Fuente: Ismael Ángeles

Poco después, en la misma ciudad texana, nació su hermana. Sus padres fueron a recogerla, como lo habían hecho con él. “El aterrizaje fue forzoso, sin preparación. Ya no estaba solo”.

A los ocho, domesticada su memoria, Miklos se recuerda explicando que era adoptado a sus amigos que, confundidos, lo interrogaban sobre sus papás-papás. “Son los que me adoptaron, contestaba. Siempre tuve esa certeza y esa seguridad”.

Sin embargo, “en algún momento concluí que mi carta de presentación era ser adoptado. Era una forma de defenderme, antes de que descubrieran algo. Portaba mi armadura, mi verdad. Hasta que me di cuenta de que uno tiene dos maneras de lidiar con la vida, diciendo quién es realmente u ocultándolo. Ambos son mecanismos de defensa válidos, pero soy escritor y los escritores somos exhibicionistas en mayor o menor medida. Es imposible narrar sin decir quiénes somos”.

La primera punzada de curiosidad sobre su origen se presentó una década después. “Era una curiosidad muy iconográfica. No quería información, sino una imagen. Quería ver a esa madre biológica”.

Solicitó a la agencia a través de la cual se llevó a cabo el proceso de adopción su historia sociomédica, que resultó muy perturbadora. En vista de que no le concedieron un apellido o un solo dato que pudiera revelar la identidad de su familia biológica, se detuvo ahí. No obstante, conocer –aunque parcialmente–, su raíz, lo lanzó al cauce de la escritura.

La historia sociomédica en su poder había hecho colisión, y empezó a trazar el proyecto que culminaría muchos años después el autor de La piel muerta, La hermana falsa y La gente extraña. “Poco a poco entendí de que el tema del que quería escribir era el origen”.

Cuando su mujer esperaba a su hija Ana, algo se removió dentro de su cabeza: decidió encontrar a su madre biológica a toda costa. Una amiga, acogida en la misma agencia, lo condujo por el proceso. “La información que había conseguido no era tan exigua; tenía el nombre de pila, la fecha y el lugar de nacimiento de mi madre. 19 de julio de 1950, en California”.

Sólo hubo una persona que respondía a dicha información. Conducía, precisamente, a San Antonio, Texas. El domicilio pertenecía a su abuela biológica. Miklos le escribió una carta. Le agradecía haberlo dado en adopción; tenía una buena vida y unos buenos padres. “Pero me gustaría conocerte”, le anticipó.

Envió la carta por correo y se sentó a esperar. Cuando cayó la respuesta en el buzón, Miklos leyó que su madre biológica lo reconocía, lo llamaba hijo. Pasó el tiempo, se correspondieron, supo que venía su nieta en camino y que la nombrarían Ana, como su abuela materna.

Cuando la niña había cumplido dos años, se conocieron en San Antonio. “Ana estaba como pez en el agua, como si le quedara claro que Elizabeth era mi mamá”.

La paternidad le había dado otro golpe radical a la escritura de David Miklos. Sus prioridades habían cambiado: escribir ya no era la primera.

“De pronto, escribía más fácil y mejor. También dejé de hacer ficción y alegorías a la maternidad y a la paternidad y me puse a escribir mi historia real”. Esa historia será Biopsia, un libro que está por terminar y que será publicado el año próximo, cuando Miklos cumpla 50 años.

Con la paternidad, su historia tomó orden. “Casi siempre damos nuestras relaciones por sentado: tengo a mi mamá, tengo a mi papá, tengo a mis hermanos, tengo a mis hijos, porque es el flujo natural de la vida, pero cuando hay un elemento antinatural que a la larga termina siendo igualmente natural, te preguntas qué vas a hacer con esa relación que no estaba ahí antes. ¿Prosigo o abandono? Yo proseguí porque durante 40 años el vector había sido el abandono, hasta que fue todo lo contrario, la pertenencia”.

Entonces, Biopsia dio un vuelco. “Había sido muy egoísta con la historia porque la había pensado desde mi punto de vista, el del adoptado. En esta peculiar condición que es y no es orfandad, no le había dado realmente un lugar a mi madre. Así que di un viraje y reescribí la historia desde el punto de vista de ella. Llené muchos vacíos de información con mi versión, pero me mantuve fiel a lo que ella me había contado de sí misma”.

Y se presentaron otras aclaraciones. Había un dato errado en la carpeta de Miklos: su padre biológico también se llamaba David y no Steve, como estaba consignado en el documento. “Fue una casualidad; el nombre no me lo había puesto Elizabeth”.

De su padre, ella no quiso decirle nada. Se lo llevó a la tumba hace dos años. “Su muerte me pegó muy fuerte. Muchas veces sucede que el hijo adoptado conoce a la madre biológica y hay un cortocircuito. El hijo se da cuenta que esa historia no es la suya... A mí me pasó: esa historia no era la mía, pero varios de sus elementos sí me tocaban y yo quise hacerlos míos, dialogar y crecer con ellos y con ella, el tiempo que estuvo viva. Si hay un retrato hablado mío, es ése, porque es el más real”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.