'Caso Iguala marcó un antes y un después en el cine social'
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'Caso Iguala marcó un antes y un después en el cine social'

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'Caso Iguala marcó un antes y un después en el cine social'

13/09/2019

Las casas de los Arredondo y los Arnaut estaban una frente a la otra. Alberto Arnaut visitaba en las vacaciones a la familia de su papá. En uno de esos viajes a Todos Santos, al sur de las Bajas, conoció a Javier Arredondo, que tenía más o menos su edad. Sencillamente se hicieron amigos.

Pasó el tiempo y los muchachos se perdieron la pista. Javier Arredondo se fue a estudiar a Mazatlán, luego a Saltillo, donde conoció a Jorge Mercado, y al final a Monterrey, donde habrían de morir poco después.

La abuela de Alberto era dueña de una tienda de abarrotes. Ahí reposaba una banca donde se acomodaban las señoras a conversar. Doña Irene, la madre de Javier Arredondo, era una de las asiduas. Ella contaba, horonda, que su hijo había ganado otro concurso de ajedrez, uno de matemáticas, uno más de física. Javier Arredondo, orgullo del pueblo, se iba a convertir en el primer doctor de Todos Santos. Estudiaba el posgrado en el Tecnológico de Monterrey en Ciencias de la Ingeniería. En esa banca, Alberto se ponía al tanto de la vida de Javier.

El 19 de marzo de 2010, los Arnaut se enteraron de la insólita noticia: una atroz balacera en las inmediaciones del campus del Tecnológico de Monterrey había cimbrado a la capital de Nuevo León. Lo comentaron en la sobremesa. En la noche, con los ojos vidriosos, entró el padre a la recámara de Alberto: “Mataron a Javier Francisco”. Se abrazaron y lloraron juntos. “En ese momento decidí rendirle un homenaje a Javier y darle un poco de paz a sus papás porque su hijo fue criminalizado por el Ejército y por todos, desde el propio Tec de Monterrey hasta el presidente de la República, Felipe Calderón”.

Alberto Arnaut y sus hermanas se habían formado en escuelas fundadas por exiliados, primero en la Herminio Almendros y luego en el Instituto Escuela. Varios de sus compañeros eran hijos de desaparecidos o de perseguidos políticos. Crecieron en un entorno de izquierdas que los condujo muy pronto al activismo. En el colectivo Jóvenes en Resistencia Alternativa, Alberto conoció las alas juveniles del zapatismo en la Ciudad de México. Después de graduarse de comunicación en la UAM, se unió a Un Espacio por la Otra Campaña, otro colectivo al que se adherían los simpatizantes de la sexta declaración de la Selva Lacandona.

Durante algunos años, Arnaut realizó videos y producciones audiovisuales con María del Carmen de Lara, una documentalista feminista empapada de temáticas alrededor de los derechos sexuales y reproductivos. Entonces él no se concebía como cineasta. “Me daba miedo por la dificultad de hacer cine en México. Y también rechazaba el ambiente cinematográfico. Me daba flojera”.

Arnaut dejó de vacilar cuando supo de la muerte de Javier Arredondo. Cinco meses después del crimen, viajó a Todos Santos para dar el pésame a la familia y exponerle su proyecto. Un poco más adelante, volvió con su hermana mayor para realizar las primeras entrevistas. El padre de Javier le mostró, y le entregó, el expediente de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, que incluía la recomendación y la información que la sustentaba, “y caigo en la cuenta de que mi homenaje se quedaba muy pero muy corto”. Ahí dentro, perdido entre las hojas, había un CD, sin folio, que contenía los videos de la cámara de seguridad del Tec, a cuyas puertas fueron acribillados Javier Arredondo y Jorge Mercado por soldados.

“Entendí que no podía limitarme a contar quién había sido Javier, sino que tenía que incluir a Jorge. Y también que no sabía lo suficiente para hacer un documental digno de la historia de ambos”. Eso tenía remedio: Aranaut se matriculó en la maestría de cine documental en el CUEC.

Mientras aprendía técnicas cinematográficas, buscaba cómo fondear la película. Se presentó en cuanta convocatoria pudo y fue a varias fundaciones. Nada, hasta que desparecieron los 43 de Ayotzinapa, “lo que marcó un antes y un después en cuanto a la postura frente al cine social”. A partir de 2014, Arnaut obtuvo fondos y desarrolló una idea más acabada de su proyecto. “Pasé casi todos mis veintes diseñando mi vida en función de la película. Iba y venía de Todos Santos a Monterrey o a Saltillo. Era total nuestro compromiso con las familias”.

La película fue madurando. “Transformó sus objetivos: de limpiar los nombres de Jorge y Javier, a denunciar los hechos y a los culpables, hasta buscar que formalmente se hiciera justicia”.

Con un millón y medio de pesos “en dinero contante” y la misma cantidad en apoyos y trabajo duro, Hasta los dientes fue incluida en la gira de Ambulante 2018. En cada proyección, iba cobrando notoriedad. Antes, había sido presentada en la Cinética de Nuevo León, en una función especial para las familias y para la prensa, cuando se cumplió el octavo aniversario de la muerte de los jóvenes.

“Políticamente era un momento muy álgido. Estaba viva la discusión en torno a la militarización y la ley de seguridad interior. En las campañas presidenciales, el tema de seguridad era el más relevante”.

Hasta los dientes fue presentada ante legisladores, ministros de la Suprema Corte de Justicia y algunos personajes del equipo de campaña de Andrés Manuel López Obrador, entre ellos la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, y el subsecretario de Derechos Humanos, Alejandro Encinas.

El 19 de marzo pasado, el gobierno mexicano, en un acto de reparación, aceptó la inocencia de los estudiantes y pidió una disculpa pública por haber manipulado la escena tras su ejecución, para hacerlos pasar por narcotraficantes.

“El Estado reconoció su responsabilidad y pidió disculpas. En parte ha reparado a las familias, pero no es suficiente. No se ha hecho justicia. No están sentenciados los militares acusados”.

Alberto Arnaut trabaja en dos documentales a la vez. Después del triunfo de Hasta los dientes, sabe que está al pie de la cresta. “Temo que la segunda película es la más difícil. Pienso que tiene que suceder: en algún momento voy a hacer una mala película y tendré que vivir con eso”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.