Retrato Hablado

‘Cantar es como cuando haces ejercicio’

‘Somos de voces más agudas; como decía mi maestro, aquí en México todos tenemos voz de gasero’, dice Omar Cruz, tenor mexicano.

Es septiembre de 1985 en el centro de la Ciudad de México. Andrés Cruz y María Dolores Nieto se conocen removiendo los escombros de edificios derrumbados por la fuerza de la naturaleza. Hablando después de los horrores que han visto, de las personas a las que han salvado y también de las que no, se enamoran y se hacen novios. Después nació Omar, hijo del temblor, el primero de sus hijos en pareja. Ambos tenían hijos de matrimonios anteriores.

Omar Cruz quedó huérfano de madre 17 años después. Él, su padre y sus hermanos se quedaron en Ecatepec, Estado de México, donde crecieron como todos los niños: jugando quemados, escondidas y futbol, encontrándose en el parque. A Omar Cruz le gustaba mucho su escuela; era diferente de las otras, desde el uniforme: suéter verde, pantalón y zapatos cafés. “Los demás niños llevaban gris con rojo, o gris con azul, con zapatos negros. A mí me gustaba mucho usar zapato café. Todavía lo sigo usando, será por eso”, dice el cantante.

Siguió los estudios en la prepa 9, en Lindavista, hasta la muerte de su mamá. Se metió a trabajar en un café internet y con el tiempo acabó mediante un solo examen. Se inscribió en una escuela de gastronomía y por ese tiempo formó parte de un grupo de rock: un amigo en la guitarra, otro en la batería, la novia al micrófono. Cantaban oldies, covers de rock clásico. Omar Cruz se las sabía todas. Las había escuchado mil veces, entonadas por su madre. Un día su novia faltó al ensayo y él acabó quedándose en su lugar. Y sin novia. Lo hizo muy bien y acabó en un coro de Conaculta, el Coro de Fomento Músical, que sigue activo. La banda creció, pero nunca les dio a sus miembros para mantenerse, acaso para comprar más equipo y mejores micrófonos. Omar Cruz empezó a tener problemas en la escuela de cocina porque llevaba el pelo largo.

Nunca se lo cortó, abandonó la escuela de cocina y en lugar de eso entró al Coro de Fomento Musical, su primer acercamiento con la música “seria”. El Coro de Fomento Musical, que dirige el maestro Alejandro León, fue formado en su origen con madres y padres de los alumnos de la Escuela Superior de Música.

Hasta entonces Omar Cruz aprendió a leer música de la partitura, porque sacaba todo de oído. “De ahí, poco a poco, empecé a subir el nivel musical. La primera obra que canté ahí fue la Cantata de Alexander Nevsky, de Prokofiev. Hace un par de años, más o menos, la canté con otro coro en el Teatro Metropólitan y la disfruté mucho, porque recordé esa primera vez”.

“Ahí hice muchos amigos, ahí conocí a la mamá de mi hija, ahí la conocí, ahí empecé a ver hacia el futuro”. Y Omar Cruz buscó una maestra de canto y se preparó para entrar a la Escuela Nacional de Música o a la Escuela Superior de Música. Se decidió por la segunda y acabó la carrera de Canto de Ópera y Concierto.

Mientras estudiaba, encontró lugar en el Coro Promúsica, de la Ciudad de México. Eso le permitió dejar el despacho contable en el que trabajaba para sostenerse. Omar Cruz canta en Promúsica hasta la fecha.

Un coro está dividido en cuatro voces, dos femeninas, dos masculinas. Las segundas son las del bajo, que canta las notas graves, y el tenor, que canta las agudas. Omar Cruz era bajo. O eso creía. En la escuela se lo dijeron y él lo creyó. “El maestro sabe más que yo”, se dijo. Pasó el tiempo y el se asumía bajo barítono, “una especie de bajo atenorado, un bajo que puede cantar un poquito agudo”. Toda su carrera transcurrió en ese tono, cantando repertorio de barítono, hasta el cuarto año, cuando el maestro Alfredo Daza –primer barítono de la Staatsoper Unter den Linden, máxima casa operística de Alemania– dio una master class y le dijo algo así: “Yo escucho como que tu voz te está pidiendo ir para arriba”. Le puso un ejercicio y confirmó: “Ahí está, tal vez no nos volvamos a ver nunca, pero si quieres trabajar otra vez, casi desde el principio para construir la otra voz, puedes hacerlo, o también puedes quedarte así”.

Omar Cruz siguió como barítono hasta que tomó clases con Leonardo Villeda, un famoso tenor mexicano. “Vocalizaste muy arriba. Un barítono que canta hasta allá no es un barítono”. Dicho eso, le adviritió: “Si vas a un concurso, los que sí son barítonos te van a destrozar, te van a aplastar, no tienes oportunidad porque tu voz no te va a dar. Ahora que, si eres tenor, te va a costar mucho trabajo porque es una voz muy difícil”.

Entró en crisis Omar Cruz. Pero después de varios días con sus noches analizándose y mirándose cantar frente al espejo, cambió de voz, y canta en siete idiomas, sin apretar la garganta, como tenía que hacerlo cuando se pensaba barítono. Cantar no debería ser cansado, o tal vez sí, se corrige Cruz: “Digamos que es como cuando haces ejercicio. Si haces 50 o 100 abdominales, te va a doler el abdomen porque forzaste ese músculo. Pero si las haces y te duele el cuello, algo hiciste mal”.

Omar Cruz es un hombre delgado, pero sólido. “Mientras más fuerte es uno, más fácil es que la voz salga”.

-¿Está superado el mito de que los grandes cantantes son grandes?

-Se tenía la creencia de que podían cantar más fuerte o con más armónicos, pero se ha comprobado que no es eso, que lo que te da más armónicos es la estructura ósea y los músculos también ayudan. La grasa no es. Por eso los escandinavos o rusos, por ejemplo, tienen unas voces enormes. Es natural en ellos. Los mexicanos tenemos estructuras óseas más finas, en general. Somos de voces más agudas; como decía mi maestro, aquí en México todos tenemos voz de gasero.

Omar Cruz incursionó después en la dirección y ahora también conduce el Coro del Colegio Asunción. Pero para él, la música clásica está lejos de serlo todo. También ama la música popular y el jazz, al que le ha dedicado la última temporada. “Estoy preparando un disco de covers de jazz. A ver qué tal nos va”.

COLUMNAS ANTERIORES

‘Estamos MUY mal acostumbrados a que las víctimas debemos callar’
‘Los migrantes necesitan saber cómo bajar una app’

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.