Retrato Hablado

‘Detrás del casco (de piloto) no existen géneros’

María José Rodríguez cuenta cómo su entrada al automovilismo ha sido una historia de lucha y apoyo por parte de su familia.

De pequeña, se paraba de puntitas para mirar cómo su padre manipulaba las herramientas detrás del cofre abierto. El taller mecánico era su cuarto de juegos. Con el paso del tiempo, los clientes del taller llegaron con sus coches de carreras. La niña se subía, fingía manejar, introducía los instrumentos. Eran días de fiesta los que acompañaba a su papá al autódromo. Pronto, los mismos dueños de los autos los invitaban a ver las carreras y María José Rodríguez se convirtió en una aficionada del automovilismo. “Al principio no entendía nada, pero me gustaba muchísimo el entorno, el ruido de los motores, el olor a gasolina”, cuenta la piloto, que lleva las uñas pintadas en blanco y negro. Reparo en que son banderitas de Fórmula 1.

Rodríguez inició piloteando karts, cochecitos de carreras sin carrocería, caja de cambios ni suspensión, hasta que su padre le ofreció manejar una Caribe, su primer coche de carreras, en una pista sin semáforos, sin topes, sin hoyos, sin otros autos que le estorbaran. “Él subió de copiloto. Me costó trabajo arrancarlo, pero no se me apagó. Recuerdo cómo sentí la velocidad y la conexión con el coche”.

Cambió la dinámica de padre e hija cuando lo contrataron para llevar un equipo de carreras. La niña conocía a los pilotos, les hablaba, se fotografiaba con ellos. Por alguno de ellos supo de la convocatoria a una clínica que aceptaría a 25 niños entre 12 y 15 años. María José Rodríguez no tenía la edad mínima. Quedó seleccionada al año siguiente, entre 200 aspirantes. Obtuvo su licencia de la Federación Mexicana de Automovilismo, que la avaló como piloto profesional en la rama de los karts. “Nos enseñaban sobre relaciones públicas, condición física, simuladores y mecánica. Esa clínica me hizo una piloto íntegra”, sostiene.

En el campeonato nacional, había sólo dos mujeres. Ambas se ayudaron a superar los comentarios malintencionados de los varones, niños y adultos. “Soportamos muchos albures, muchas críticas”.

Después de la pandemia, quebró el taller que sostenía a su familia. Desde entonces, su padre se dedica a María José: “Me apoya al 100 porciento. Consigue patrocinadores, me lleva a las entrevistas, es mi mánager, mi coach, mi guardaespaldas”.

Alumna de la Universidad Anáhuac de Puebla, donde estudia Ingeniería Industrial para Dirección de Negocios, Rodríguez completó su formación como corredora profesional de karts y empezó a entrenarse para conducir coches de carreras. Manejó su primer auto tipo turismo cuando no llegó un piloto y el dueño del vehículo propuso que ella lo corriera, pero era menor de edad. (Normalmente, la licencia se otorga a partir 16 años; ella tenía 13). “Hablé con el presidente de la Federación Mexicana de Automovilismo, mis papás firmaron responsivas y yo sabía que corría un riesgo, porque si cometía una maniobra antideportiva me podían negar la licencia de por vida. Me concentré en la bandera negra, que significa que debes salir de la pista para no ponerte en riesgo ni a los demás pilotos”.

La bandera negra nunca apareció. Era una carrera de resistencia; la primera mitad la corrió el padre y la segunda, la hija. Ganaron el primer lugar, pero acabaron en segundo porque el coche no llevaba las llantas reglamentarias. “Fue mi primera carrera y más inolvidable. Todo fue inesperado”.

En 2016, Rodríguez empezó a correr en otros equipos, distintos a los que encabezaba su padre, por contrato. Llamaban la atención su talento y sus resultados, y en ese tiempo llegó la oferta para correr tracto camiones. ”Fue muy difícil porque los pilotos contra los que competí en esa categoría eran los pilotos a los que yo les pedía autógrafos y fotos. Fue un shock porque eran mi inspiración y después mis contrincantes. Me costó mucho trabajo ponérmeles al tú por tú”.

Ese mismo año, entró a Nascar. Sigue piloteando “turismos”, aunque con motores cada vez más potentes. En 2020 se convirtió en piloto internacional, después de competir en una carrera en Estados Unidos, y en 2021 fue invitada a correr la GTM, la categoría más grande que hay actualmente en México.

Al paso de los años, María José Rodríguez ha conseguido que la patrocinen marcas como Bardahl, Mobil, Grupo Zapata y algunas universidades, principalmente la Anáhuac

-¿Sufres menos el machismo?

-Es un tema complicado. He tenido dos retos difíciles en mi trayectoria. Primero, el tema económico, aunque gracias a mis resultados en pista ya que he manejado bien mis redes sociales, he sobresalido y me han apoyado. De hecho, podría competir en otras categorías, pero no he podido por falta de recursos, pero todo es a su tiempo y voy por buen camino. El segundo reto ha sido el machismo; éste es un deporte dominado por hombres. Al principio me veían como la niñita intentándolo con el apoyo de sus papás, pero cuando empecé a dar resultados, a hacerme agresiva y aguerrida, los mismos pilotos o sus equipos salían con que este deporte no es para mujeres o tuviste buenos resultados porque tu papá manipuló un botón. A pesar de los mil comentarios de este tipo, quiero continuar. He vivido momentos de frustración y he pensado desertar porque lo que escuchaba me hacía dudar: ¿será esto para mí? ¿Seré buena? ¿Podré tener tanto éxito como ellos? Tuve que apoyarme en una psicóloga deportiva para sobreponerme porque no es que haya terminado con el machismo. Sigo escuchando comentarios negativos, a veces de los medios de comunicación; muchos patrocinadores me han cerrado las puertas por el hecho de ser mujer e incluso he sufrido acciones que pusieron en riesgo mi vida. Igual sigo adelante. Hay que seguir nuestros sueños, sin importar el género, la edad, la cultura, los paradigmas. Detrás del casco, no existen géneros; ése es mi lema.

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