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Las onerosas fragilidades de Pemex

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Las onerosas fragilidades de Pemex

14/10/2020
Actualización 14/10/2020 - 12:16

Durante la década reciente, la situación financiera de Pemex ha mostrado un deterioro casi continuo, que se ha manifestado de forma sintética en dos indicadores.

En primer lugar, en términos reales, y excepto en dos ejercicios para los que publicó ganancias mínimas, desde 2010 esta empresa estatal ha registrado pérdidas anuales, siendo notablemente elevadas en la mitad de los casos.

Al respecto, es oportuno descartar la confusión común de identificar las ganancias y las pérdidas con las entradas y las salidas de recursos. La diferencia estriba en que, en cualquier empresa, los resultados contables incluyen partidas 'devengadas' no realizadas, las cuales no implican movimiento de efectivo.

Por ejemplo, aproximadamente 60 por ciento de las elevadas pérdidas de Pemex en 2019 se derivó de este tipo de ajustes, los cuales fueron mayormente negativos y se relacionaron con obligaciones futuras, entre las que destacó el pasivo laboral.

En consecuencia, el 40 por ciento restante correspondió a una salida neta de efectivo, siendo el factor más importante el pago de impuestos directos e indirectos.

Si bien una ganancia o pérdida contable no es lo mismo que una entrada o salida de efectivo, tales resultados inciden en un aumento o una disminución del valor de la compañía, que se refleja en su patrimonio.

Así, por mucho tiempo, Pemex ha presentado un patrimonio negativo, cada vez mayor en términos absolutos, como efecto de las pérdidas acumuladas. Por identidad contable, ello implica que los pasivos superan de manera progresiva a los activos, haciendo el valor de la empresa crecientemente negativo.

En segundo lugar, en la misma década, la compañía consistentemente mostró niveles anuales negativos de 'flujo de caja disponible', definido éste como el efectivo que podría extraerse de la empresa sin poner en peligro la operación, lo que supone cubrir las necesidades de inversión, servicio de la deuda e impuestos, entre otros.

Aunque Pemex mantiene cierta ventaja en los costos de extracción de hidrocarburos frente a muchas grandes petroleras, las ascendentes presiones financieras han tenido su origen en la tendencia declinante de los ingresos petroleros, la cual, a su vez, ha resultado de la combinación de dos factores.

Por una parte, los precios internacionales del petróleo han tendido a disminuir, manteniendo valores relativamente bajos desde mediados de 2014. Por otra, la producción de crudo de Pemex se ha reducido de forma continua, acumulando una contracción de aproximadamente un millón de barriles diarios en diez años. En ese lapso, el costo de extracción fue en ascenso, al irse agotando los campos más rentables.

Con el fin de revertir la persistente caída en la extracción de crudo y la baja tasa de reemplazo de las reservas petroleras, Pemex impulsó significativamente la inversión en exploración y producción, la cual, por desgracia, no generó los resultados deseados.

Además, en un ambiente de menores márgenes operativos, Pemex continuó enfrentando una pesada carga tributaria. A diferencia de otras grandes compañías petroleras, el pago de derechos se establece con base en el valor de la producción, y no sobre las utilidades.

Desde 2016, tal situación ha llevado al gobierno federal a otorgar apoyos esporádicos a la empresa, en la forma de inyecciones de capital y menores tasas impositivas, para aligerar en algo estos gravámenes.

Finalmente, para compensar la reducida generación de flujos de efectivo provenientes de la operación y las severas restricciones de liquidez, Pemex adoptó una estrategia de endeudamiento acelerado sin precedente.

Específicamente, la deuda financiera de la empresa pasó de 60 mil millones de dólares en 2012 a 106 mil millones en 2018, con montos significativos de vencimientos en los siguientes cinco años. Pemex se ha convertido en la empresa más endeudada del mundo y enfrenta un alto costo para servir sus pasivos.

Considerando las rigideces derivadas del elevado apalancamiento, la carga tributaria y la inversión necesaria para aumentar la producción y reponer los niveles de reservas, entre otros elementos, dos agencias calificadoras degradaron la calidad crediticia por abajo de 'grado de inversión', es decir, aquel evaluado como de bajo riesgo de impago.

Los requerimientos crecientes de Pemex y la asignación de recursos fiscales a proyectos de escasa rentabilidad, como la construcción de una refinería, pueden presionar sustancialmente las finanzas públicas. Esto, aunado a una expectativa de bajos ingresos gubernamentales ante una débil recuperación económica, aumenta la probabilidad de que la pérdida de grado de inversión se extienda a la deuda soberana.

El autor es exsubgobernador del Banco de México y escritor del libro Economía Mexicana para Desencantados (FCE 2006)

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.