La terquedad de la inflación subyacente
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La terquedad de la inflación subyacente

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La terquedad de la inflación subyacente

03/06/2020
Actualización 03/06/2020 - 11:31

De abril de 2018 a la primera quincena de mayo de 2020, la inflación anual, medida con el INPC, se redujo 1.7 puntos porcentuales, hasta ubicarse en 2.8 por ciento.

Este descenso ha reflejado, casi exclusivamente, la caída en la variación anual del subíndice de precios 'no subyacente', que contiene los productos agropecuarios, así como los energéticos y las tarifas autorizadas por el gobierno.

El propósito de calcular el subíndice no subyacente es separar aquellos genéricos cuyas cotizaciones poseen dos características: primera, son altamente volátiles y, segunda, tal vez más importante, su determinación está fuera de la influencia de la política monetaria, al provenir de los mercados internacionales o de una decisión gubernamental.

Aunque la ponderación del subíndice no subyacente dentro del INPC suma poco menos de 25 por ciento, su elevada volatilidad puede influir significativamente en la inflación general.

Así, durante el periodo de referencia, la inflación no subyacente disminuyó más de siete puntos porcentuales. Si bien el descenso incluyó fluctuaciones acentuadas, en meses recientes este indicador ha registrado mínimos históricos, con tasas cercanas a cero o, incluso, negativas.

El resto de los genéricos, cuya ponderación en el INPC asciende a poco más de 75 por ciento, define el subíndice de precios 'subyacente', que incluye mercancías y servicios.

En contraste con el desplome de la inflación no subyacente, la inflación subyacente se ha mantenido virtualmente estable, con un promedio de 3.7 por ciento y mínimas variaciones.

La rigidez de la inflación subyacente parece contradecir la relación inversa entre el crecimiento de los precios y la 'holgura' de la economía, conocida como Curva de Phillips, por el economista neozelandés que primero la calculó.

Con base en datos del Reino Unido para casi un siglo terminado en 1957, este economista encontró una asociación negativa entre la variación de los salarios nominales y el desempleo.

En un principio, la Curva de Phillips fue interpretada como evidencia de una disyuntiva ineludible: para reducir la inflación parecía que era necesario aceptar más desempleo, y viceversa.

La elevación de la inflación y las recesiones ocurridas en la década de los setenta del siglo pasado en las economías avanzadas rompieron esta aparente relación, poniendo en entredicho su validez.

Con el tiempo, la Curva de Phillips se ha reinterpretado como una correspondencia negativa de corto plazo, inestable en el largo plazo, cuyos niveles inflacionarios pueden variar, independientemente del desempleo, con cambios en las expectativas de inflación.

Las versiones modernas de esta curva suelen incorporar las expectativas de inflación y, en lugar del desempleo, la llamada 'brecha del Producto', la cual consiste en la diferencia porcentual del PIB observado respecto al 'potencial', definido éste como el máximo Producto alcanzable con estabilidad de precios.

Las últimas versiones han 'aumentado' la relación de la inflación añadiendo, como determinantes, la inflación pasada, la variación del tipo de cambio y la brecha del Producto global, entre otros.

El Banco de México estima que, con el estancamiento y posterior contracción del PIB en los trimestres recientes, la brecha del Producto en el país se ha hecho cada vez más negativa, hasta caer a niveles semejantes a los observados en la crisis de 2009.

Sin embargo, ni entonces ni ahora la notable brecha negativa del Producto parece haber influido de forma clara sobre la inflación y, en particular, sobre la subyacente. Ello es congruente con algunas estimaciones de la Curva de Phillips en las que el impacto de la brecha sobre la inflación en México no ha resultado estadísticamente significativo.

Dentro de las versiones aumentadas de la Curva de Phillips, posiblemente dos variables han ejercido un efecto claro en la inflación reciente.

Por una parte, la brecha negativa del Producto global, que refleja una caída de la demanda mundial por materias primas y, en especial, las energéticas, ha resultado en una abrupta reducción de la inflación no subyacente.

Por otra, las expectativas de inflación de largo plazo, según la encuesta de especialistas recabada mensualmente por Banxico, ancladas en alrededor de 3.5 por ciento, parecen apoyar la estabilidad de la inflación subyacente. Ello podría ser congruente con la cancelación de efectos opuestos provenientes del resto de las variables.

Esta última observación subraya, una vez más, el papel preponderante de la política monetaria en el control de la inflación, así como el beneficio potencial de lograr el anclaje de las expectativas en el objetivo permanente de tres por ciento.

El autor es exsubgobernador del Banco de México y escritor del libro Economía Mexicana para Desencantados (FCE 2006) .

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.