El fantasma del neoliberalismo
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El fantasma del neoliberalismo

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El fantasma del neoliberalismo

09/01/2019
Actualización 09/01/2019 - 14:40

En reiteradas ocasiones, el presidente Andrés Manuel López Obrador ha criticado las políticas “neoliberales” como las responsables del desempeño insatisfactorio de la economía mexicana durante los seis sexenios previos. De ahí que haya propugnado por un enfoque opuesto, con la promesa de obtener resultados superiores.

Sin desconocer que la reciente trayectoria económica de México ha distado mucho de ser estelar, la cimentación de bases para una mejoría requiere entender las fallas del pasado. En el diagnóstico de AMLO, ello implica necesariamente escudriñar qué es el neoliberalismo.

La respuesta simple a esa pregunta es que no existe un significado preciso de dicho concepto. Por lo general, se trata de una etiqueta, usada en muchas latitudes, para denostar una variedad vaga de posibles programas que supuestamente fomentan la operación libre de los mercados y niegan el papel del gobierno, con consecuencias adversas sobre la población.

Cabe señalar que la noción de neoliberalismo ha mutado con el tiempo. Su origen se remonta a los años treinta del siglo pasado, cuando se llevó a cabo una conferencia en París entre simpatizantes del “liberalismo”, es decir, de la corriente de pensamiento que postula la libertad económica como motor del desarrollo.

En las postrimerías de la Gran Depresión, los participantes de la reunión temían que la contracción del producto y el desempleo masivo de esa década demostraban el fracaso del liberalismo, por lo que era necesario “reconstruirlo”.

Para ello, la mayoría abogó por una mayor intervención gubernamental, con acciones que incluían la regulación del giro y el tamaño de las empresas, denominando la propuesta neoliberalismo.

Con independencia del desacierto en el dictamen de las causas de las dificultades de esos años, lo interesante del episodio es que, contrario a lo que podría imaginarse, en su origen el concepto no implicaba liberar más la economía, sino restringirla.

En décadas posteriores, tal noción incorporó teorías que promovían la regulación de los mercados mediante un Estado fuerte, lo cual también se denominó “economía social de mercado”. Sin embargo, en algunos casos se confundió con la refundación de las corrientes “liberales” en el sentido político, es decir, lo contrario a “conservador”, tilde usualmente atribuida a los que promueven la libertad económica.

El recuento anterior subraya la ambigüedad del concepto y, por lo tanto, su debilidad como instrumento de identificación de problemas. El peligro de tal indefinición es que la corrección de medidas anunciada no sólo no combata las deficiencias del pasado, sino que las exacerbe.

Sin duda, respecto a otras opciones, el sistema basado en la libre marcha de los mercados, ingrediente difusamente incorporado en el concepto de neoliberalismo, genera los mayores beneficios para la sociedad.

Su superioridad emana del carácter voluntario de las transacciones, en las que el consumidor tiene primacía y los productores compiten para ganar su beneplácito, so pena de no sobrevivir. El resultado es una asignación eficiente de recursos y una maximización del bienestar social.

Sin embargo, para que esa organización funcione cabalmente, el gobierno debe ejercer ciertas tareas irrenunciables, entre las que destaca el establecimiento y la defensa de reglas del juego que faciliten el aprovechamiento de las oportunidades económicas y proteja los derechos de propiedad.

Contrario a lo señalado por sus detractores, el movimiento mundial desde los años noventa del siglo pasado hacia políticas de liberalización económica, incluyendo la globalización, ha impulsado el ingreso medio por persona y reducido sustancialmente la pobreza.

Esto no significa que todas las medidas hayan sido intachables. De hecho, como en algunos otros países, en México, el sistema descrito se ha descompuesto cuando se ha sustituido la competencia de mercado con la competencia por favores gubernamentales, en la forma de permisos, contratos, aranceles, subsidios y hasta rescates, que obstaculizan la entrada de más concurrentes.

El resultado de esta captura del gobierno por intereses particulares, con frecuencia denominada “capitalismo de amigos”, no sólo ha limitado las posibilidades de crecimiento, sino que, además, ha desprestigiado el sistema.

En lugar de girar la política económica en contra de los mercados libres, apelando al fantasma del neoliberalismo, el nuevo gobierno debería fortalecer su operación, autoimponiéndose una disciplina que elimine los privilegios y trate a todos los participantes por igual. La insistencia de AMLO por combatir la corrupción es un buen comienzo.

Exsubgobernador del Banco de México y autor de Economía Mexicana para Desencantados (FCE 2006)

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.