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Optimismo sobre el futuro

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Optimismo sobre el futuro

18/11/2020
Actualización 18/11/2020 - 15:20

“La economía no es una ciencia feliz. Es una ciencia aterradora, desoladora, y en efecto abyecta y angustiante; la podríamos llamar la ciencia fatalista”. Thomas Carlyle

La prensa moderna se ha vuelto más fatalista que los economistas. Tiene que competir con medios de información como las redes sociales, que tienden a ver lo vacío del vaso. El público en general, y el periodismo, se convirtieron en los catastrofistas por quintaesencia, desplazando a los economistas. Quizá las malas noticias atraen más lectores, más 'favs', que las noticias buenas.

La tasa de cambio de los fenómenos sociales es lenta. Es decir, el progreso se mide a través de las décadas y los siglos, no de las semanas, meses o años. Hay signos que nos generan optimismo sobre nuestras posibilidades futuras; el ejemplo claro fueron los anuncios de las vacunas para el control del Covid-19 anunciadas por Pfizer y Moderna.

Esta columna hoy no representará a la ciencia fatalista, porque trae noticias buenas. La Ilustración, la Revolución Industrial, el avance médico, la economía de mercado y las instituciones pos-1945 trajeron progreso para la humanidad.

Evidencia: en 1820, 90 por ciento de la población global vivía en pobreza extrema. Hoy, el número ronda 10 por ciento ('Our World in Data', Ravallion, 2016 y Banco Mundial, 2019). Cierto, nuestra noción de lo que implica ser pobre ha cambiado, pero ha cambiado para arriba. México no tiene 53 millones de pobres (o 53 por ciento, todo el mundo cita un 53 abstracto). Cierto, hay carencias de educación, alimentación, vivienda, salud, pero no es el México de pobreza abyecta que vieron nuestros abuelos. Ni de cerca.

En 1800, el 85 por ciento de la población global mayor de 15 años era analfabeta. En 2016 el número es cercano al 17 por ciento ('Our World In Data', con datos de OCDE y UNESCO, 2016). El sueño de la Ilustración de erradicar la ignorancia como método de control político está muy cerca de cumplirse, 250 años después de que estas ideas nacieron.

En el México prehispánico, la probabilidad de sufrir una muerte violenta era de 5 por ciento. En la Francia posrevolución, 3 por ciento. En Europa Occidental en el siglo XVII, 2 por ciento; en Estados Unidos y Europa en la primera mitad del s. XX, 1 por ciento. En 2007, a nivel global, alrededor de 0.04 por ciento (Pinker, 2011). El Estado moderno redujo la violencia, aún en México.

Si juntamos seguridad, salud y educación, estos tres aspectos mejoraron. En 1960, la tasa cruda de muertes por cada 1000 habitantes era 18/1000 en 1960 y hoy es 8, a nivel global. En 1960 en México este indicador era 12; en 2004 se redujo a 5, y en 2016 llegó a 6, por nuestra crisis de seguridad. En general, la probabilidad cruda de morir en México en 2016 era ligeramente menor que la de morir en cualquier otro lugar del mundo.

La economía de mercado ha traído un bienestar para la mayoría de la población que en la Edad Media era solamente imaginable para la aristocracia. Este punto es el centro del libro Igualdad burguesa (2017) de la historiadora económica de la Universidad de Chicago, Deirdre McCloskey. Fueron las ideas, no el capital ni las instituciones, las que enriquecieron al mundo. Quizá a la economía de mercado debiéramos dejar de decirle capitalismo, sugiere McCloskey, palabra cargada negativamente. Evoca imágenes de gente pobre poniendo ladrillos en una pared sin fin bajo el látigo de un caballero de frac. El nombre adecuado para la economía de mercado es innovismo. La innovación científica, tecnológica, e incluso social, es la responsable de nuestro avance.

Olvidémonos de la narrativa derogatoria del pasado. No hagamos caso a los agravios históricos, reales o imaginarios. Dejemos de imaginar enemigos en la prensa, en la empresa privada, en nuestras burocracias que intentan cumplir con el cometido de salvarnos a todos del Covid, de ladrones y sicarios, o de la ignorancia, sin tener los medios para hacerlo. Olvidémonos de las disculpas que nos podrían deber las coronas de Castilla y Aragón. Olvidémonos de la discusión de si somos una colonia o no, y pensemos en la ciencia, la tecnología, mucho más que en los momentos vergonzosos de la historia. Cambiemos nuestras ideas, flexibilicemos nuestra mente para creer en cosas más productivas que en las que hemos creído históricamente: ciencia, tecnología y mercado encierran millones de oportunidades.

Pensemos más seguido en el futuro que en el pasado. Solamente imaginando un futuro mejor, podremos construirlo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.