La cosecha de tributos
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La cosecha de tributos

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La cosecha de tributos

24/06/2020
Actualización 24/06/2020 - 14:40

"Para llevar a un Estado desde la más baja barbarie al más alto grado de opulencia se necesitan paz, impuestos sencillos y una administración de justicia tolerable”. – Adam Smith, 1755 .

Antes del surgimiento del Estado, pero después del nacimiento del poder político, la gente seguramente se sentía confundida respecto a quién pagarle los impuestos. ¿Debo tributo a mi tlatoani? ¿A la Iglesia? ¿Se lo debo al rey que manda por encima de mis reyes? ¿No podría yo evitar ese pago, si el señor poderoso no me da nada a cambio? Ese dilema que parece antiguo está presente en el México moderno.

Los impuestos existen para financiar las necesidades del Estado, para financiar bienes públicos, no los caprichos de los gobernantes. Los bienes públicos son aquellos en los que no hay rivalidad en el consumo (si usted lo consume yo también puedo hacerlo), y no hay posibilidad de exclusión de algún beneficiario.

Mucha gente se pregunta si servicios como el transporte, la educación o la salud son bienes públicos. No podemos usar al mismo tiempo el mismo pupitre, o la misma cama de hospital. El tiempo de cada doctor y cada profesor es escaso. También es posible excluir a alguien: las reglas de uso son cartas de exclusión. Algunas personas se autoexcluyen porque no les gusta la calidad del bien que suministra el Estado, y prefieren proporcionárselo ellas mismas. Por eso hay transportes, seguros y escuelas privadas.

Los liberales clásicos pensaron en bienes públicos puros. La defensa nacional, razonaba David Ricardo, es un bien público: ningún inglés podía excluirse de la protección de la Armada británica. El Estado de derecho es otro: aunque la administración de justicia sí está sujeta a las restricciones de rivalidad y exclusión, vivir en un país donde las leyes en general se cumplen es un bien público que ayuda a construir país. Se nos olvida que las leyes, la administración de justicia y la seguridad son los bienes públicos más importantes, por lo que distraemos al gobierno en otras cosas. Lo predestinamos al fracaso.

En el reciente informe sobre la competitividad de los estados, el Imco hace un llamado a los estados de la Federación a recuperar sus facultades tributarias. Esto implica una labor diplomática y legislativa con el gobierno federal para replantear el arreglo recaudatorio instaurado en los años 80. Este acuerdo suponía que la renta petrolera, la administración de la abundancia, serviría para suplir las carencias de recaudación. La renta petrolera se acabó, y tenemos que replantear ese pacto.

Los estados tienen que repensar sus capacidades tributarias propias. Los impuestos sobre nómina no son útiles para desarrollar sus territorios, porque son un impuesto a la formalidad laboral. Los movimientos legislativos recientes en diversos estados para gravar las emisiones contaminantes a la atmósfera son muy esperanzadores. Estos podrían complementarse con un impuesto sobre tenencia que se diseñe con criterios de eficiencia energética, no de opulencia del vehículo.

Santiago Levy ha abogado durante muchos años porque la seguridad social no dependa del estatus laboral de las personas. En su visión, este servicio debe fondearse con un impuesto general al consumo o al valor agregado, para crear formalidad económica, mejorar la productividad de las empresas y lograr mayores y mejores inversiones públicas y privadas en educación y salud.

El abogado y pensador liberal Oscar Constantino Gutiérrez aboga porque los gobiernos locales reciban, como en España, de manera automática la recaudación de IVA que se logre en sus territorios, como un mecanismo para estimular la formalidad económica. Luis de la Calle, consejero del Imco, insiste en que los municipios cobren el predial, ya que este impuesto tiene una alta capacidad recaudadora, mejora la relación fiscal entre el gobierno federal y los locales, es un impuesto progresivo (grava más a los ricos) y favorece un cambio de incentivos hacia mejorar la calidad de los gobiernos locales.

A México le urge una reforma fiscal que fortalezca los poderes locales. Dicho esto, mucha gente siente que descentralizar los tributos estimulará la cleptocracia. Por eso, como dijo Adam Smith en un discurso en 1755, unos 21 años antes de la aparición de La Riqueza de las Naciones, los impuestos simples deben ir acompañados de paz y administración de justicia. En suma, una reforma fiscal requiere un nuevo pacto entre los mexicanos y quienes los gobiernan.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.