Costo de oportunidad

Gracias

El futuro para México es brillante, a pesar de las deficiencias, los gobiernos mejorables y las dificultades.

El 19 de noviembre de 1983 llegué a vivir a México, a la casa de mi padre, Gustavo, su esposa, Tere, y mis hermanos mexicanos, Luis, Andrés y Valentina. Para ellos es el primer ‘Gracias’ de hoy. Tenía una maleta, dos cajas de libros, una guitarra. Las razones por las cuales ya no podía vivir con mi madre en Bogotá son materia de otro escrito, más largo y privado. En ese año, todo eso era muy triste. Hoy, a la distancia de cuarenta años, ya no tanto. Antes de cumplir once años, llegué con una primaria colombiana de 5 años, sin hablar inglés y con gran optimismo sobre el futuro.

A mi papá le había tocado ya el control de cambios, la devaluación del final de López Portillo y la expropiación de los bancos. No se la pasaba bien en su trabajo, pero no podía perderlo, porque perdería su estatus migratorio, y se aguantaba. También recuerdo vagamente que antes de venir a México pasó por su cabeza irse a Estados Unidos, igual que su hermano Enrique. Quizá su inglés, que era bueno pero no era su fuerte, lo disuadió. Mi papá aprendió ese idioma en Chicago, haciendo un curso de vendedor de máquinas de coser, en 1976. No entendía nada en las clases, pero memorizó los manuales y logró ser el primero de la clase. Un hombre de un tesón y fuerza de voluntad extraordinarios.

Fui a la Escuela Alexander Bain, en Barranca de Pilares y las Flores, en Las Águilas, en el sur del DF. La sede de esa esquina ya no existe; la marca Alexander Bain, sí. Guardo cariño para Miss Crenier y Miss Elvia, la bibliotecaria. También ahí conocí a algunos de los mejores amigos de la vida: Aníbal, Chamuco, Boli, Mike, Brece, Gaspar, Zana, Marias, Rana, Morgan. Para ellos es el segundo ‘gracias’, así como para muchos profesores que tuve en el Bachillerato: Chucho Silva Herzog, Aurelio Borrego, Laura Villegas, Miss Peregrina: Gracias por su paciencia de santos.

Para el profesor Madrigal, en la Yamaha del Parque Hundido, y luego para el maestro Barrera, en la colonia Independencia, también tengo un tercer ‘gracias’. Los dos hombres con paciencia de santos trataron de enseñarme a tocar la guitarra clásica. Afortunadamente mi padre me disuadió de seguir una carrera musical; realmente no era talentoso. De ahí vino la capacidad de llevar serenata, y tener algunas novias, a quienes les doy mi tercer ‘gracias’. También Angélica, mi esposa, tuvo que tolerar mi música, y me ha aguantado 24 años (22 casados, y dos de novios). Me regaló a mis hijos Camila (QEPD), José María y Cecilia, y a mis perros Link y Fiona, y por todo ello, le dedico el cuarto ‘gracias’, el más grande.

Mi quinto ‘gracias’ es para el ITAM. Los cinco (casi seis) años más felices de mi vida, probablemente. En mi sexto ‘gracias’ está la gente de mi servicio social; Juan Carlos Belausteguigoitia y los colegas de la UCAES en Semarnap. Por supuesto, en el ITAM tengo que darle el 80 por cieno de mi séptimo ‘gracias’ a Bárbara Carrillo, Gonzalo Hernández Licona, Isaac Katz, Jaime del Río, Alberto Sauret y otros profesores que agarraron un chamaco díscolo y lo convirtieron en un economista y persona más o menos razonable. Mi octavo gracias para Sagarpa, y gente extraordinaria que conocí ahí en el sexenio del presidente Fox: Javier Usabiaga (QEPD), Roberto Newell, Juan Carlos Cortés, Tonatiuh Rovirosa, José Manuel Tapia (QEPD), Miguel Martínez Borja, Sandra Aguirre, Pancho López, Carlos Reygadas. Mi noveno ‘gracias’ es para el IMCO: otra vez para el Doc Newell, pero también para Juan Pardinas, Armando Chacón, Rodrigo Gallegos, Francisco Fernández, Juan Bargés (QEPD), Valentin Díez, Alexandra Zapata, Romina Girón, Luis de la Calle, Jaime Serra, Armando Paredes, Guadalupe Mendoza, Luis Mauricio Torres, Ivania Mazari, Max Kaiser, Laura Serrano, Ricardo Corona, Paco Mekler, Monserrat Ramiro, Stephanie Zonszein, Jana Palacios, y muchos otros que no menciono porque no caben. Cientos de personas que pasamos por esa gran institución que hoy dirige Valeria Moy.

Mis décimas ‘gracias’ son para México. Este país hizo de mí lo que soy. Me educó, alimentó, ayudó e impulsó hacia adelante. Desde 1987 estoy naturalizado aquí, y no me arrepiento, a pesar de los grandes retos que enfrenta nuestra nación. El futuro para México es brillante, a pesar de las deficiencias, los gobiernos mejorables y las dificultades.

19 de noviembre de 1983, por la noche. Me acuerdo del Viaducto y el Periférico llenos de banderas por el aniversario de la Revolución, y mi papá bromeando: “La ciudad organizó un desfile mañana para recibirte”. Así me siento desde hace cuarenta años. Gracias, mexicanos.

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