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Volver al futuro

20/02/2020
Actualización 20/02/2020 - 11:08

En esta semana hemos comentado con usted lo que es posible esperar, digamos que en condiciones razonables, en los próximos años. Recupero las ideas principales.

Primero, el crecimiento económico potencial se ha venido abajo. Lo más razonable es esperar crecimiento cero para 2020 y 2021, y después una recuperación lenta hacia 1.5 por ciento que puede ser el promedio del resto de la década. En este sexenio creceríamos 0.5 por ciento anual promedio; en el próximo, 1.5 por ciento.

Con ese crecimiento, las finanzas públicas realmente estarán bajo presión. No será posible mantener un superávit primario (gastos menos ingresos, sin contar costo financiero). Esto implica un riesgo elevado de perder el grado de inversión, lo que obligaría a muchos fondos de inversión a moverse (por cuestiones legales), y provocaría un ajuste cambiario que puede rondar 10 a 15 por ciento de la cotización actual. El riesgo existe desde hoy, pero puede tardar en hacerse vigente. Las fechas relevantes son abril y octubre, de este año y del que sigue. De ocurrir, tendríamos un año malo, seguido de uno bueno, pero al final regresaríamos a ese potencial de 1.5 por ciento en el mediano plazo.

El crecimiento cero, y la inefectividad de la política social del gobierno, se están convirtiendo en un pasivo político. Durante buena parte de 2019 esto no ocurrió porque los incrementos salariales seguían siendo relevantes, pero ya no lo fueron al arranque de 2020. El desencanto en materia económica se suma al enojo en materia de seguridad, y el Presidente ha perdido 15 puntos de popularidad en un año. A este ritmo, llegará a la elección intermedia por debajo de 50 por ciento. Puesto que esa popularidad no se distribuye de la misma forma en todo el país, esto significa que pueden perder, él y su partido, gran parte de las elecciones al norte del paralelo 20. Lo más importante, no podrá refrendar la mayoría calificada que hoy tiene en el Congreso.

Ahora bien, esto abre varios asuntos relevantes. Primero, ¿cómo procesamos el desencanto de millones de mexicanos, que creyeron en López Obrador y ahora estarán realmente enojados? Segundo ¿Cómo será la elección de 2021, si la posibilidad de perder la mayoría calificada tira todo el sueño de Andrés? Tercero ¿En qué dirección nos moveremos hacia 2024?

Vuelvo a insistir en que México es otro a partir del 1 de julio de 2018, y que no podemos esperar que elecciones democráticas normales nos resuelvan el problema. Eso no va a ocurrir. El grupo que está en el poder, empezando por el Presidente, es conocido por su desprecio de la ley. Hoy han subordinado incluso a la Suprema Corte. ¿Qué los detendrá?

Pero el desencanto mencionado puede ser realmente algo muy difícil de manejar. De por sí, parte del territorio hoy no es controlado por el Estado, sino por grupos criminales, armados. No se preocupe en exceso, pero es muy similar a lo ocurrido en los dos siglos previos, cuando el poder central se vino abajo no por tener enfrente una opción nacional clara, sino por no poder controlar las regiones. Por puro gusto, llamamos a esas épocas Independencia y Revolución.

Finalmente, conviene insistir en el carácter difuso de Morena. No es un partido político en forma, no tiene tradición, ni costumbres, ni disciplina. Ni siquiera ideología común. López Obrador no tiene ni instituciones democráticas, ni un partido sólido y hegemónico para procesar su sucesión. En 2024, aunque quiera, no podrá irse. Nadie de su grupo puede heredar su carisma, el control político, la legitimidad.

En estos días hemos tratado de describir las dinámicas que parecen ya muy claras. Nada es seguro cuando uno habla del futuro, pero en esos rumbos nos estaremos moviendo. No parecen muy atractivos, pero considere usted lo que ocurre en el resto de Occidente, y verá que no estamos tan lejos. Ni modo, estamos en un momento emocional, que sin duda llegará hasta 2030 y todavía unos años más.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.