Superar el dilema
menu-trigger
ESCRIBE LA BÚSQUEDA Y PRESIONA ENTER

Superar el dilema

COMPARTIR

···
menu-trigger

Superar el dilema

12/05/2020
Actualización 12/05/2020 - 12:03

La disputa por establecer la narrativa de 2020, comentamos ayer, será muy dura y a nivel global. Coincidentemente, el artículo de Gideon Rachman en el FT, ayer mismo, plantea las dificultades que enfrenta la democracia liberal en esta perspectiva. La contrapone con el populismo, al que ayer dedicamos unas líneas, pero no incluye los otros dos discursos, más lejanos para nosotros: el autoritarismo (Rusia, China) y las democracias conservadoras (Japón, Corea, Taiwan). Intentaremos hacerlo en próximas colaboraciones, pero ahora vale la pena comentar otro de los aspectos en discusión: si el daño del confinamiento es peor que el de la pandemia en sí misma.

Un problema grave de las políticas públicas es que si logran tener éxito, resuelven un problema que rápidamente se olvida. Si la política pública fue costosa, abundarán los críticos que afirmen que era innecesaria, porque el problema ya no está. Con el sesgo de retrospectiva, que produce gloriosos toreros a toro pasado, quedan reclamos y no reconocimientos. En el caso de un confinamiento como el actual, incluso la puesta en marcha es muy complicada, porque nadie quiere reducir sus libertades a cambio de una amenaza difusa. Por eso muchos gobiernos prefirieron esperar, para que la amenaza fuese más evidente, y se aceptaran las restricciones.

De hecho, los datos muestran que en buena parte de los países occidentales el distanciamiento inició por parte de la sociedad, al menos dos semanas antes de que los gobiernos decretaran el confinamiento obligado (en donde lo hicieron). Algunos investigadores (libertarios) han usado esta información para afirmar que el confinamiento no tiene impacto en el control de la pandemia, porque la disminución del contagio ocurre con el distanciamiento social previo. Se trata de un mal uso de los datos para defender ideas preconcebidas acerca del gobierno.

Para quien dude del terrible costo social de la pandemia, la evidencia es muy clara. Los países que tardaron en aplicar medidas han tenido mayores contagios, con mayor presión sobre su sistema de salud, y por lo mismo más muertes 'en exceso', que es la forma correcta de medir. No sólo quienes fallecen por Covid-19, sino aquellos que mueren de otras cosas, por no tener espacio en hospitales saturados por la pandemia. Incluso en donde se está intentando ahora relajar las restricciones, el contagio regresa rápido. En pocas palabras: no existe manera de evitar el distanciamiento. Cuanto haya medicina o vacuna, esto cambiará. O si, como hace cien años, el mismo virus se modifica.

Ahora bien, el costo del confinamiento es severo, pero mal distribuido, como comentamos aquí hace tiempo. Algunas personas no tienen mayor problema, porque siguen recibiendo su sueldo: maestros, funcionarios públicos y empleados de algunas empresas que todavía aguantan. Otros ya sufren mucho: empleados del sector turismo, de servicios con gran contacto personal y quienes participan en la economía informal, que representan más de la mitad de los mexicanos. En este grupo, de hecho, el confinamiento no ha sido respetado, por razones obvias: si no salen, no comen.

Por eso se requiere repartir mejor el costo: quienes pueden aguantar mejor deben apoyar a quienes no pueden hacerlo. He visto intentos de todo tipo, pero si en verdad queremos que funcionen, es un trabajo para el gobierno. Es una de las pocas cosas que los gobiernos deben hacer: coordinar esfuerzos de toda la sociedad, obteniendo recursos a menor costo, repartiendo de forma eficiente. Y eso están haciendo en todos los países, menos en éste. Otra vez, habrá quien se queje del tamaño de las deudas públicas y la invasión al mercado. Esa postura ideológica es tan perniciosa como la que, en condiciones normales, insiste en tener un Estado omnipresente. Se trata de resolver problemas, no de imponer dogmas.

Consulta más columnas en nuestra versión impresa, la cual puedes desplegar dando clic aquí

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.