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04/09/2019

Desde 1968, y claramente desde mediados de la década de los setenta, el consenso político se alejó de la idea de un gobierno extenso, participante en diversas actividades económicas, y la amplitud del Estado de Bienestar se empezó a reducir. Los excesos de las décadas previas, que elevaron notoriamente las tasas impositivas y pusieron en dificultades financieras a muchos gobiernos, se potenciaron con las crisis petroleras de esa década (Embargo de 1973, Revolución Iraní de 1979).

Aunque en medios y academia el papel del Estado y el Mercado se siguió discutiendo, en términos políticos, en los países desarrollados, el triunfo de la propuesta de un gobierno más reducido y más libertad en comercio no está en duda. La nueva orientación fue después calificada como “Consenso de Washington” o neoliberalismo, aunque este término suele usarse despectivamente. El conjunto de políticas públicas tuvo éxitos indudables, como la destrucción del muro de Berlín, la caída del polo soviético, y la transformación económica de China, y posteriormente de India, Vietnam, y todo el sureste asiático. En números, la pobreza extrema en el mundo se redujo en más de 30% de la población mundial (más de 2 mil millones de seres humanos), mientras la democracia se extendía al triple de naciones que habían vivido en ese tipo de sistema político antes de 1968.

Sin embargo, el mayor volumen de comercio mundial y el enriquecimiento paulatino de miles de millones de personas implicó una liberalización financiera que, como es frecuente, se tradujo en burbujas. La más peligrosa estalló en 2008 en Estados Unidos, y su onda de choque llegó a Europa en 2011. Para 2012, el consenso político se empieza a derrumbar. En 2016, triunfan el Brexit y Donald Trump.

El fin de un modelo de la realidad sobre el que habíamos construido durante 40 años ha provocado una sensación de desconcierto en todo Occidente. Aparecen decenas de explicaciones al respecto, desde las que culpan de todo a un supuesto incremento en desigualdad, hasta las que ven en los financieros el origen de los males. Los políticos inescrupulosos, capaces de asumirse como salvadores mesiánicos, ofrecen echar a los mercaderes del templo, siempre y cuando se les entregue dicho templo. Ya en él, quitarlos resulta muy complicado.

Lo que ocurre, en la hipótesis de esta columna, es que la falta de un modelo explicativo de la realidad se refleja en un brutal crecimiento de la incertidumbre que enfrentan las personas, que por lo mismo se llenan de miedo. Cuando los seres humanos tienen miedo, tienden a agruparse, y eso lo hacen excluyendo al otro. Por eso la migración se ha convertido en un problema mayor, a pesar de que sus números se han reducido. Porque al miedo le sigue la ira, dice Nussbaum.

En otras ocasiones en la historia en que un fenómeno similar ha ocurrido, a este tipo de crisis no le sigue un modelo nuevo de la realidad, sino intentos utópicos. Puesto que las personas quieren agruparse, los líderes ofrecen comunidades imposibles, pero atractivas: alrededor de la fe, de la naturaleza, de la nación. Hoy, alrededor de un pueblo imaginario, conformado por personas iguales a quien escucha. Imposible, pensará usted. Pues sí, imposible, pero creíble en este entorno de miedo y enojo.

Acostumbrados a imaginar que detrás de los fenómenos sociales debe estar la economía, los políticos tradicionales siguen construyendo ofertas que nadie escucha. Los inescrupulosos, no. Para ellos, el crecimiento no importa, sino la felicidad, el bienestar, la soberanía, la comunidad.

En esas otras ocasiones, un discurso razonable acaba imponiéndose, pero después de que el estallido de angustia ha agotado a la sociedad. Como decíamos, paciencia.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.