Sin límites
menu-trigger
ESCRIBE LA BÚSQUEDA Y PRESIONA ENTER

Sin límites

COMPARTIR

···
menu-trigger

Sin límites

05/05/2020
Actualización 05/05/2020 - 11:47

Los políticos, lo sabe usted, se dedican al poder. Todos lo buscan, algunos lo alcanzan y luego tratan de no perderlo. El poder, en realidad, es una estructura de la sociedad que tiene tres fuentes posibles: la fuerza, los recursos y la autoridad, que en los estados recientes llamamos legitimidad. Por ejemplo, en las democracias modernas, quien logra alcanzar la jefatura tiene bajo su mando la mayor fuerza (militar y policial), una proporción importante de los recursos (el presupuesto) y la legitimidad que dan los votos. Mantener el poder, en regímenes parlamentarios, puede tratarse de décadas (una para Margaret Thatcher, dos para Angela Merkel). En los presidenciales, la ocupación de la jefatura tiene un lapso finito.

Sin embargo, perseguir, alcanzar y mantener el poder es trabajo de equipo. En el último siglo, equipos que llamamos partidos políticos, que son el depositario de la permanencia en el poder. No se trata sólo de llegar a la jefatura, sino de heredarla dentro del mismo partido. Por eso, quienes juegan a la política tienen objetivos personales, de partido, y nacionales. Necesitan que el Estado siga existiendo, porque de otra forma el poder se extingue; necesitan del partido, para llegar a la cúspide y para ejercer el poder. En las democracias modernas, tanto liberales como conservadoras, los políticos están limitados: no deben debilitar ni la nación ni su partido. Fuera de eso, pueden maximizar su propio poder.

Pero esto no es igual en otros regímenes políticos. En un sistema autoritario como el chino, esos límites también existen, aunque funcionen de otra manera. En el que ha construido Putin en Rusia, no. En las llamadas 'democracias iliberales', o populismos, los límites de la nación y el partido son puestos a prueba por quien ocupa la jefatura quien, a sabiendas o no, intenta convertir la democracia de la que partió en un régimen como el de Putin.

Eso es lo que dificulta entender y controlar el ascenso del populismo de los últimos años. Quienes llegan a la jefatura no tienen las restricciones de la política democrática. No les importa destruir a su partido o, en el extremo, a la nación, con tal de mantener el poder. Tenemos ejemplos abundantes: España o Italia, que con gobiernos parlamentarios no se derrumban, pero se hacen cada día menos ágiles y solventes; Estados Unidos, en donde Trump ha destruido a su partido, y pone en riesgo a su nación continuamente; India, con Modi al borde de una guerra civil y religiosa.

Es el caso de López Obrador, como habrá imaginado. No tiene límites en su partido, que es casi inexistente, ni le preocupa en absoluto lo que ocurra con la nación. Por eso su insistencia en hablar de otro régimen, de una transformación. La nación que recibió no es la que le gusta, y está en proceso de convertirla en algo distinto. Por eso he dicho que es un problema de seguridad nacional, entendida ésta como la preservación de la integridad, estabilidad y permanencia del Estado mexicano, como dice aún la ley, aunque el Plan Nacional de Desarrollo afirme algo distinto: “La condición indispensable para garantizar la integridad y la soberanía nacionales, libres de amenazas al Estado, en busca de construir una paz duradera y fructífera.”

Ayer publicó El Financiero una encuesta en la que la popularidad de López Obrador repunta durante abril. Massive Caller concluye lo mismo. El seguimiento diario de Mitofsky en El Economista indica que, al menos, detuvo la caída de los meses previos. En ese mes, la economía se ha desplomado, porque nos refugiamos en nuestras casas. Mientras, el crimen no se ha reducido. Pero a base de mentiras, repetidas ahora más de cinco horas diarias, la popularidad repunta. Lo que importa es el poder personal, y nada más.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.