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Sigue la caída

25/06/2019
Actualización 25/06/2019 - 11:10

El manejo de la economía mexicana durante el sexenio de Peña Nieto dejó mucho que desear. Fuera de las reformas estructurales, que esta columna aplaudió y sigue aplaudiendo, las cosas no estuvieron bien durante casi toda la administración. El déficit en que debió incurrir el gobierno previo debido a la Gran Recesión, en lugar de eliminarse paulatinamente, se incrementó, con lo que tuvimos un crecimiento de deuda que, al final, no se reflejó en un mayor crecimiento. Al revés, se continuó subsidiando el consumo de gasolina, por ejemplo, con lo que la corrección obligada a inicios de 2017 terminó de sepultar cualquier aspiración del PRI.

Por esa razón la economía era tan vulnerable cuando Donald Trump, en su campaña, la tomó contra nosotros. El índice de riesgo de los bonos mexicanos, que rondaba 150 puntos base en los últimos años de Calderón, creció hasta llegar a 230 puntos durante esa campaña electoral estadounidense. Ya después se tranquilizó un poco (igual que lo hacía el precio del dólar). Vino entonces nuestra propia campaña, y nuevamente el índice fue al alza, para tranquilizarse después del 1 de julio. En los primeros nueve meses de 2018, el índice promedió 193 puntos base.

Vino entonces la decisión de cancelar el NAIM. El índice de riesgo de México pasó de 185 puntos (octubre, hasta el día 26), a 218 (desde el 29 de octubre hasta fin de noviembre), un ajuste de casi 18 por ciento, que también se percibió en el tipo de cambio y en la Bolsa de valores. Al día de hoy, la diferencia en estos valores, antes y después de ese día aciago, es de poco más de 10 por ciento. Dicho de otra forma, el país se percibe 10 por ciento más riesgoso, y al mismo tiempo se destruyó el 10 por ciento de la riqueza empresarial.

Es perceptible, a partir de entonces, un cambio de dirección en toda la economía. El IGAE, que crecía a un ritmo de 2.5 por ciento anual, ahora lo hace a 0.2 por ciento (tasa anual, desestacionalizada, promedio móvil tres meses), la más baja desde la Gran Recesión, hace 10 años.

El indicador coincidente de la economía, que se recuperaba lentamente, ahora cae consistentemente: en septiembre estaba en ceros, ahora se contrae 0.9% anual. Parece poco, pero significa que llevamos siete meses por debajo de cien puntos en ese indicador, que es una de las maneras de definir una recesión. El dato de abril estará disponible hoy mismo, y será el octavo mes. Sólo falta saber si ya llegamos al -1%.

La generación de empleos, lo comentamos la semana pasada, que estaba en ceros antes de la decisión de marras, ha caído en promedio -26 por ciento en términos anuales desde entonces. Mayo, último mes reportado, está en -45 por ciento.

A pesar de toda esta información, hay personas que se rehúsan a aceptar que la decisión de cancelar la construcción del NAIM sea la causa de la situación económica actual. Puesto que la economía es un asunto complejo, con múltiples factores entrelazados, determinar una causa específica les parece demasiado audaz, arriesgado, incluso temerario. Tienen razón, o mejor dicho, podrían tenerla en condiciones normales. Por ejemplo, no podemos menospreciar el anuncio, en esos mismos días, de la posibilidad de prohibir comisiones bancarias; o el desabasto de combustible en diciembre y enero; o el bloqueo de vías de tren; o la reversión de la reforma energética, sumada a la construcción poco recomendable de una refinería. O más claro: no es la decisión de cancelar el aeropuerto por sí sola, sino como la acción paradigmática de un gobierno autoritario e incompetente.

Quienes tienen que tomar decisiones diariamente no pueden esperar el tiempo suficiente para identificar fuera de toda sospecha el origen de un cambio de dirección. Todos ellos coinciden en el costo de la cancelación, y por eso todos van reduciendo sus expectativas acerca de México. También esta columna.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.