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04/04/2019
Actualización 04/04/2019 - 12:13

Pues la economía sigue muy atorada. Esta semana se publicaron las expectativas de empresarios, y salvo el caso de manufacturas, en todo lo demás la perspectiva es negativa. La Secretaría de Hacienda, que tenía que enviar la primera aproximación para el Presupuesto de 2020, ya modificó su estimación de crecimiento, y la ubica entre 1.1 y 2.1 por ciento para este año, y un poco más para 2020, pero no mucho. Finalmente, el martes Inegi presentó los indicadores cíclicos, coincidente y adelantado, ambos con tendencia negativa.

El indicador coincidente lleva ya algunos meses por debajo de la marca de 100 puntos, que es la referencia para indicar una mejoría en la situación económica general. Desde agosto está ahí, pero cada mes cae un poco más. En agosto perdió 0.06 por ciento, luego 0.09 por ciento, en octubre 0.12 por ciento, y los últimos tres meses, 0.15 por ciento cada uno. En la gráfica, es muy clara la tendencia de este indicador.

El adelantado también ha caído, pero menos, y además está todavía arribita del 100, confirmando que estamos mal, pero tenemos fe en que las cosas podrían mejorar. A diferencia del indicador coincidente, el adelantado mejoró en julio, y fue hasta octubre que empezó a flaquear. Este crecimiento fue resultado fundamentalmente del comportamiento del empleo en manufacturas (uno de los componentes del índice). Los componentes de origen financiero (Bolsa mexicana, SP500, tipo de cambio y tasa de interés) no han mejorado, sino empeorado. El último elemento del indicador, la confianza de los inversionistas, alcanzó su máximo en noviembre y diciembre, pero ha caído desde entonces. Los tres datos que hay ya de febrero apuntan a un dato menor para ese mes en el indicador adelantado, pero en realidad será el empleo manufacturero el que defina la situación.

Este sistema de indicadores cíclicos se calcula desde 1980. El indicador cíclico coincidente ha cruzado la barrera de 100 puntos, hacia abajo, en las siguientes fechas: octubre de 1982, abril de 1986, enero de 1995, septiembre de 2001 y noviembre de 2008. Son todas las grandes recesiones que hemos vivido: las tres del viejo régimen, y las dos que vinieron de Estados Unidos.

Durante el sexenio pasado, en tres ocasiones este indicador bajó momentáneamente de esos 100 puntos, pero en todos los casos lo hizo muy poco, y regresó: mayo de 2013, noviembre de 2015 y agosto de 2017. En el peor momento de esas tres caídas, el indicador alcanzó 99.7 unidades. Ahora está en 99.3, pero con una dinámica muy negativa, como veíamos al inicio.

Podría ocurrir que el indicador mejorara en las próximas mediciones. Como ocurre con varios indicadores de Inegi, que sufren ajustes para eliminar fenómenos de corto plazo, las cifras son preliminares, y hay que esperar un rato para confirmar. Sin embargo, nadie puede considerar que la economía está hoy mejor que hace unos meses. Tal vez no estemos en una crisis profunda, como las cinco que referíamos hace unos párrafos, pero de que hay dificultades, las hay.

Aunque hay elementos intrínsecos a la economía, así como impactos del exterior, no debería haber duda de que la dinámica actual se debe esencialmente a la incompetencia del nuevo gobierno. La destrucción de confianza (y dinero) producto de la cancelación del aeropuerto, las aventuras financieramente insostenibles de refinerías y trenes, el exterminio de capital humano en la administración pública, tienen costos.

Lo más grave es que esos costos serán mayores conforme pase el tiempo: en la competitividad del país, en la sanidad de las finanzas y en la eficiencia del gobierno. Precisamente por eso, no se me ocurre por qué cambiaría el comportamiento de la economía en los próximos meses. Claro, a menos que las decisiones referidas se revirtieran, pero no creo que eso ocurra.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.