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Repitiendo errores

14/05/2019

La idea de que las economías pueden crecer continuamente es muy reciente. Aunque nadie parece acordarse, prácticamente por toda la historia de la humanidad el crecimiento fue algo poco frecuente. En algunos momentos, asociado a Estados fuertes y eficientes, se podía explotar adecuadamente una cantidad grande de tierra, y con ello tener excedentes suficientes. Pero nadie esperaba que los hijos vivieran mejor que los padres, como estos no habían vivido mejor que los suyos, o sus abuelos.

El dominio de la técnica, el control de energías diferentes de la humana y la animal y, mucho más tarde, el conocimiento científico, permitieron tasas de crecimiento espectaculares (comparado con lo conocido) en algunas regiones de Europa hacia mediados del siglo XVII. Para el siglo XVIII esas nuevas formas se movieron a lo que hoy es Reino Unido, y desde mediados del siglo XIX el crecimiento estalló, extendiéndose a las naciones europeas establecidas fuera del continente: Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda.

No fue sino hasta el siglo XX que ese crecimiento ocupó toda Europa, y hasta después de la II Guerra que se intentó extenderlo a todas las nuevas naciones. Setenta años después, apenas tres han logrado un éxito notable: Japón, Corea y China.

El primer jalón de crecimiento, entre 1870 y 1913, fue aprovechado en América Latina por un puñado de países. Argentina y Uruguay prácticamente entraron al club de ricos, exportando grano y reses, pero al no desarrollar una industria propia, quedaron fuera después de la II Guerra. El único país latinoamericano que había iniciado el proceso de industrialización, México, se destruyó en una lucha interna. Esa tragedia nos dejó fuera en ese momento, pero además nos separó durante el resto del siglo XX, porque los ganadores de la guerra civil decidieron promover el nacionalismo revolucionario, un conjunto de ideas centradas en el aislamiento, el rechazo al extranjero y al empresario, y el capitalismo de compadrazgo.

Aunque se sigue celebrando el crecimiento económico de las décadas de los 50 y 60, en realidad se trató de un crecimiento agotador: se ocupó el territorio, se utilizó la mano de obra disponible, y se mejoró un poco el capital instalado proveniente del Porfiriato. Para mediados de los sesenta, ya no daba, y empezó el endeudamiento, que para 1982 colocó al país en una situación seria.

Este mismo fenómeno ocurrió en otros países latinoamericanos y africanos, que apostaron a la construcción de infraestructura como base del crecimiento, porque eso es lo que entonces se creía. Presas, autopistas, refinerías, siderúrgicas que jamás pagaron lo invertido en ellas. Esos proyectos se financiaron con deudas, que además crecieron para cubrir las necesidades de una población que, esa sí, crecía aceleradamente.

Fue entonces que los estudiosos empezaron a dudar de que el crecimiento dependiese directamente la inversión, y a considerar otros factores importantes para su aparición: sistema financiero desarrollado, educación de calidad, instituciones sólidas. Hace cuarenta años que aprendimos que los proyectos faraónicos son un problema serio, más cuando se les acompaña con subsidios directos a la población. Ambas cosas reducen la cantidad de dinero que puede recaudar el gobierno, al mismo tiempo que amplían sus obligaciones. Aunque por un tiempo puede parecer que las deudas no crecen, es sólo porque no queremos ver los flujos futuros que estas políticas comprometen.

No debe usted tener duda de que los errores cometidos hace décadas son exactamente los que estamos cometiendo hoy: construcción de proyectos de infraestructura que no pagarán jamás lo invertido en ellos, acompañados de reparto arbitrario de dinero. La suma de estos costos no podrá ser cubierta por una recaudación que irá declinando. Después dirán que hubo una sorpresa, y que “no nos volverán a saquear”. Ajá.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.