Que treinta años no es nada
ESCRIBE LA BÚSQUEDA Y PRESIONA ENTER

Que treinta años no es nada

COMPARTIR

···

Que treinta años no es nada

08/10/2019
Actualización 08/10/2019 - 15:00

Mañana, 9 de octubre, se cumplen 30 años de la caída del Muro de Berlín. En realidad, ese día no ocurrió la destrucción del muro, sino el primer cruce indiscriminado hacia Berlín Oeste, producto de un error de comunicación de un funcionario de Alemania Oriental, pero que traía detrás un verano de grandes movilizaciones y apertura en otros países de Europa del Este. Pocos días después, el eterno dirigente de ese país, Erich Honecker, renunció al poder, y poco a poco se vino abajo el imperio de la Unión Soviética, que dejó de existir en 1991, y el espectro que dejó en su lugar, en 1993.

El derrumbe del imperio soviético implicó la multiplicación de naciones democráticas en la región que antes había dominado, y como reflejo, un fenómeno similar en América Latina. Los países sudamericanos controlados por dictaduras fueron regresando a la democracia, y México la conoció por primera vez en su historia.

Aunque se trate de un fenómeno que duró varios años, el avance de las democracias liberales tiene como referencia la caída del Muro. En 1988 había 47 países medianamente democráticos (5 puntos en el índice Polity IV), en 1994 eran 78 y en 2006 llegaron a 95. El optimismo de la democracia hizo olvidar lo frágil que es ese sistema político, y la tendencia natural de los grupos humanos a formas autoritarias.

En ese mismo 1989, el 15 de septiembre, México anunció la renegociación de la deuda externa, mediante el Plan Brady, que fue la base de muchos arreglos financieros en esos años. Se trataba de reducir notoriamente los pagos anuales, trasladando a futuro los costos, dando con ello espacio para una recuperación real de las economías emproblemadas, la mayoría de América Latina. Fue un éxito que permitió que en los primeros años de este siglo hubiera crecimiento real en muchos de esos países. México fue el primero en terminar sus obligaciones bajo el Plan Brady, en 2003.

Hubo un optimismo asociado al avance económico, pero no tanto como el asociado a la democracia. En parte por las crisis de México en 94, Brasil en 98 y Argentina en 2001, y en parte por el ascenso del socialismo bolivariano del siglo XXI, que dilapidó fortunas petroleras en promover un sistema perjudicial, como es hoy evidente. Aún así, se promovió a Brasil como parte del BRIC, y Chile se convirtió en el gran éxito económico de América Latina.

Estos dos grandes avances, democracia liberal y modernización económica, sufren hoy un ataque de magnitud similar al ocurrido hace justo cien años. Después de la Gran Recesión de 2008, y su extensión a Europa en 2011, abundan los enemigos de la democracia y el mercado. Unos enarbolan soluciones antiquísimas, y proponen regresar a una religión universal (Islam). Otros se erigen en representantes de los menos favorecidos, y ofrecen las mismas soluciones que en los últimos dos siglos han causado miseria y autoritarismo (Sanders, Piketty, Morena, lo que usted guste). Y, como ha ocurrido tantas veces, los adalides de las tragedias milenaristas nos informan que la única manera de evitar el fin de la humanidad es arrepentirnos, reconocer nuestros pecados, y volver a la vida frugal que ellos promueven (sin duda Greta es la más famosa).

Nada nuevo, salvo que no lo habíamos visto en nuestro tiempo de vida. La alternativa de la vanguardia del proletariado creció y fue exitosa por un tiempo, antes de hundirse con el Muro; los religiosos fueron perdiendo presencia en Occidente; y los milenaristas, aunque tuvieron repercusión mediática, jamás convencieron a la población de que el fin estaba cerca y había que arrepentirse.

Hoy, las cosas son distintas. Nos hemos aislado, permitiendo a quienes no tienen escrúpulos alcanzar el poder, y desde dentro se derrumban la democracia y la libertad económica.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.