Que cien años no es nada
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Que cien años no es nada

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Que cien años no es nada

19/05/2020
Actualización 19/05/2020 - 12:33

Es muy curioso cómo estamos repitiendo lo vivido hace cien años. En aquel entonces, la Gran Guerra terminó el proceso de globalización y crecimiento económico que había durado casi 50 años. Como en todas las ocasiones previas, ese desarrollo era desigual, y especialmente dañino para algunas regiones del mundo, sobre todo África subsahariana, que era botín de los europeos. Pero la guerra no provino de allá, ni de Asia, también controlada pero de forma menos extractiva. Seguimos teniendo abundantes hipótesis de su origen, ninguna totalmente convincente, aunque a esta columna la que le parece más probable es el conflicto entre dos potencias, la vigente, Gran Bretaña, y la ascendente, Alemania.

La guerra terminó con la forma de vida previa, dejó a Gran Bretaña en quiebra, y destruyó los arreglos políticos de Europa Central, del Este, Rusia, Asia Central y Medio Oriente. Justo al final de la guerra apareció la influenza con una cepa particularmente agresiva, que puede haberse llevado al 5 por ciento de la población mundial (100 millones de muertos, en la estimación más elevada, pero probable).

Siguió a la guerra y la pandemia un periodo de 'desglobalización': se cerraron fronteras a migración y comercio, el sistema financiero global perdió el liderazgo de Gran Bretaña, que no fue reemplazado por Estados Unidos sino mucho después, y se sucedieron crisis inflacionarias y de desempleo por buena parte del mundo. Por lo espectacular, todo mundo recuerda octubre del 29, pero en realidad lo grave en términos económicos ocurrió antes de eso en Europa, y durante los años treinta en América. Por eso nuestro récord de contracción económica es de 1932.

Durante esos años, veinte, la política se fue deteriorando en todo el mundo. Los vendedores de ilusiones fueron capturando países enteros. Demagogos de izquierda y derecha cuyo único objetivo era el poder. Alcanzarlo y mantenerlo, como usted sabe, exige recursos, fuerza y cuentos, que son los más baratos: nacionalismo, comunismo, fascismo, son cuentos que venden, pero que después hay que respaldar con muchos recursos y mucha violencia, porque prometen paraísos inalcanzables.

Durante los últimos diez años de ese periodo, las tensiones fueron creciendo hasta no dejar sino la 'solución final'. A eso llamamos Segunda Guerra Mundial.

Bueno. Acá estamos, cien años después. No tuvimos Gran Guerra, pero sí Gran Recesión, hace diez años. A partir de ese golpe, los sistemas políticos de occidente se han venido abajo, abriendo el espacio a vendedores de ilusiones, que ofrecen lo mismo de hace cien años, o hace cinco mil: comunidades imaginarias alrededor de alguna idea aceptable para el gran público. Puede ser Make America great again o 'Primero los pobres', no tiene importancia. Lo relevante es el poder. Alcanzarlo es posible con estos cuentos, mantenerlo exige recursos y violencia.

Igual que hace cien años, abundan los corifeos, aquellos a quienes deslumbra el poder y les basta un guiño para sentirse parte de él. Ellos son los que hacen viable un cuento absurdo, encaramados en su ilusión de importancia propia. Festejan la capacidad del demagogo, su gran diagnóstico y habilidad para conectar con el pueblo, confrontan sus ocurrencias con la evidencia como si fuesen categorías comparables, normalizando a su eventual destructor. No podía saberse.

Más allá de lo que ocurra en México, que es cada vez más periférico, todo indica que a nivel global estamos en camino de repetir lo vivido hace cien años. Ya lo comentamos, la disputa por la narrativa alrededor de la pandemia no es sencilla. Trump escala el conflicto con China, para no aceptar su propia incompetencia, pero también para apostar su reelección a lo único que dispara el apoyo en Estados Unidos. No se quejen de la pandemia y la cuarentena. Sí podemos estar peor.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.