Punto de partida
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Punto de partida

08/11/2019
Actualización 08/11/2019 - 13:27

Con alguna frecuencia regresamos a un tema que no debería menospreciarse. La situación política de México es, desde el 1 de julio de 2018, muy diferente a lo que conocíamos antes. Tengo la impresión de que muchas personas no lo miden adecuadamente, y están esperando que en la elección de 2021 se pueda revertir, al menos en parte, lo ocurrido en 2018. No será tan sencillo.

Por la mayor parte del siglo XX, en México privó un sistema autoritario muy particular. Vivimos en un régimen corporativo con sustitución periódica del gran árbitro. El presidencialismo priista era, como decía Cosío Villegas: “una monarquía temporal, hereditaria, en línea transversal”. Las crisis de los años ochenta (económica en 1982, social en 1985, política en 1986) indicó el fin del régimen, frente a lo cual las fuerzas políticas de entonces se modificaron.

Antes de 1980, el PRI lo era prácticamente todo. A sus lados había un par de grupos testimoniales, casi religiosos. El PAN, más católico que político, y la izquierda, demasiado marxista. A fines de 1986, frente a un inminente control del PRI por parte de los tecnócratas (así se les llamaba entonces), la fracción más de izquierda decide abandonar el partido. La Corriente Democratizadora, encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo, promueve la candidatura del primero utilizando el membrete de un partido casi ficticio de la época. Pronto se le suma toda la izquierda, y para 1988 ponen en un serio predicamento a la monarquía, que a duras penas sobrevive.

En 1994 tenemos una nueva serie de crisis: social, con el EZLN; política, con los asesinatos; y económica, con el error de diciembre. En 1996, la monarquía acepta su derrota y la intermediación de un grupo ciudadano que será responsable de trasladar la soberanía a un nuevo grupo gobernante. En 1997, primera elección democrática en la historia de México, el PRI pierde la mayoría de la Cámara de Diputados y el control de la Ciudad de México. En 2000, la Presidencia.

Desde entonces, y hasta 2018, tuvimos un sistema de partidos resultante del ajuste de 1986: un PRI movido a la derecha; un PAN competitivo, gracias a los 'bárbaros del Norte'; y un PRD que logró un control geográfico importante en el sur (CDMX, Michoacán, Morelos, Guerrero). Hubo alternancia, equilibrio en el Congreso, negociaciones permanentes, acuerdos. De todo.

Pero el 1 de julio de 2018 ese sistema se desplomó frente al populismo. En parte debido a un entorno internacional muy especial, que lleva populistas al poder por todas partes; en parte como respuesta a un par de reclamos crecientes, no respondidos: seguridad y combate a la corrupción.

Los triunfadores de 2018 nunca han sido demócratas. Siempre han jugado en el margen de las reglas, y las han violentado con frecuencia. Ahora que están en el poder, no cambiarán. No van a competir en 2021 bajo reglas equitativas. Lo suyo es el regreso a la monarquía, pero no tienen la capacidad para ello.

Por eso van a reducir el monto destinado al financiamiento de partidos, intentarán reducir los tiempos de medios electrónicos, sustituirán cuatro consejeros del INE y, si pueden, al secretario ejecutivo. Tratarán de reducir los periodos de otros consejeros, incluido el presidente. Ya han debilitado al TEPJF y la Corte. Ya tienen control de la CNDH.

En otras palabras: la etapa democrática en México terminó en 2018. Ahora seguiremos votando, pero sin que las opciones compitan en igualdad de circunstancias, sin fuentes de información confiables, y con derechos de opinión y reunión reducidos.

Por eso 2021 no es una elección como las últimas ocho, sino algo más parecido a lo que vivimos antes de 1997. De ahí debe partir cualquier esfuerzo político.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.