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18/03/2020
Actualización 18/03/2020 - 10:43

La pandemia no es un juego, como usted ya sabe. Ha provocado el cierre de regiones o países enteros, provocando con ello el desplome de actividades económicas. En una semana, las reservaciones en restaurantes cayeron al 50 por ciento (OpenTable) y prácticamente al cien por ciento en Airbnb, de acuerdo con WSJ. Han cerrado museos, salas de concierto, teatros, y eso significa una contracción severa de la actividad, que se lleva consigo a millones de personas, cuyos ingresos se verán mermados, o de plano borrados.

Como ayer comentamos, si lo ocurrido en China se repite en otras partes, el tiempo mínimo de duración de este fenómeno es de ocho semanas, a partir de que el número de infectados supera cien. Esto supone todo abril y al menos la primera mitad de mayo para varios países europeos, Estados Unidos, y posiblemente México. Piense usted unos momentos en artistas, empleados de teatros y cines, cocineros y meseros. Y no olvide a los dueños de esos negocios, especialmente a los que son pequeños y medianos. Pocos tienen ahorros para sobrevivir más allá de un par de semanas.

A nivel agregado, hablamos de actividades de servicios que pueden reducirse hasta prácticamente cero, como es el caso del turismo o educación, o de manera importante, como en el comercio o servicios financieros. Si recordamos que el turismo puede representar entre 5 y 10 por ciento del PIB de un país, y los servicios en conjunto alcanzan entre 66 y 75 por ciento, ya podemos ir imaginando el tamaño del golpe.

Frente a esto, los mercados financieros iniciaron su desplome, y las reducciones de tasas de interés y ampliación de liquidez no tuvieron ningún efecto. Es lógico, porque no se trata de una crisis como la de 2009, que con eso podía resolverse. La de ahora es diferente, y aunque la liquidez es importante, no es suficiente.

Hay muchos expertos que han sugerido un impulso fiscal, que es una receta tradicional frente a una caída de demanda. Sin embargo, lo de ahora no es exactamente eso, sino un obstáculo al funcionamiento del mercado. Es decir, las personas sí quisieran ir al restaurante, y tienen dinero para hacerlo, pero no van porque temen contagiarse. Si de pronto tuvieran más dinero, tampoco van a ir.

Es por eso que el apoyo fiscal debe dirigirse de una manera muy especial, para la que no tenemos instrumentos adecuados. Por ejemplo, lo que hizo el presidente de Francia, Macron, al asumir los gastos de gas, agua, electricidad, es de gran importancia para quienes no van a tener ingresos en estos días, aunque haya muchos que no lo necesitaban porque no están en esa circunstancia. El ofrecimiento del gobierno de Estados Unidos, de enviar cheques directamente a las familias, también cubre a los más golpeados, pero lo hace de forma ineficiente. Es el costo que hay que pagar.

Sería muy importante que hubiese alguna manera de ayudar a los pequeños y medianos comercios y proveedores de servicios (electricistas, plomeros, etcétera) a sobrevivir estos dos meses, así como a todos sus empleados. Insisto, no tenemos instrumentos diseñados para eso, y cualquier mecanismo que se utilice va a entregar dinero a quien no lo requiere, pero no tenemos opciones.

En México, como en otros países, tenemos un sector informal muy grande, que será duramente golpeado. No sé si los padrones que hacen los gobiernos locales pudiesen servir para repartirles recursos, pero algo habrá que hacer. No se puede imaginar que 30 millones de personas, con sus familias, queden fuera durante ocho semanas, o más.

En pocas palabras, la crisis de hoy no es ni una crisis financiera tradicional, ni una contracción de demanda. No tenemos instrumentos para lo que enfrentamos, y habrá que ser creativo. Los experimentos de otros países nos pueden ayudar.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.