Pecado original
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Pecado original

21/01/2019

El viernes pasado, ocurrió una terrible tragedia en Hidalgo. Perforaron un ducto de gasolina, y centenares de habitantes de Tlahuelilpan acudieron a recolectar combustible. Por la razón que sea, hubo fuego, y ahora contamos decenas de muertos y de heridos, muchos muy graves.

El saqueo es una práctica muy desarrollada en México. En septiembre pasado, pobladores de Maltrata saqueaban un tráiler que había entrado en la rampa de emergencia al quedarse sin frenos, cuando uno más tuvo que ingresar a la misma rampa, matando a tres personas. Hace sólo unos días, poco más delante de ahí, rumbo a Veracruz, un transporte de ganado que tuvo que detenerse fue saqueado, y los animales sacrificados ahí mismo, a machetazos.

No es el único tipo de actividad ilícita que cobra víctimas. Con cierta frecuencia hay explosiones de fuegos artificiales, ya sea por elaboración fuera de la ley, o por incumplimiento de regulaciones, con muertos y heridos. Y aunque sé que incurriré en la ira de muchos, la tradición de normalistas rurales de secuestrar autobuses ha provocado muchos problemas, entre ellos la desaparición de decenas de jóvenes a manos de narcotraficantes.

Es terrible lo que le ocurre a todas estas personas. Nadie merece morir, ni siquiera por crímenes de verdad graves. Nadie merece ver desaparecer su futuro por un accidente como estos. Muchas leyes y normas existen precisamente para evitar que las personas puedan causarse daño, a ellos y a otros, al manipular sustancias peligrosas.

Pero en México las leyes son simples sugerencias, como lo hemos comentado en muchas ocasiones. Ése ha sido nuestro pecado original, del que derivan nuestras dificultades, a las que se les presta mucha atención momentánea, pero nunca se resuelven. Y no se podrán resolver jamás, a menos que acordemos contar con un conjunto de reglas, aplicables a todos.

Fuera de las enfermedades, las dos causas primordiales de muerte son la violencia y los accidentes de tráfico. Ambas, producto de leyes que no se aplican. La corrupción no es otra cosa que el instrumento para incumplir las leyes. La elevada desigualdad económica es producto de reglas diferentes para los amigos y los demás, es capitalismo de compadrazgo. El escaso crecimiento económico, resultado de los tres fenómenos anteriores. Para que las reglas se cumplan, es necesario castigar a quien las infringe. Se ha demostrado (ver Kahneman, Pensar rápido, pensar despacio) que el castigo a infractores incrementa la cooperación entre los demás. En México no sabemos castigar a quien no cumple las reglas. Si alguien se mete en la fila para entrar al cine, nada más nos enojamos, pero no le reclamamos. Si alguien da vuelta en lugar prohibido, tira basura desde su auto, maneja de forma riesgosa, no hacemos nada. Y cuando vemos a alguien secuestrar autobuses, matar ganado que no era suyo, saquear transportes o extraer gasolina de ductos, siempre encontramos alguna excusa para ese comportamiento, y declinamos castigar.

De hecho, es ya una norma de comportamiento entre grupos que se llaman de 'izquierda' exculpar cualquier crimen menor apelando a la desigualdad y la pobreza. Hay casos en los que seguramente así es, pero no son muchos. Por el contrario, lo que se logra al no castigar, es que ese tipo de comportamientos crezca (y, por lo tanto, el riesgo de tragedias), pero también que el ánimo de cooperar al interior de la población se desplome. ¿Para qué actuar conforme las reglas, si no se castiga su violación?

De verdad lamento mucho la tragedia, como lo hice con los normalistas asesinados, con todos los lastimados en cada explosión de pirotecnia, y con cada caso de violencia. Precisamente por ello, me parece indispensable que entendamos que este país no podrá mejorar hasta que no tengamos ese conjunto de reglas que se apliquen a todos, sin distingo. Estado de derecho, ya.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.