Oportunidades y mecanismos
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Oportunidades y mecanismos

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Oportunidades y mecanismos

18/10/2018
Actualización 18/10/2018 - 14:17

El gran mito del liberalismo es considerarnos iguales a todos. No lo somos, pero imaginarnos así nos permite construir sociedades mejores. No seremos jamás iguales, porque hay unos bonitos y otros feos, unos altos y otros bajos, unos gordos y otros flacos. Y también hay unos más inteligentes que otros, con mayor capacidad artística, con mayor concentración, más esfuerzo, más voluntad… Pero esto nos cuesta trabajo aceptarlo.

La esencia del mito fundacional, con el que yo coincido, es que debemos considerar iguales a todos, y esforzarnos por dotarlos de las mismas oportunidades. Lo que cada uno haga con ellas, sin embargo, es harina de otro costal. Igualar condiciones, para todos y en cada momento del tiempo, es imposible, pero además indeseable.

Las diferencias en oportunidades son hoy, sin embargo, la principal causa de las diferencias en resultados. El experto en desigualdad Branko Milanovic ha insistido desde hace tiempo en cómo el lugar de nacimiento de una persona explica más la desigualdad que la actividad a la que se dedica. En Europa, que es el continente con mayor ingreso y menor desigualdad, no es lo mismo nacer en alguno de los 15 países originales de la Unión Europea, que en los que se han unido recientemente. En Estados Unidos, nacer en el sureste o en el medio oeste no es igual a hacerlo en las costas. En México, no es igual al norte o al sur del paralelo 20.

No hay duda alguna de que nacer en una familia con alto ingreso otorga por definición más oportunidades, pero no es de eso de lo que hablamos, sino de contar con un piso razonable para todos. Precisamente por eso Europa es el continente más igualitario, han logrado emparejar bastante las condiciones al interior de los países, aunque entre ellos las diferencias sigan existiendo. Oportunidades significa no sólo acceso a escuelas, sino a una calidad de vida razonable. La capacidad estética se desarrolla viendo y escuchando, y hay gran cantidad de lugares en nuestras ciudades que podrían destruir cualquier capacidad innata en este sentido.

Por otra parte, el mecanismo que es la educación puede servir para desarrollar o para limitar. Desarrollar implica, obligadamente, ir separando a los niños y niñas en el transcurso. Porque habrá unos mejores para las matemáticas y ciencias, y otros para la lectura, unos más para el deporte y otros para las artes. Si queremos hacer iguales a todos, la única forma es tomando el mínimo común en cada una de las disciplinas: mediocres en todo, pues.

Lo que debe ser igual para todos (hasta donde sea posible), insisto, son las oportunidades desde el nacimiento. Pero no la educación. En la educación lo que hay que hacer es potenciar el 50 o 60 por ciento del desempeño que los genes proveen. A unos para unas cosas, y a otros para otras. No a todos de la misma manera, en todas las disciplinas.

Tengo la impresión de que nuestro sistema educativo, que fue construido para hacer iguales a todos, no ha podido salir de ahí. Indudablemente habrá maestros y maestras que potencian a sus alumnos, pero el sistema sigue en la lógica de su fundación. Precisamente por eso, aunque tenemos uno de los niveles más altos en el promedio en las pruebas PISA de Latinoamérica, al mismo tiempo tenemos la menor proporción de niños y jóvenes en nivel de excelencia.

La oportunidad de ir a la escuela, a una buena escuela, la deben tener todos. El desempeño de cada uno, sin embargo, tiene que ser diferente. Ahora que quieren replantear la reforma educativa, podría ser un buen punto a considerar.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.