Obsesión de poder
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Obsesión de poder

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Obsesión de poder

05/06/2019
Actualización 05/06/2019 - 13:05

Usted sabe, o debería saber, que al presidente López Obrador hay sólo una cosa que le interesa: el poder. No hay nada más que cruce su mente, y por eso ha ganado una fama de honradez que no tiene sustento. El dinero simplemente no le importa, algo muy diferente de ser honesto. Ha vivido siempre con dinero público, desde trabajos menores en Tabasco hasta candidaturas y liderazgo de partido durante los últimos treinta años, incluyendo dos puestos de alta responsabilidad, en la Ciudad de México y ahora en la nación entera.

Nunca se ha fijado cómo es que su familia y él gozan de autos, choferes, asistentes, y de cualquier otra cosa que necesiten. Va implícito en los puestos que ha ocupado. Su austeridad no es sino menosprecio por lo material, en comparación con la gloria del poder. Es de ahí de donde viene la tragedia que hoy vive la administración pública.

Por un lado, extiende ese menosprecio de lo material a todas las funciones del gobierno, provocando desabastos que no sólo son dañinos, sino incluso criminales, en el caso de la salud. Además, al limitar su óptica al poder, es incapaz de entender la ciencia y la técnica, a las que desprecia. Imagina que el poder político es en realidad capacidad omnímoda. Es cosa de querer un aeropuerto para que funcione, una refinería para que esté lista para operar, un tren, otro, lo que sea.

Todo aquél que se interpone en sus deseos es, entonces, indeseable, estorboso. Va destruyendo el enclenque marco institucional que habíamos construido en treinta años. Se deshace de quienes, al interior de su grupo, equipo o partido, osan dudar de su sabiduría. Y amenaza a los críticos externos, sin ninguna limitación.

Esto ha resultado una verdadera tragedia para los miles, millones, de investigadores, médicos, maestros, burócratas que le dieron su voto creyendo en esa honestidad inexistente. Les ha arruinado la vida a muchos de ellos, al paso que destruye instituciones de clase mundial, como los institutos de salud, el CIDE, y otros más. Insisto, no es honesto, es megalómano, y no es la primera vez que los votantes se confunden: hace noventa años ocurrió lo mismo en Europa.

Entre tantas cosas que el presidente no puede comprender, por su concentración en el poder, está el resto del mundo. Y es que López Obrador no tiene una vocación mundial, como la tuvo Echeverría, por ejemplo. No habla otro idioma, ha salido poco del país, y nunca ha estado enterado de lo que ocurre afuera.

En esta época, esto resulta muy preocupante. No deja salir a los investigadores a confrontar sus ideas con sus colegas en otras partes del mundo, pero al mismo tiempo envía una delegación de alto nivel a entrevistarse con el energúmeno naranja, sin sentido alguno.

Como sabe, Trump anunció que el 10 de junio impondrá un arancel general de 5 por ciento a los productos mexicanos. López Obrador le envió una carta deleznable, pero además a un grupo encabezado por el canciller, que llegó desde el sábado a Washington, donde nadie estaba esperándolo. Ayer dijo Ebrard que va a negociar a partir de hoy miércoles, pero no puedo entender a qué se refiere.

Un arancel general, usando como excusa emergencia nacional, por encima del NAFTA vigente, en contra de lo negociado en el TMEC, y por encima de las reglas de la OMC es algo innegociable. La respuesta del gobierno mexicano debió ser de rechazo absoluto. Lo que debía hacer la embajada mexicana allá es contratar bufetes de abogados para enfrentar en Cortes el abuso de poder de Trump, cabildear con legisladores, pero también con opinadores, para documentar la amenaza que ese personaje representa.

Pero la obsesión del poder no deja espacio para otro pensamiento.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.