Fuera de la Caja

Nuestro momento

Las redes sociales permiten, como ninguna tecnología de comunicación previa, la conformación de esa sociedad de individuos igualmente dignos.

Me disculpo por una serie larga y complicada, pero es lo mejor que pude escribir para explicar lo que me parece que ocurre hoy en el mundo occidental. Sería más fácil hablar de por qué Trump no debe ganar, o de la destrucción que causa López Obrador, pero eso no ayuda a entender, ni por lo tanto a actuar.

Desde que abandonamos la idea de Dios como eje de la legitimidad del gobierno, hemos tenido que construir alrededor de un concepto más elusivo, la 'razón', promoviendo ideas poco frecuentes en la historia humana: la concepción de uno mismo como individuo y no como parte de un clan; la legitimidad de la riqueza personal; el derecho a participar en el gobierno de la sociedad.

Una grave dificultad de este proceso es que no ofrece consuelo, ni propone un fin último. No hay paraísos, cielos o fases superiores. Hay lo que hay, y nada más. La inmensa mayoría de las personas no quiere aceptar esto. Quiere una vida en el más allá, o al menos un alma que pueda transmigrar. No hay tampoco una comunidad amplia, sino relaciones entre individuos. Muchos siguen creyendo que con todo esto se pierde la faceta 'espiritual' de los seres humanos, y promueven el regreso de las religiones, el espíritu de cuerpo, las comunidades ficticias de las que hemos hablado.

Pero fueron las ideas mencionadas: individualismo, libre mercado, democracia, lo que permitió romper la maldición de Malthus, es decir, los límites al crecimiento. Por eso la pervivencia del conflicto entre riqueza material y riqueza espiritual, que resurge violentamente cada vez que se nos derrumba la explicación del mundo.

Las tres etapas de construcción en estos 500 años han sido el protoliberalismo de Hobbes y Spinoza, el liberalismo clásico de J.S. Mill, y el neoliberalismo. En los tres casos, se amplió el conjunto de personas que cabían en las decisiones de gobierno, en el mercado, y que podían deshacerse del clan. Si se trata de vivir mejor, aquí y ahora, no hay nada mejor que eso. Si, en cambio, hay vida en el más allá, el asunto podría ser diferente.

En los tres casos, las ideas fueron desechadas de forma despectiva. Recuerde a Rousseau hablando de cómo la sociedad es lo que hace malas a las personas, o a Lenin argumentando que la Primera Guerra Mundial tuvo su origen en la disputa entre monopolios, o voltee a ver cualquiera de las críticas al neoliberalismo. De pronto se olvida el incremento paulatino de bienestar, porque se quiere todo de golpe, y además consuelo. Y es entonces cuando llegan los líderes agresivos e irresponsables.

Pasar a la etapa constructiva de este cuarto ciclo implica construir una narrativa compatible con las redes sociales, pero que incorpore las tres ideas mencionadas: individualismo, libre mercado y democracia. No sólo para hombres blancos, maduros y ricos, como en tiempos de Hobbes; o sólo para hombres como en el siglo XIX; o dejando de lado a grupos minoritarios como en el siglo XX. La idea básica que incorpora las tres que hemos comentado, y que permite la ampliación definitiva del grupo es: todos los seres humanos tenemos la misma dignidad. Todos.

No somos iguales, porque no podemos serlo. Pero debemos ser reconocidos como iguales, en nuestras decisiones personales, en nuestro acceso a la economía, y en nuestra participación en el gobierno de la sociedad. Las redes sociales permiten, como ninguna tecnología de comunicación previa, la conformación de esa sociedad de individuos igualmente dignos.

Pero primero hay que sortear esta etapa emocional, ahora sentimental. Es mejor que Trump pierda la elección, pero el triunfo de Biden, por sí solo, no nos avanza mucho en la dirección requerida. Y esto aplica para todo occidente.

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