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03/09/2019
Actualización 03/09/2019 - 13:37

Para Rodolfo Tuirán, con afecto .

Como ayer decíamos, ningún sistema funciona para personas que no están dispuestas a seguir las reglas y valores sobre los cuales se construyó éste. Normalmente, el sistema mismo elimina a ese tipo de personas, que se encuentran en la periferia. En el caso de la democracia, son candidatos en el borde del sistema (o incluso antisistema), que reciben la atención de un número pequeño de votantes, y por lo mismo no amenazan el funcionamiento normal.

Sin embargo, hay condiciones en las cuales quienes estaban en la periferia empiezan a recibir mucho más atención, y más votos. Se trata de momentos de quiebre, que rompen el modelo común de interpretación de la realidad. Revoluciones, guerras, grandes crisis económicas producen este fenómeno. En México, por ejemplo, la crisis de 1982 dio presencia a políticos que no tenían cabida en el modelo autoritario de entonces: panistas del norte del país que empezaron a ganar elecciones, y a poner en duda la vigencia del priato. La crisis de 1994, mejor conocida como Fobaproa, permitió a un líder antisistémico, López Obrador, alcanzar una presencia nacional inimaginable en condiciones normales. En Estados Unidos, la Gran Recesión, que no es otra cosa que su propio Fobaproa, elevó a Donald Trump, pero también a Bernie Sanders o Elizabeth Warren, a un nivel competitivo.

El problema de estos líderes es su condición antisistémica, que como ayer decíamos, obliga a neutralizar a uno de los dos elementos: al sistema o al líder. Si el sistema democrático no logra encapsular o neutralizar al líder antisistémico, entonces la democracia se autodestruye. Suena exagerado, absurdo, o lo que guste, pero así es. Si las instituciones no pueden limitar a quien busca destruir el sistema, éste logrará su cometido.

Es frecuente que quien inicia este proceso destructivo no tenga una idea clara de qué poner en lugar del sistema que elimina. Se imagina a sí mismo como centro único de poder (una de las características que Juan Linz asociaba al fascismo), e intenta movilizar a la población alrededor de una visión del mundo coincidente con ello (las otras dos características de Linz). Es por eso que el ascenso de estos líderes suele percibirse como fascismo, para quien no está emocionalmente involucrado. Pero el proceso de transformación no necesariamente culmina en esa imaginación original. Hace cien años, Mussolini y Hitler sí lo lograron. Poco después, Perón fracasó en su intento. Cárdenas, con un inicio similar, tuvo la genialidad de construir algo diferente, el priato, que no sólo lo sobrevivió a él, sino a cualquier otro experimento similar en el mundo.

Hoy, es muy difícil imaginar que Trump, o Boris Johnson, pudieran construir algo parecido, aunque el primero sin duda se imagina el centro del mundo, y ha sido capaz de mantener movilizada a parte no menor de la población estadounidense. Tal vez su falta de capacidad para construir una ideología, sumado al marco institucional de su país, impidan un resultado como el referido, pero de verdad que no es fácil imaginar el futuro de la democracia estadounidense. Lo de Boris es todavía más extraño, habida cuenta de su llegada al poder vía palaciega y no popular.

Si eso ocurre en las dos democracias más antiguas, las que soportaron el tránsito del siglo XX y las amenazas totalitarias, no se ve tan extraño que en otros países sea todavía más complicado neutralizar a un líder antisistémico. Venezuela no pudo hacerlo, por ejemplo. Argentina quedó atrapada en el remolino de la movilización ideológica con incapacidad técnica, y lleva así 70 años.

En pocas palabras, hay soluciones, pero son difíciles de aceptar, y aún más difíciles de procesar. Hay que tener paciencia.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.