Necesidad del gobierno
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Necesidad del gobierno

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Necesidad del gobierno

08/04/2019
Actualización 08/04/2019 - 13:12

Aunque parezca difícil de creer, nuestra especie, Homo sapiens, es la más cooperativa entre los primates. Durante decenas de miles de años fuimos seleccionando en contra de los más abusivos (evidentemente, no acabamos el trabajo) y eso nos permitió construir grupos más igualitarios que los otros primates: chimpancés, gorilas u orangutanes. Pero el grupo natural de humanos es muy pequeño. La estimación que me parece mejor, también conocida como número de Dunbar (por quien la propuso, Robin Dunbar) es que no podemos vivir en grupos mayores de 150 individuos.

Esta cifra se ha contrastado con las redes que formamos incluso en tiempos recientes, y es muy raro que alguien tenga contacto cercano con más de cien personas. La cifra más frecuente, que suele ser también el número de adultos en bandas de cazadores-recolectores con poco o nulo contacto con el resto del mundo, es de sesenta individuos.

Sin embargo, como es evidente, vivimos ahora en grupos de millones de personas. La razón es la construcción de herramientas culturales, que nos han permitido romper la barrera del límite natural de la comunidad, y por lo mismo nos han convertido en la especie más exitosa (en términos de biomasa) del planeta.

La primera construcción cultural relevante la debemos a los Natufianos, un pueblo que vivió cerca de lo que hoy es Israel. Inventaron la adoración a los antepasados, y con ello permitieron que el grupo superara el número de Dunbar. Sus establecimientos son los primeros que agrupan más de 200 personas, hace 15 mil años. Tres mil años después, aparece la agricultura. Otros dos mil años más tarde, las primeras ciudades (Jericó, Çatal Hüyük), y con ellas una nueva forma de organización que no hemos abandonado, sino tan sólo complicado.

Cuando empezamos a vivir en grupos mayores a lo que naturalmente podemos manejar, regresamos a estructuras jerárquicas muy parecidas a las que usan los chimpancés: macho alfa, machos beta, hembras, y después los niños, que no cuentan en dichas estructuras. Aunque por un tiempo se promovió la idea de Marija Gimbutas, de que las primeras sociedades habían sido matriarcales, no parece existir evidencia que la sustente. De manera general, hemos construido sociedades más de corte patriarcal, machista si quiere usted.

Es decir, que en los últimos 10 mil años hemos vivido de forma diferente a los 290 mil previos (ahora se estima que el Homo sapiens aparece hace 300 mil). Aunque los científicos sociales suelen no utilizar el concepto de Estado para todas esas estructuras, a mí me parece que es bastante útil. Desde hace 10 mil años, vivimos en Estados, que consisten en la combinación de un territorio, en el que vive una población sobre la que se ha impuesto una estructura de poder, que también de forma genérica llamamos gobierno.

Ese gobierno tiene poder sobre la población porque hace uso de dos fuentes básicas: la fuerza y la persuasión. Gobiernan quienes pueden ejercer violencia sobre otros, pero también cuentan con legitimidad, que hace 10 mil años derivaba del antepasado que se adoraba, poco después de la deidad del pueblo, y más tarde de algún gran dios. En los últimos 400 años, esa legitimidad deriva de un invento reciente: la nación. Una vez controlando esas dos fuentes de poder, el gobierno se hacía de la tercera: el poder económico. La administración de los recursos de la sociedad le daba más fortaleza al gobierno.

Esto significa que todas las sociedades modernas, simplemente por su tamaño, requieren de esta estructura de poder, que cuenta con legitimidad originada en las creencias aceptables, es dueña de la fuerza (legítima, diría Weber), y tiene un peso considerable en la administración de los recursos. Quién y para qué tiene el poder, lo platicamos mañana.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.