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04/03/2020
Actualización 04/03/2020 - 13:02

Dice el famoso refrán mexicano del clima que, “febrero loco y marzo otro poco”. En esta ocasión, lo que parece de locos es el tema económico. Ya platicábamos ayer de los primeros impactos del coronavirus en los mercados durante la última semana de febrero, y alertábamos acerca de que la reacción positiva del lunes podría no ser permanente. Bueno, pues ayer mismo todo se descompuso.

De manera sorpresiva, la Reserva Federal decidió reducir en medio punto la tasa de interés de referencia, dejándola en 1-1.25 por ciento. Los mercados bursátiles estadounidenses reaccionaron con una caída muy seria, que llegó a ser de más de 3 por ciento hacia media jornada, aunque al cierre lograron recuperarse muy ligeramente.

La Fed no había actuado de esa forma desde la Gran Recesión, en 2008, de forma que es posible que los mercados hayan interpretado que enfrentamos algo similar. Sin embargo, no es así. En aquella ocasión había una burbuja especulativa detrás de instituciones financieras que obligaba a un rescate, había que inyectar dinero en la economía para evitar una contracción aún más severa. Ahora, el problema todavía no está claro, pero todo indica que se trata de un desajuste en el sistema productivo global. China lleva un mes sin trabajar, y muchas cadenas de valor, incluyendo electrónicos y automotriz, dependen de piezas manufacturadas en aquel país. Sin ellas, no puede terminarse el producto. Bajar la tasa de interés de referencia no creo que tenga efecto alguno sobre esos procesos, pero sí sobre las expectativas de la economía.

Más claro, al problema productivo se le suma ahora incertidumbre financiera. No sólo sorprende la reacción de la Fed, sino que el margen que se deja para intentar cualquier impulso futuro de la economía se ha reducido significativamente. En otras palabras, han amplificado el miedo.

Ignoro si en las decisiones bursátiles influyó en algo el supermartes, en el que los demócratas deciden buena parte de la candidatura presidencial, especialmente considerando que una posible desaceleración económica reduce las posibilidades de reelección de Trump. Es decir, ayer martes las probabilidades de triunfo para los contendientes por la presidencia de Estados Unidos se reacomodaron, y eso pudo pesar también en los mercados.

Es poco lo que sabemos acerca del desajuste productivo, pero hay señales de que todo marzo y abril serán complicados, en el mejor de los casos. Como ayer comentamos, los datos oportunos de febrero no fueron buenos, de manera que hay que imaginar que al menos una cuarta parte de 2020 será muy mala, y eso se reflejará en el crecimiento de todos, México incluido.

No creo que se pueda aún incorporar el efecto del coronavirus en las estimaciones de crecimiento, salvo considerar que será inferior a las previsiones anteriores. En el caso de esta columna, eso significa una contracción para este año, que seguramente el gobierno achacará por completo a la enfermedad. Más allá de eso, lo relevante es que muchas empresas buscarán salir de China, pensando (erróneamente) que pueda repetirse este fenómeno, y estarán interesadas en invertir en otras partes. Aunque eso no tiene por qué representar crecimiento inmediato, sí abre posibilidades futuras, que México debería estar buscando activamente.

Regreso a un tema que hemos comentado en otras ocasiones: estamos en un momento de recomposición productiva, especialmente en automotriz, y eso implica oportunidades, pero también amenazas. Si invertir en México es más riesgoso o complicado, si el abasto de energía es menos seguro, o su costo es elevado, si no podemos garantizar dotación de mano de obra adecuada, en lugar de aprovechar el momento podemos quedar fuera por muchos años.

No es momento de merolicos de feria.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.