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Mal momento

24/02/2020
Actualización 24/02/2020 - 14:47

El proceso electoral en Estados Unidos va tomando fuerza. Se han realizado ya tres primarias en el Partido Demócrata, y estamos muy cerca del supermartes, que muy probablemente definirá la candidatura.

Como habíamos anticipado hace ya muchos meses, el entorno es uno de profunda emotividad, encono, enojo, que no permite el crecimiento de candidatos de centro. En el más reciente debate, destacó la participación de Elizabeth Warren, que a esta columna le pareció deplorable, precisamente por encarnar ese enojo imperante en el público. Su triunfo esa noche se convirtió en un impulso adicional a Bernie Sanders, y dejó prácticamente fuera a los otros cuatro participantes. Es cierto que Bloomberg no requería mucha ayuda para perder, Biden simplemente no tiene energía suficiente, y el conflicto personal entre Buttiglieg y Klobuchar los puso al margen, pero estas deficiencias fueron mucho más evidentes desde la referencia que impuso Warren.

Salvo que ocurra algo extraordinario, la elección del próximo noviembre será entre Trump y Sanders, como tal vez debió ser en 2016. En aquella ocasión, Sanders obtuvo gran cantidad de delegados normales, pero tenía perdido el proceso por la existencia de superdelegados, el establishment del partido, que prefería a Clinton. Muchos jóvenes promotores de Sanders decidieron no votar en la elección presidencial, y con ello permitieron el triunfo de Trump.

En 2020, es muy probable que su candidato enfrente al presidente en funciones, que suele no perder la elección, salvo en condiciones muy particulares: crisis económica, franca debilidad, y no hay más. No parece que Trump llegue en esas condiciones, de forma que es favorito en este momento.

No creo que se requiera detallar los defectos de Trump, una muy mala persona: narcisista, racista, abusivo, corrupto. Prácticamente cualquiera es preferible a él, si lo que se busca es un amigo, compañero para cenar, o socio. Sin embargo, lo que se elige es el presidente de Estados Unidos, y en esa lid, Sanders no resulta atractivo para todos. No solamente tiene problemas de salud que no son menores, sino que arrastra un pasado muy negativo para el votante promedio de ese país. En la época de las redes, los discursos procomunistas de Sanders, así sean de otros tiempos, le serán costosos.

Al respecto, es ilustrativo el comparativo de los temas más importantes entre votantes de los dos partidos (siguiendo una encuesta de Gallup, levantada en diciembre). Los demócratas consideran a la salud, las armas, el cambio climático y la educación como los asuntos merecedores de atención. Los republicanos: el terrorismo, la migración, la economía y el aborto. Son dos grupos que están ubicados en extremos, y difícilmente podrían encontrar puntos de contacto.

Como hemos comentado en diversas ocasiones, nos encontramos en un momento de irracionalidad, en el que las personas están llenas de miedo y buscan agruparse, en un intento de defensa. La agrupación ocurre alrededor de ideas muy básicas, aunque hoy parezcan sofisticadas: el miedo a la naturaleza (cambio climático, salud) y el miedo a los otros (terrorismo, inmigración). No se busca solución, sino enfrentamiento, y la sociedad se polariza. En ese contexto, los líderes con posibilidad de éxito no son los razonables y racionales, sino los demagogos, de uno u otro lado.

Pero esto retroalimenta la dinámica. Desde el poder, el demagogo potencia los miedos, de los suyos y de los contrarios, ampliando la diferencia entre los grupos, y haciendo cada vez más difícil la construcción de acuerdos y, en el fondo, la paz.

A nivel global, es muy desafortunada la aparición del coronavirus justamente en este entorno polarizado. Muy pronto veremos lo peor de los seres humanos. Otra vez, como hace un siglo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.