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06/05/2019
Actualización 06/05/2019 - 13:49

El día de ayer, domingo, en su colaboración semanal en El Universal, Jean Meyer escribió acerca del proceso de involución política que vive Europa del Este. Tomó como excusa la elección en España, donde los partidos alrededor del centro político cambian de peso, pero se mantienen estables, para referirse a lo que ocurre en Polonia, tomando como base al número de marzo de L’Esprit.

Meyer sintetiza la situación política de Polonia como el ascenso al poder de Yaroslav Kaczynski, detrás de bambalinas, con base en tres ejes: justicia social, lucha contra la corrupción, y reformas al esquema jurídico y político, incluyendo la limpia de la administración pública. La polarización que este personaje ha producido, a los ojos de Meyer, implica cruzar una “línea roja” (así titula su texto).

Sin duda, España es un ejemplo extraño. En ese país han logrado sortear el proceso de involución que ha atacado a prácticamente todo occidente. Tal vez porque empezaron primero, antes del Brexit y Trump, ya no creen cuentos. El ascenso de la izquierda populista, Podemos, parecía inexorable al inicio de la década, pero hoy a duras penas sobreviven. El ascenso de la derecha extrema, Vox, fue mucho menor al que vaticinaban muchos. A ojos de esta columna, esos dos partidos tienen los mismos problemas, y representan el mismo tipo de amenaza. Se entiende que quienes viven cegados ideológicamente prefieran uno al otro, o viceversa, pero ambos significan esa involución política que Meyer describe muy bien en Polonia, y que antes ha invadido Turquía, Hungría, Italia, amenaza Austria, Francia, e incluso está presente en Alemania. Y no olvidemos al mundo anglosajón, donde Trump y el Brexit siguen siendo las amenazas más importantes para el futuro de occidente.

Regresando a la línea roja de Meyer, no debe haber duda de que en México la cruzamos hace un año, cuando los votantes se convencieron de que la única opción era López Obrador, gracias a la maniobra de Peña Nieto: inventar un delito al candidato del PAN, y lanzarle todo el peso del Estado. Para marzo de 2018 era claro que el PRI no podría ganar jamás, y debe haber sido entonces que se selló el arreglo para facilitar el triunfo de López, y a cambio dotar de impunidad a Peña y secuaces.

La idea de línea roja no es errada. Una vez cruzando ese límite, el regreso cuesta décadas, si no generaciones. Cosa de ver a Cuba, Nicaragua o Venezuela, para evaluar el tiempo que les costará regresar a niveles razonables de vida. En Europa del Este, si usted gusta revisar la historia de los años veinte del siglo pasado, verá que todos ellos debieron esperar 70 años para intentar la recuperación, y algunos apenas empezaban a avanzar cuando regresó el populismo a destruirlos.

Déjeme poner lo que Jean Meyer no incluyó, México. Más allá de la desaceleración económica, o recesión, de hoy, el mayor daño que el nuevo gobierno produce es hacia adelante. Para recuperar la confianza de los mercados, este país debió invertir 25 años: seriedad en las finanzas públicas, independencia del Banco central, construcción paulatina de instituciones, desarrollo de capital humano de alto nivel en la administración pública, programas sociales transparentes y medibles. Todo, absolutamente todo, ha sido destruido ya. Como Luis Rubio explicaba, también ayer, la caída definitiva sólo espera una señal de las calificadoras.

Las utopías justicieras sólo han servido, en toda la historia humana, para facilitar a ciertos personajes inescrupulosos la llegada al poder. Ahí sacian sus ansias y se enriquecen. Destruyen no sólo la capacidad productiva de los países, sino la misma concordia, indispensable para la supervivencia de la sociedad. Por donde pasan, como decían de Atila, no vuelve a crecer el pasto.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.