Las consecuencias
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Las consecuencias

11/03/2020

Decíamos el viernes que este gobierno ha terminado. Comentamos las causas del fin el lunes, y ayer abordamos el momento en que nos encontramos. Faltan las consecuencias, que hoy trataremos de imaginar.

En primer lugar, esta columna había sugerido desde hace tiempo la urgencia de una reforma fiscal que permitiera al gobierno un mayor margen de maniobra. No está de más recordar que somos una de las economías en las que el gobierno recauda menos, y por eso no se tiene capacidad de dar buenos servicios (educación, salud, seguridad) ni impulsar la economía (infraestructura). El Presidente insistió este fin de semana que no habrá reforma fiscal.

El segundo elemento indispensable para evitar mayores tragedias económicas sería la recuperación de la reforma energética. El lunes circuló una nota de Reuters acerca de una reunión que habría ocurrido el viernes pasado en la embajada de Estados Unidos, a la que habrían asistido embajadores de varios países que tienen inversiones en México en ese sector, y que han enfrentado cambios de reglas, incumplimiento de contratos e intentos de expropiación (eso es lo que pasa en Zama).

En este tema, como usted sabe, desde noviembre se pospuso el anuncio de inversiones, porque el gobierno no quiere aplicar lo que está en la ley. La reforma energética sigue sin modificarse, pero no se puede utilizar. Dijeron que se pondrían de acuerdo en enero, luego en febrero y ahora parece que quieren anunciar el 18 de marzo, esa mítica y desgraciada fecha nacional.

Sin reforma fiscal, y sin aplicación de la reforma energética, no hay manera de que la economía pueda funcionar en los próximos meses. Eso era cierto antes del coronavirus y la guerra comercial petrolera, y lo es más desde entonces. La incapacidad de entender esto por parte del gobierno, que hoy es de sólo una persona, es lo que debe ayudarnos a imaginar el futuro.

Conforme la crisis en salud y el hundimiento económico se sumen a los reclamos por la seguridad, el Presidente montará en cólera. Su incapacidad de manejar sus emociones ya es conocida. Como es frecuente en este tipo de líderes, reducirá su círculo cercano a los más leales y radicalizará sus posiciones. De seguir ese camino, su coalición se vendrá abajo. Muy pocos estarán dispuestos a seguirlo al precipicio, porque no es otro lugar al que se encaminaría. Buena parte de nuestra economía está constreñida por decisiones de calificadoras, el T-MEC, acuerdos internacionales y por los mercados. Por más ganas que tenga alguien de vivir en los años setenta, esa realidad ya no existe.

Muchos elementos ya han percibido desde hace meses el fracaso, y han procedido a ordeñar sus espacios hasta donde les sea posible. Porque la corrupción no es privativa de un partido o grupo, es resultado de errores institucionales que no hemos corregido. Algunos casos han salido ya en medios, otros tal vez aparezcan pronto. Los más, como siempre, se quedarán en rumores. Pero la disociación entre el discurso presidencial y la operación de gobierno será cada día más notoria, incrementando la paranoia y el enojo.

En otras ocasiones, el Presidente perdió la capacidad de gobernar tres o cuatro años antes de terminar su sexenio, pero había inercia, márgenes y un mundo menos complicado. Además, se trataba de presidentes con cierto control de sí mismos, aunque tanto a Fox como a Peña los insultaran con frecuencia. Nada comparado a lo actual.

Tal vez usted pueda imaginar otros escenarios, pero, con la información disponible, esta columna no puede sino percibir días complicados. Habrá que estar atentos a las oportunidades que puedan abrirse.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.