Las causas del fin
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Las causas del fin

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Las causas del fin

09/03/2020

El viernes comentamos aquí que el sexenio habría terminado prematuramente. Para ahorrarnos discusiones inútiles acerca de complots o conspiraciones, tuvimos que dedicar un amplio espacio a comparar con otros sexenios recientes en los que ocurrió lo mismo, y a poner en contexto el actual, de forma que no pudimos explicar por qué esta columna llegó a esa conclusión ni cuáles son las consecuencias. Ahora atendemos lo primero.

López Obrador ganó, con toda claridad, una elección centrada en dos temas: inseguridad y corrupción. Los mexicanos estaban hartos de la corrupción del sexenio de Peña Nieto, pero también de la violencia que abarcaba al sexenio previo a ése. Decidieron que López Obrador era quien mejor podría enfrentar ambos problemas. A veinte meses de la elección, dieciocho de tomar el poder (septiembre 2018), no sólo no hay resultados, sino que ambos han crecido.

La corrupción es algo muy difícil de medir, especialmente cuando no hay transparencia, y la insistencia en la austeridad personal del Presidente no es un sustituto eterno. La austeridad misma del gobierno es una farsa muy costosa, que ha implicado una sangría de capital humano que puede tomar más de dos décadas en corregir.

Se afirmó que habría 500 mil millones de pesos recuperados cuando llegara la honestidad, pero hoy el gobierno tiene menos dinero disponible del que tuvo antes cuando, nos dicen, era corrupto. Se provocó desabasto de combustible con la excusa de enfrentar el “huachicol”, pero no hay resultados tangibles de ese enfrentamiento, más allá de la muerte de más de cien personas en Hidalgo. Se destruyó el sistema de salud con el mismo argumento, y hoy lo que tenemos es desabasto de medicinas y material curativo, serias presiones sobre doctores y enfermeros, y la desaparición del Seguro Popular, que ha puesto en serias dificultades a millones de mexicanos.

Pero si el tema de corrupción es difuso, el de inseguridad no lo es. Aunque la tasa de crecimiento de los homicidios se redujo desde 2018, no ha cambiado la dirección. Más grave, la crueldad ha crecido. López Obrador no ha ofrecido soluciones, y ni siquiera se ha esforzado por atender los crímenes. Esto fue evidente en la tragedia de la familia LeBarón, a fines de octubre, y alcanzó niveles patológicos hace unas semanas, frente a dos feminicidios particularmente repugnantes, el de Ingrid y el de Fátima, nombres que el Presidente no ha podido mencionar. La reacción de las mujeres ha sido espectacular.

Es la falta de empatía con las víctimas, contrastante con su preocupación por los criminales, lo que ha convencido a millones de mexicanos de que López Obrador no tiene interés alguno en resolver el problema de la inseguridad. Esto, más la evidencia creciente de que la corrupción bajo su gobierno es igual o peor que en los anteriores, le está quitando su base de apoyo.

El Presidente no está cumpliendo lo que sus votantes querían: resolver dos problemas muy concretos, inseguridad y corrupción. Sin embargo, ha creado problemas que no existían. Ya mencionamos el caso de la salud, y hay que agregar el de la economía. Si bien éste no fue evidente para las personas de menores ingresos, que tuvieron un incremento real durante 2019, es importante notar que no fue un año excepcional. Entre 2005 y 2007, en 2011, y más recientemente en 2015 hubo incrementos mayores que el percibido en 2019. Es decir que tampoco hay un avance extraordinario en las percepciones de los más pobres, como algunos han llegado a creer.

Para desgracia del Presidente, el daño que ha causado en salud y economía coincide ahora con un evento imprevisto, la pandemia del coronavirus. En cualquier caso, este golpe hubiese sido difícil. En las condiciones actuales, será contundente. Lo platicamos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.