Largo proceso, etapas sucesivas
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Largo proceso, etapas sucesivas

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Largo proceso, etapas sucesivas

23/08/2019
Actualización 23/08/2019 - 13:38

La semana pasada, Ruchir Sharma, jefe de estrategia global en Morgan Stanley, publicó un artículo en The New York Times en el que sugiere que el mundo vive un momento diferente. En su opinión, a partir de la Gran Recesión de 2009, hay cuatro retos que enfrenta la economía mundial (que escribe para que todos inicien con “D”): Desglobalización del comercio, Despoblación, Disminución de productividad, y Deuda pesada. Disculpe las palabras inventadas.

Sharma fue el creador del acrónimo BRIC, más frecuentemente asociado a Jim O’Neill. La idea de inicios de siglo era que Brasil, Rusia, India y China serían las naciones exitosas. Luego alguien sumó Sudáfrica, y después ya le fueron quitando letras. Hoy, China e India siguen teniendo crecimientos importantes, mientras los demás han regresado a lo de siempre. Ignoro si su nueva idea existe en versión libro o documento de su empresa, pero en el artículo referido (17 de agosto) describe cómo esos retos están afectando el crecimiento global, y lo que él sugiere que debe hacerse para entender mejor la nueva realidad.

Conviene empezar sugiriendo que esos cuatro retos no son independientes entre sí. La reducción de la población en edad de trabajar en los países desarrollados es en realidad el final de la burbuja demográfica del siglo XX, que es más evidente en esas naciones porque fueron las primeras en dejarla atrás, y hoy tienen poblaciones envejecidas. Buena parte de Europa Occidental, pero también Rusia y Japón, tienen edades medianas superiores a los 40 años. Sin embargo, antes de que ocurriese esta caída en la población en edad de trabajar, hubo un incremento significativo de la misma, que fue acompañada de programas de seguridad social que explican buena parte de las deudas de los países mencionados. Es decir: las grandes deudas no son independientes de la burbuja demográfica.

Por otra parte, la caída en productividad tampoco puede separarse de la ralentización del comercio internacional. Como usted sabe, William Lewis, en El Poder de la Productividad, sostiene que la competencia económica es el origen de los incrementos en productividad. Aunque la educación y la inversión pueden mejorar lo que se produce, su efecto no aparece sino hasta que el mercado lo exige, y esto ocurre cuando aparecen competidores. Sin competencia, la productividad crece lentamente, o de plano no lo hace, como ocurre con los monopolios de gobierno en muchas partes del mundo.

Esta columna insiste en que una perspectiva más amplia resulta útil. Lo que puede explicar mejor la situación actual es recordar que el éxito económico global inicia con una nueva forma de pensar, que facilita el éxito personal y por lo tanto empresarial, aparecida en Países Bajos en el siglo XVI. Esas ideas se trasladan a Gran Bretaña a fines del siglo XVII, y convierten a ese país en el motor del desarrollo a inicios del siglo XIX. En el resto del siglo se extiende a los países anglosajones fuera de Europa, y a una parte del viejo continente: una franja que va del norte de Italia a Países Bajos, atravesando Francia y Alemania.

En el siglo XX, la economía de mercado se extiende al resto de Europa no comunista, y después de la Segunda Guerra Mundial al extremo oriente de Asia. A partir de 1989, a Europa del Este y al resto de Asia. En cada ampliación, los nuevos mercados permiten mejores condiciones para todos: productores y consumidores, y parecen momentos especiales, pero son sólo extensiones que eventualmente regresan a un crecimiento moderado. Los desajustes de esas ampliaciones incluyen desigualdad, daño ambiental, guerras, deudas. Al final, siempre hemos acabado mejor, y cada vez incluyendo a más personas.

Hay algunos que nunca han querido sumarse a ese proceso, como América Latina, y otros a los que aún no les ha llegado, como África. Y hay otros que ven los desajustes, pero no los avances. Esos siempre viven bien, y por eso tienen tiempo para quejarse. Usted sabrá identificarlos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.