La ruta
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La ruta

08/07/2019
Actualización 08/07/2019 - 14:13

¿Por qué unas naciones tienen éxito y otras no? Hace algunos años, en 2012, Daron Acemoglu y James Robinson publicaron un libro titulado ¿Por qué fracasan las naciones?, que centra la explicación en las instituciones. Para los economistas, las instituciones son las reglas que la sociedad se da a sí misma, y Acemoglu y Robinson identifican dos tipos diferentes de reglas: instituciones que promueven el crecimiento, y otras que lo destruyen. Es un muy buen libro para conocer la visión institucional de la economía, pero sufre del defecto tradicional de los economistas: una perspectiva demasiado mecánica para entender la realidad.

En 2015, publiqué un libro intentando ampliar la explicación, haciendo uso de dos visiones complementarias. Por un lado, Francis Fukuyama, que en Los orígenes del orden político plantea que las naciones exitosas tienen un Estado fuerte, limitado por la ley y responsable frente a sus ciudadanos, y por otro Deirdre McCloskey, quien en su trilogía burguesa plantea cómo la mentalidad es un elemento indispensable para entender el origen de las reglas sociales. En mi interpretación de McCloskey, hay dos rutas: una mentalidad que promueve la competencia, y otra que enfatiza los privilegios. Para no tener discusiones inútiles, conviene recordar que privilegio significa “ley privada”, es decir, reglas que se aplican de manera diferenciada.

América Latina, de forma general, ha sufrido de gobiernos no muy fuertes, rara vez limitados por la ley, y poca respuesta a los ciudadanos. Además, es un continente plagado de privilegios, que por lo mismo no promueve la competencia. No debería ser sorpresa que seamos uno de los continentes con menor crecimiento económico, y la mayor desigualdad y violencia del planeta.

México, específicamente, ha sufrido para establecer gobiernos fuertes. Tal vez el de Juárez y Díaz pueda ser entendido así, aunque nunca estuvo limitado por la ley, y fue poco proclive a responder a la ciudadanía. Aunque el gobierno de Juárez eliminó privilegios de ciertos grupos, amplió los de sus amigos. Díaz promovió la competencia como nunca antes, pero sin enfrentar realmente esos privilegios heredados de Juárez.

Los gobiernos de la Revolución repitieron el esquema: gobiernos medio fuertes, fuera de la ley y con respuestas limitadas a los ciudadanos. Cambiaron de grupos privilegiados, pero jamás promovieron la competencia. El periodo que ahora llaman neoliberal debilitó al Estado, y empezó a subordinarlo a la ley y a responder a la ciudadanía. Por eso hubo democracia en México entre 1996 y 2018. Los privilegios empezaron a romperse, y quienes los perdieron, buscaron la revancha.

El gobierno actual propone un cambio de régimen, y por lo mismo, debe evaluarse cómo espera cambiar en estas dimensiones de las que hablamos. Creo que no hay duda de que el Estado se está debilitando de forma acelerada, a niveles no vistos desde la fundación del PRI original, es decir en tiempos de Cárdenas; tampoco parece haber duda de que se desprecia la legalidad. Cabe suponer que este gobierno busca un régimen que responda más a la ciudadanía, o al menos así lo han presentado. En cualquier caso, tampoco se percibe que se fomente la competencia, y sí se nota un cambio de grupos privilegiados, pero no la eliminación de esas reglas diferentes para ciertos grupos.

En suma, con la información que tenemos hasta el momento, la ruta es muy clara: México no será una nación exitosa. La conclusión no deriva de visiones ideológicas, o de creencias acerca del presidente, sino de cómo el régimen que se propone consiste en un gobierno débil (con un líder fuerte), sin limitación por la ley, y con respuesta sólo a ciertos grupos de ciudadanos, que serán evaluados con base en reglas diferentes, y por lo mismo, privilegiados. Con esa ruta, sólo se llega al fracaso.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.