Inundar de basura
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Inundar de basura

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Inundar de basura

21/05/2020
Actualización 21/05/2020 - 13:24

El tránsito de medios electrónicos a redes sociales implica transformaciones muy profundas, que no son percibidas por la mayoría de las personas, incluyendo a quienes trabajan en los medios. Los periódicos, cadenas de televisión y radio, construían el discurso público, evaluando, seleccionando, y dando contrapeso a noticias y declaraciones. Sus criterios de imparcialidad, de dar la voz a la otra parte, de responder al qué, quién, cómo, cuándo, dónde y por qué, se construyeron en ese proceso.

A partir de 1999, con la llegada de Big Brother, que es el primer programa de televisión interactivo, y desde 2003 las redes sociales propiamente hablando, estas herramientas dejaron de ser tan útiles. Poco a poco, la ruta de la información dejó de pasar por un tamiz de cuidadores (gatekeepers) que evaluaban, seleccionaban y ponían en contexto la información. Poco a poco, miles, millones de interlocutores aportaban, destruían, criticaban, sin medida ni clemencia.

El cambio es monumental, y no se ha querido entender así. Quienes se dedican al periodismo, sea escrito, oral o audiovisual, quieren seguir haciendo lo que sabían hacer. Cada vez los ve menos público, su influencia es menor, y los ataques que reciben son más violentos.

Creo que nuestros mecanismos de comunicación han vivido muy pocas etapas, y el tránsito entre ellas había sido más o menos largo, facilitando el ajuste. Aunque la escritura aparece hace 5 mil 500 años, la cultura oral se mantuvo firme por mucho tiempo. Todavía Sócrates defiende la oralidad por encima de la escritura hace 2 mil 400, e incluso la defensa oral del conocimiento sigue siendo determinante hasta el siglo XV. El tránsito a la imprenta es lo que finalmente derrota a la palabra hablada, y al mismo tiempo produce una amplitud de ideas desconocida en los tiempos de la escritura. Tantas ideas, que la religión se derrumba.

Oralidad, escritura, imprenta, y después los medios audiovisuales, epónimos del siglo XX, capaces de transmitir no sólo información, sino sentimientos, dando lugar a las generaciones más sentimentales de la historia humana. Nadie, como los ahora vivos, cuidó tanto a las mascotas, por poner un ejemplo.

Esta quinta etapa, las redes sociales, tienen algo que sólo la oralidad tenía: la interacción. Escritura, imprenta y medios electrónicos eran esencialmente unidireccionales. Uno escribía, cientos leían; uno hablaba en prime time, millones escuchaban. Apenas la imprenta lograba un pequeño equilibrio, con cientos de ediciones para miles de lectores. Pero hablar todos y escuchar todos, sólo lo conocimos hace decenas de miles de años, lo perdimos, y lo recuperamos hace apenas diez, pero ahora para miles de millones, al mismo tiempo.

Y cuando todos pueden hablar, sin cuidadores, la olla de grillos es inmanejable. Bueno, pues de eso se trata lo de hoy. Aunque llevo algunos años trabajando estos temas, lo que hoy le platico resulta de un texto de Sean Illing en Vox (17 de mayo), en el que describe cómo Trump (guiado por Steve Bannon) ha aprendido a inundar todo de basura (mierda, dice él). Las redes lo permiten, como no lo permitía ni la escritura, ni la imprenta, ni los medios electrónicos. “El objetivo es simple: introducir historias de mierda (bullshit) en el flujo de información, esperarse a que los medios la cubran, y explotar el caos resultante de la niebla de desinformación”. Pues sí: los periodistas buscan opiniones “del otro lado” para mentiras flagrantes, confrontan evidencias con creencias, y son incapaces de decir, con toda claridad: el presidente miente.

Así es como Trump logró convertirse en un candidato factible, y luego en presidente, y ahora en un problema global. Y lo mismo ocurrió con López Obrador, que cada día nos avienta, en promedio, 71.5 mentiras en la mañanera (Luis Estrada) que los medios transmiten, describen, analizan, confrontan…

Es un cambio de época, de inmensa profundidad. Hay que volver a pensar las reglas del periodismo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.