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27/04/2018
Actualización 27/04/2018 - 13:23

Hemos comentado los tres grandes retos que, en opinión de esta columna, son determinantes para el futuro de México. Esa misma selección puede usted encontrar revisando los índices de competitividad global del Foro Económico Mundial, o los índices específicos del World Justice Project, o de la OCDE en materia fiscal y educativa. Sin embargo, muchos creen que esos problemas son menores frente a otro que consideran el más importante: la desigualdad.

Creo que el énfasis en desigualdad es erróneo, no porque no sea algo negativo, sino porque no es un fenómeno aislado ni se crea a sí misma. La desigualdad económica es producto de otros factores, que son los que deben resolverse. Sin embargo, hablar de desigualdad lo hace a uno parecer preocupado por los demás, y por eso gusta tanto.

Hace un par de semanas comentaba con usted que 60 por ciento de los mexicanos gana menos de 10 dólares PPP al día, que más o menos equivalen a cien pesos diarios. También le decía que tenemos una proporción similar de personas en informalidad. Y que la informalidad tiene una muy alta correlación con empresas muy pequeñas, entre dos y cinco integrantes, con una productividad tan pequeña que no les alcanza para pagar impuestos y seguridad social, aún si quisieran. Ayer veíamos que dos de cada tres jóvenes termina secundaria sin poder siquiera seguir instrucciones simples.

Tratemos de conectar los puntos: el sistema educativo produce jóvenes sin capacidades cognitivas (Hanushek y Woessman, noviembre 2009, IZA DP 4576), pero además sin confianza en sí mismos (según opiniones de maestros). Eso les complica incorporarse a un mercado laboral de bajos salarios, en el que además seguramente hay abusos. Se refugian en una economía informal que puede existir porque está controlada por grupos clientelares, que venden estabilidad y votos a gobiernos corruptos. El gobierno no tiene capacidad de aplicar la ley ni dar servicios a todos, de forma que le conviene mantener esa economía informal como un estado aparte.

Ese equilibrio profundamente negativo que alcanzamos en algún momento de los años ochenta nos impide convertirnos en una nación exitosa. No se puede romper atacando sólo uno de los tres elementos que le dan origen. Terminar con él exige que transformemos de fondo el sistema educativo y acabemos con la impunidad, para poder tener reglas que realmente protejan a los trabajadores y reduzcan rápidamente la economía informal. Y ambas cosas exigen un gobierno mucho más fuerte, que para ello debe tener muchos más recursos de los actuales. Y para que esos recursos se utilicen bien, nuevamente importa el fin de la impunidad, pero también elevar la calidad de quienes trabajan en el gobierno.

Me imagino que estas propuestas no le ganan votos a nadie, y por eso mejor los políticos ofrecen un salario mínimo mayor, ingreso universal, becas, subsidios, precios de garantía para productores y precios fijos para compradores. Pero todo eso es inútil para resolver los retos de México, y además puede ser verdaderamente peligroso, considerando la severa limitación de recursos del gobierno.

Con base en lo que hemos comentado, el camino de solución a los retos que enfrenta México no parece ser tan complicado de imaginar, aunque seguramente lo será, y mucho, de implementar. Se requiere separar la procuración de justicia del Ejecutivo (Fiscalía de la nación) y al menos duplicar los recursos para seguridad y justicia; se necesita una reforma fiscal para duplicar la recaudación en un periodo razonable (10-15 años), y se requiere subvertir el sistema educativo para producir líderes y no esclavos igualitarios.

Pero eso exige un gobierno con mucha legitimidad y un arreglo político diferente.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.