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Infecciones

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Infecciones

25/11/2020
Actualización 25/11/2020 - 12:39

Ya sabe usted que no podemos conocer el futuro. Aunque podemos imaginar el comportamiento de ciertas tendencias, ocurren eventos que imaginamos de muy baja probabilidad, pero que no lo son. Aún después de haber ocurrido, nos es difícil entender su impacto, así que hacerlo desde antes es imposible.

El lunes le presenté un escenario posible del comportamiento de la industria más importante del siglo XX, la automotriz, con efectos en el mercado energético, que en los últimos 50 años ha sido su pareja inseparable. Ayer veíamos que el cambio es tal vez más profundo, y será una economía muy diferente la que viviremos dentro de diez años.

Sin embargo, eso implica recorrer poco más de 3 mil 500 días, y cada uno de ellos puede esconder una sorpresa. Las probabilidades de eventos extremos no sólo son mayores de lo que creemos, sino que van cambiando en el tiempo. Por ejemplo, después de la Segunda Guerra Mundial, la probabilidad de que una región del mundo entrara en conflicto alrededor del yugo colonial, del cambio ideológico, o del control autoritario, fue muy elevada. Entre 1960 y 1985, los magnicidios no fueron escasos, a diferencia de otras épocas. Desde 1971, las crisis financieras son más probables, debido al flujo internacional de capitales, antes inexistente. El impacto de las enfermedades, ya lo sabe usted ahora, es diferente en un mundo globalizado.

Me parece que el grupo de eventos extremos que ha incrementado sus probabilidades de ocurrencia desde 2009 está asociado a políticos extremos. En la década de los ochenta, por ejemplo, era inimaginable Cinque Stelle en Italia, Unidas Podemos en España, Trump en Estados Unidos o López Obrador en México. Líderes irresponsables, agresivos, antisistema, no tenían espacio para crecer. Hoy sí lo tienen.

El impacto de estos liderazgos es un incremento en la polarización social y un deterioro en las capacidades de gobierno. Es como un agente infeccioso, que altera al organismo para maximizar su reproducción, pero, al hacerlo, lo debilita. De eso depende el éxito de la infección: si mata al enfermo antes de tiempo, muere con él.

La enfermedad de la democracia liberal ha favorecido a los regímenes autoritarios, como reacción. Rusia, China y Turquía, por ejemplo, aprovechan la debilidad de Europa y Estados Unidos para ampliar sus zonas de influencia directa, y para enfatizar sus diferencias en el poder blando. Para muchos angustiados, el ejemplo chino de crecimiento con autoritarismo ya no es tan impensable como lo era hace veinte años. Siempre es más verde el pasto del vecino.

La infección entonces provoca que algunos enfermos crean que vivirían mejor arrancándose los ojos o cortándose las manos. Frente a la muerte, optan por la ceguera. No creen que haya alternativa.

Viendo el pasado, entiende uno mejor. Es cierto que en ocasiones anteriores en las que este tipo de líderes fue posible, los resultados fueron terribles por un tiempo. Pero al final regresó la cordura. El organismo resistió y se hizo más fuerte. O si lo quiere ver en términos sociales: en cada ocasión construimos una sociedad más incluyente, justa, rica. Todas ellas menos incluyentes, justas y ricas que la que usted conoció hasta hace diez años, ahora despreciada.

Los cuarenta años del neoliberalismo (1968-2008) produjeron la mayor cantidad de riqueza en la historia, la mayor reducción de pobreza, y la mayor expansión de democracia. Pero la enfermedad nos hace tener asco de esa época previa, imaginar utopías sin freno, recurrir a irresponsables autoritarios, imaginar comunidades ficticias. Así fueron las infecciones anteriores, y así es la actual.

En los diez años que hemos estado imaginando, la infección no parece que vaya a controlarse. La fiebre nos seguirá provocando alucinaciones, ascos, antojos. Protéjase.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.