Ilusiones sin sentido
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Ilusiones sin sentido

30/06/2020
Actualización 30/06/2020 - 11:39

Mañana inicia el TMEC. Muchas personas han puesto sus expectativas en este nuevo acuerdo comercial. Esta columna no forma parte de ese grupo. Desde que se inició la negociación, con el gobierno actual, pensamos que se trata de un mal arreglo, que siempre es mejor que un buen pleito, pero no de un gran acuerdo, como sí lo fue NAFTA.

Ayer comentamos con usted la importancia de reducir el riesgo de un país para poder tener salarios más elevados. Eso precisamente es lo que NAFTA aportaba: reglas claras, que permitían mayores inversiones con menor rendimiento. Y con ese capital adicional, el trabajo mexicano pudo ser más productivo, dando como resultado una economía más exitosa. Por cierto, eso indican todas las cifras, desde crecimiento económico hasta salario promedio, pasando por desigualdad, pobreza, o lo que guste. La creencia de que nos fue mal durante el neoliberalismo es sólo eso: una creencia, muy fácil de aceptar para quienes, efectivamente, no se sumaron al proceso, y por ello se quedaron atrás.

Permítame insistir: la causa de la gran desigualdad en América Latina y su escaso crecimiento durante el siglo XX son resultado de sistemas políticos que mantienen un alto nivel de riesgo. Por esa razón, la inversión que llega es aquella que puede obtener rendimientos extraordinarios, y deja como subproducto salarios estancados. Se mantuvo así el continente durante el siglo XX porque los gobernantes acumularon mucho poder, y quedaba en sus manos decidir quién podía hacer negocios y quién no. En sistemas discrecionales, el riesgo es muy elevado. Si el Presidente está de buenas, te aprueba un proyecto; si se levantó de malas, te lo cancela y te expropia. Los amigos del Presidente se hacen ricos extrayendo rentas a los demás. Los demás pierden esas rentas, pero también las oportunidades que hubiesen existido en un país con Estado de derecho.

El Tratado de Libre Comercio de América del Norte permitía a México empezar a escapar de esa tragedia que se llama América Latina. Cambiamos profundamente la Constitución, independizamos la Corte, creamos leyes y organismos para que las decisiones no estuviesen en manos del presidente u otros políticos poderosos. Le quitamos al gobierno el control de las elecciones (IFE-INE), del dinero (Banxico), de la distribución federal de recursos (participaciones), y con las reformas de 2013, de la educación, la energía, las telecomunicaciones.

Casi todo se ha venido abajo en los últimos dos años, con motivo de lo que también mañana se celebra, el triunfo de López Obrador. La educación regresó a manos del grupo de poder que ha mantenido en la miseria al sur del país, y que ahora intentará hacerlo en todo el territorio. En energía, terminaron las reglas claras, y con ello la inversión. Y sin inversiones abundantes en energía, que el gobierno no puede hacer, no tendremos abasto suficiente a precios competitivos. Sin eso, producir en México no es atractivo. Ni con bajos salarios.

Mientras el grupo que hoy ostenta el poder no controle la Corte, ni las elecciones ni el dinero, hay alguna esperanza de revertir el proceso, aunque ya será con costos muy elevados. Pero si esos espacios son invadidos, el retroceso será inevitable. Ya lo comentamos hace unos días: dos, tres, cinco décadas perdidas.

La megalomanía de López Obrador, desafortunadamente, va acompañada de una profunda estupidez. Pudo ser presidente imperial sin destruir en el camino las posibilidades del país. Pero su fijación contra los empresarios, contra el extranjero, su nacionalismo ramplón, su creencia en ideas económicas rupestres, ha hecho aún más costoso su gobierno.

Si este proceso no se revierte en 2021, ya lo dijimos, serán cinco décadas las que se pierdan.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.