Honestidad
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Honestidad

12/04/2019
Actualización 12/04/2019 - 13:46

Durante esta semana hemos compartido en esta columna algunos elementos que pueden ser relevantes para entender mejor a los gobiernos. Primero, es imposible la existencia de una sociedad de millones de individuos sin una estructura de poder; es decir, un gobierno. Segundo, ese gobierno es un 'bandido estacionario', que nos quita parte de nuestro dinero para cumplir obligaciones que se le han endosado, pero también para satisfacción de quienes forman parte de él. En países civilizados, a través de amplias prestaciones; en los que no lo somos, también a través de corrupción.

Quienes se dedican a la política lo hacen porque tienen una predilección por el poder que supera la de la mayoría de las personas. Los políticos, sin embargo, son diferentes de los funcionarios. Estos buscan un desarrollo profesional, posiblemente con vocación de servicio público. Los políticos buscan el poder, y entregan a cambio de él muchas cosas.

Cerremos estos textos con un elemento adicional intrínseco a la política: el engaño. Engañar es algo natural en los animales, y específicamente en los primates. Dependemos del engaño para poder escalar en las jerarquías que construimos. En los milenios de evolución cultural puede rastrearse una carrera armamentista entre las habilidades personales para engañar y las construcciones culturales para evitar que esos engaños destruyan al grupo entero. Al respecto, un par de libros muy útiles son el de Christopher Boehm, Moral Origins, acerca de cómo nos fuimos convirtiendo en primates cooperativos, eliminando a los elementos más abusivos, y The Elephant in the Brain, de Kevin Simler y Robin Hanson, acerca precisamente de esta gran capacidad de engañar a los demás, para obtener beneficios con ello.

La política, me parece, es la cumbre del engaño. Es necesario convencer a los demás de que uno es la mejor opción para tener poder; es decir, para poderlos obligar a hacer lo que no iban a hacer. Como es fácil ver, al darle poder a una persona lo que hacemos es aceptar que nos obliguen a hacer cosas que no queríamos. Por eso quienes buscan el poder se la pasan diciendo que harán cosas en nuestro beneficio, porque nos engañan. Cuando obtengan el poder, harán lo que les parezca conveniente para ampliarlo y mantenerlo, pero no para nuestro beneficio.

Ya en el poder, la relación entre los poderosos de distintas sociedades también es un espacio de engaño. De eso se trata la diplomacia, en donde han construido formas sumamente elegantes de no decir la verdad, porque no conviene hacerlo. Vale la pena insistir en que esto no significa que todo el mundo de la política esté construido sobre mentiras, ni mucho menos. Pero tampoco tiene como eje la verdad, que es conveniente mantener oculta en muchas ocasiones.

Por todo esto, es posible que exista un político honrado, pero no un político honesto. Mantener ocultas las intenciones el mayor tiempo posible, para evitar convertir a otros en enemigos, es determinante en la búsqueda del poder, y en su ejercicio.

Entonces, aunque el gobierno sea un 'bandido estacionario', y quienes lo controlan sean personas encandiladas por el poder y engañadores profesionales, es imposible que una sociedad moderna viva sin ellos. Lo que se puede hacer, entonces, es reducir los daños que pueden producir, poniéndolos a competir. Por eso la democracia liberal es el mejor de los malos sistemas políticos.

Me propuse compartir con usted estos elementos durante la semana, para darle algo en qué pensar durante el descanso de Semana Santa. Ya no lo distraeré en esos días, pero aquí nos vemos de regreso el lunes 22. A ver si entonces podemos platicar más de la democracia liberal, aunque será momento también de evaluar la economía. Que agarre fuerzas.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.