Fracaso anunciado
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Fracaso anunciado

15/07/2019
Actualización 15/07/2019 - 15:02

Comentamos aquí el viernes pasado, aprovechando los artículos en Nexos de julio, de Jorge Buendía y Javier Márquez, así como de Ciro Murayama, acerca de la ilegitimidad de la situación política actual. Vale la pena reiterar que esa interpretación es de esta columna, y no de los autores mencionados.

La interpretación resulta de lo siguiente: la posición hegemónica de Morena en el Congreso no es producto de los votos, sino de chicanería legaloide. Con 44 por ciento de los sufragios, la coalición de López Obrador obtuvo el 62 por ciento de las curules, es decir, un 18 por ciento de sobrerrepresentación. Esto significa 90 diputados con que cuenta la coalición que no fueron ganados en las urnas, sino en la interpretación legal. Y se trata de una acción dolosa, puesto que fue preparada desde las candidaturas con ese fin.

Por otro lado, el triunfo holgado de López Obrador resulta de la acción concertada con el presidente saliente para detener al único competidor real, Ricardo Anaya, mediante la invención de un delito, según el TEPJF. Eso impidió a Anaya mantener el crecimiento que mostraba hasta febrero, pero sobre todo le dio a López Obrador una tranquilidad indispensable para ganar. Sabiendo que contaba con el respaldo del presidente saliente, López Obrador pudo evitar sus tradicionales reacciones viscerales, que le impidieron ganar elecciones antes. Este elemento es de gran importancia, no olvidarlo: López Obrador no tiene capacidad de reacción.

Debido a las circunstancias mencionadas, los triunfadores de la elección no se dieron cuenta de su posición hegemónica sino hasta mediados de septiembre. Por eso su insistencia en que no habría grandes cambios en los primeros tres años, sino hasta después de las elecciones de 2021. Pensaban obtener entonces una mayoría ¡que ya tenían! Es más, hoy esa elección no les ayuda en nada, porque los votos que les faltan para modificar la Constitución están en el Senado, que no se renueva en ese año.

Y si no entendieron la elección sino meses después, al gobierno no le han entendido todavía hoy. Los planes que traían estaban pensados para una administración con dinero en abundancia, como ellos la imaginaban. Por eso nombraron a Octavio Romero en Pemex, una persona cuya cualidad más importante es la lealtad absoluta a López, y su habilidad administrativa. Creían que en Pemex había dinero de sobra, y por eso lo pusieron a él. Como usted sabe, en Pemex lo que hay son deudas, y en el gobierno mexicano, obligaciones. Dinero, hace décadas que no lo hay.

Resultado de esa errónea creencia, la idea de transformar el régimen político es un fracaso anunciado. Ni cuentan con la legitimidad política para ello, ni existe el margen financiero para intentarlo. Nadie escatima el derecho del gobierno actual de proponer políticas públicas, o proyectos de inversión, pero los límites de la realidad son infranqueables.

En consecuencia, el intento de construir un nuevo régimen, híbrido de las tendencias socializantes de los años setenta (Echeverría en México, Allende en Chile) y las bolivarianas recientes, resultará en un fracaso. No existe la bolsa de recursos que le dio espacio a Chávez, ni las circunstancias de hace medio siglo siguen vigentes.

Pero la seguridad de ese fracaso no va a modificar las decisiones del gobierno. Insisto: López Obrador es incapaz de reaccionar, jamás lo ha hecho. Es voluntarista en extremo, y su historia lo documenta. Por eso mantiene un rumbo que ha estancado la economía y la encamina al desastre (mañana platicamos de eso). Por eso no escucha a nadie: organismos, medios, nacionales y extranjeros, sus mismos colaboradores.

Su obcecación, y el arribismo de quienes lo acompañan, pueden destruir el país en el intento. Pero el fracaso está garantizado.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.